Salvador Daza Palacios
Compositor y Doctor en Historia.
La “Sinfonía Sevillana” de Joaquín Turina fue la obra ganadora del concurso de Composición organizado por el Gran Casino de Sebastián en 1920, cuyo jurado estuvo constituido por Tomás Bretón, Ricardo Villa y Jesús Guridi. El compositor se la dedicó en 1928 a Teresa y Frank Marshall (1883-1959) y es sin duda una de las grandes obras del catálogo turinesco y una de las más importantes del repertorio sinfónico de toda la música española del siglo XX.
Este recuerdo histórico sobre este legendario concurso viene a cuento porque se trata de un precedente que me ha parecido oportuno traer a colación para hablar de otro gran músico sevillano que también triunfó en San Sebastián, aunque treinta y cinco años después, iniciando y desarrollando una vida profesional que dio ricos e interesantes frutos en el ámbito musical. Se trata del pianista José Antonio Medina Labrada, nacido en la capital de la Giralda en 1926 y que obtuvo la cátedra de Piano en el Conservatorio de la ciudad donostiarra en 1955 ante un tribunal presidido por Ramón Usandizaga, entonces director de dicho centro y con la presencia en el mismo del compositor Francisco Escudero.
Este triunfo profesional venía precedido por una serie de brillantes críticas e importantes premios que Medina Labrada había comenzado a recibir desde los quince años. Al analizar su trayectoria desde los inicios de sus primeros estudios musicales, se comprueba la firme decisión de este artista sevillano de dedicarse por entero a cultivar, aumentar y perfeccionar sus excelentes dotes para el piano y para la composición musical, ocupando sin duda un lugar de honor en la extraordinaria nómina de pianistas españoles que dieron lustre a nuestra vida musical durante la segunda mitad del siglo XX.
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José Antonio Medina con su madre, Matilde Labrada. |
La enseñanza musical profesional además se ve reforzada con la creación del Conservatorio oficial en 1934, aglutinando las dos centros académicos que ya existían previamente: la Academia Filarmónica y la Escuela de la Sociedad de Amigos del País. A la primera pertenecía la profesora Clara Peralto, alumna predilecta del organista y compositor Luis Mariani, que fue nombrada catedrática del nuevo Conservatorio, junto con otros insignes músicos y profesores de aquel entonces, todos bajo la dirección primero de Ernesto Halffter, alumno predilecto de Manuel de Falla, y, poco después, del maestro de capilla y organista de la catedral hispalense, el vasco de Astigarraga Norberto Almandoz.
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Grupo de alumnas y alumnos de la profesora Clara Peralto en Sevilla (Medina Labrada, el primero sentado a la derecha) |
De Peralto bien poco sabemos, excepto que se jubiló en 1954 y que formó a gran número de pianistas, entre los cuales hay que destacar, además de a Medina Labrada, a la catedrática Ángeles Rentería, que dio clases en Sevilla y en Madrid, y al maestro Guillermo Salvador, que marchó a México haciendo carrera musical allí. Peralto fue una profesora fundamental al haber guiado los primeros pasos pianísticos de tan excelentes intérpretes.
Medina Labrada tuvo como compañero y amigo al compositor Manuel Castillo, quien ocupó la cátedra vacante de Piano que su profesora Peralto dejó en el Conservatorio sevillano. Y siempre quiso exaltar a los autores de su tierra, pues Mariani, Turina o el propio Castillo aparecían con frecuencia desde los primeros momentos en los programas de sus conciertos. Y no lo hacía solo en Sevilla sino cuando comenzó a actuar por casi toda España, como en el concierto celebrado a principios de marzo de 1954 en el Ateneo de Barcelona en el que incluyó obras de los citados compositores.
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En sus numerosos conciertos, Medina interpretaba sus propias composiciones |
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José A. Medina con su primera hija, Mercedes. |
Poco después el profesor Medina volvió de nuevo a su tierra de origen para ofrecer un nuevo recital que abrió con la novedosa transcripción de la Chacona para violín de Bach transcrita para piano por Ferrucio Busoni. Esta incursión en el barroco, aun desde el prisma del gran intérprete y compositor italiano, abría para Medina Labrada el siempre fértil terreno de la interpretación histórica, convirtiéndose en precursor de ella, que culminaría con su dedicación durante un tiempo al clavecín y a su repertorio. Medina se dedicó a divulgar por diferentes conciertos y conferencias este importante instrumento precedente del pianoforte, prestando un especial interés por los compositores vascos del siglo XVIII. Según Almandoz, nuestro pianista interpretó la Chacona, «con seriedad, pero sin rigidez ni desdecir el auténtico espíritu bachiano ni de las intenciones del transcriptor». El programa se completaba con obras de Schumann, Debussy, Ravel y Bela Bartok, cuyos números los subrayó el concertista «con pulcra y elegante calidad pianística», pues Medina tuvo una «felicísima ejecución de ellas, imprimiéndoles colorismo altamente sugestivo», demostrando una vez más «el gran dominio que el pianista posee del amplio campo del instrumento». Finalmente, Almandoz consideró que Medina Labrada regresaba a la capital guipuzcoana «como el barco de Ravel: cargado de lauros conquistados en su patria chica», haciendo referencia a su interpretación magistral del nº 3 de los Miroirs: Une barque sur l'ocean.
En la década de los 60 José Antonio también cultivó la música de cámara, formando dúo con el trompista Antonio Domingo –uno de los más excelentes que ha dado nuestro país– llevando por primera vez el interesante repertorio de esta formación por muchos lugares obteniendo siempre excelentes críticas. También lo hizo con el violinista cubano de origen navarro Eduardo Hernández Asiain, uno de los más excelentes de su época, que era también profesor en el Conservatorio. En otro conjunto, que fue conocido como «Trío de la Sinfónica de Bilbao», formado por Medina al piano, Juan María Gómez de Edeta a la trompa y el solista de flauta donostiarra Teodoro Martínez de Lecea, obtuvieron también rotundos éxitos, ofreciendo recitales tanto en el País Vasco y Navarra como en otras capitales españolas. Con este grupo ofrecieron estrenos como el de la Sonatina para flauta y piano de Fermín Gurbindo y el trío compuesto expresamente por Medina Labrada titulado Introducción y Movimiento, que fue calificada como «una obra modernísima, de gusto andaluz, con disonancias semejantes a la obra del ruso Stravinski, en que la técnica juega con los instrumentos, acomodados a la ejecución del piano, con ritmos de difícil captación». Otra de las solistas con las que formó dúo fue la flautista Begoña Aguirre, que fue docente del Conservatorio Superior de Navarra.
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Medina Labrada (1926-1983) fue un músico muy polifacético. |
Ya en 1960 desempeñaba la secretaría del Conservatorio, que ejerció durante quince años. Su capacidad metódica y ordenada se tradujo en una fructífera colaboración con el entonces director del centro, Francisco Escudero, que se desarrolló en numerosas cuestiones organizativas, docentes y, sobre todo, en una reivindicación mantenida durante años para que se reconociese al Conservatorio como centro Superior, categoría que finalmente se logró en 1977. Todo ello lo simultaneaba con la impartición, además de sus clases de Piano, de la asignatura de Historia y Estética de la Música. Solo de piano, José Antonio tenía a su cargo en 1959 la friolera de 36 alumnos, aunque en los exámenes celebrados a final de curso, quedó sorprendido porque sus compañeros Escudero y Sistiaga, que formaban con él el tribunal examinador, le felicitaron «efusivamente» por su labor docente, pues habían comprobado la gran musicalidad de todos sus alumnos y la buena escuela pianística que habían logrado, cuando, según el propio profesor confesaba a su antiguo maestro Almandoz, estaba «muy descontento de las escasas aptitudes y afición» que mostraban en general sus discípulos, salvo cuatro o cinco que merecían la pena. Todo ello no le obstaculizaba ni le desanimaba para proseguir su vida concertística, pues en 1966 seguía actuando, en esta ocasión, con la Orquesta del Conservatorio interpretando de forma brillante y elegante el Concierto en la mayor KV 488 de Mozart, bajo la dirección de Javier Bello Portu.
Posteriormente interpretaría otros conciertos con orquesta, tales como el de Bach en fa menor, el nº 2 de Mendelsshon en re menor, el Concierto para la mano izquierda de Ravel, el de Gershwin y las Variaciones Sinfónicas de César Franck, aunque para ello tuvo incluso que copiar los materiales de orquesta al no disponerse de ellos. La mayoría de estas obras se interpretaban por primera vez en San Sebastián. Uno de sus últimos recitales de piano solo tuvo lugar en 1979 en el salón de plenos del Ayuntamiento de Donosti, en el que también incluyó obras barrocas, así como música española y clásicos románticos.
Su prematura muerte en 1983, cuando tan solo contaba con 56 años, nos privó de un gran músico, profesor, compositor, padre de familia numerosa, y excelente intelectual, pues nos hubiera dado muchos más frutos de su preclara inteligencia y excepcional sensibilidad artística de haber vivido algunos años más. En 1984 se realizó un homenaje póstumo a su figura desaparecida con el estreno de su Cantata Alegrémonos en el nacimiento de Cristo, orquestada por Tomás Aragüés. Como dejó dicho Fernández de los Ronderos, Medina Labrada supo compenetrarse con los más diversos lenguajes, una tarea «que exige, en partes iguales, cerebro y corazón, técnica y calor». Fue, sin género de dudas, «profeta en su tierra» pues «la solidez de su formación, la pulcritud extrema de sus versiones y, lo que es más interesante todavía, su acertado criterio interpretativo» le hicieron acreedor de todos esos millones de aplausos, «vivos y reiterados», que sonaron en su honor a lo largo de su intensa carrera musical.
Como compositor dejó escritas un buen número de obras de diferentes géneros y formatos, abundando obviamente las escritas para su instrumento, el piano. También para canto y piano, coro, violín y piano, flauta y piano, y otras formaciones camerísticas para diferentes tríos. Su estilo lo podríamos calificar de post-romántico, pues su uso melódico tradicional y la riqueza armónica llevando la tonalidad hasta sus últimas consecuencias cromáticas le sitúa en un lenguaje parecido a los autores franceses de tal estética e incluso en la órbita del alemán Max Reger, pues sus reminiscencias brahmsianas, tal y como acertó a señalar Almandoz, son apreciables. No obstante hay que destacar un uso muy pertinente de la polifonía y el contrapunto, así como de diferentes efectos pianísticos y rítmicos plenamente situados en la época en que fueron escritas estas interesantes piezas.
Ojalá la publicación y edición de este CD sea el primer paso para recuperar su obra completa, pues pocos autores como Medina Labrada pueden explicar mejor la música de su época y el contexto artístico de España que, gracias a su inigualable maestría y su excepcional sensibilidad, dejaron muy alto el panorama intelectual de la época que le tocó vivir.