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jueves, 8 de septiembre de 2011


El síndrome de Atila o el terrorismo ecológico

Corren malos tiempos para las especies naturales en nuestro entorno. El urbanismo salvaje, poseído por el más absoluto desprecio por cualquier ser vivo, arrasa y arrambla con todo lo que le estorbe, con tal de conseguir sus fines.

Cuando escribo estas líneas, debemos llorar la muerte de una araucaria centenaria en Sanlúcar de Barrameda. Hace unos días, los grupos ecologistas denunciaban al Ayuntamiento sanluqueño por autorizar la tala de más de veinte olmos en un paseo del Barrio Alto de esta misma ciudad.

Los árboles existentes en el Cerro Falón han muerto ya casi todos, tras la criminal poda a que los sometieron antes del otoño pasado. La mayoría de las moreras de la Calzada desaparecieron tras una tala indiscriminada. Y así podría seguir la lista, interminablemente.

El desaforado afán urbanístico, la fiebre constructora de los políticos de esta ciudad no tiene límites. La araucaria a que me refiero existía en un patio trasero de la Delegación de Hacienda de la calle San Juan.

Denunciado el hecho ante la Policía Municipal y una vez presentada’ una pareja en el lugar de los hechos, el responsable de la propiedad alega, ante la aparición de los policías, que tienen los permisos en regla para proceder a su tala, concedidos por la Delegación de Medio Ambiente y por la Gerencia de Urbanismo.

No es de extrañar, desde luego, que los Atilas que dirigen la administración urbanística municipal otorguen con total arbitrariedad, a su entero capricho, estos permisos, sin ningún tipo de informe técnico, ya que el único afán que les guía es colocar mucho cemento, hormigón, ladrillos o alquitrán, allí donde «nada más» que hay tierra, plantas o «yerbajos», como les gusta decir despectivamente.

Las razones que se aducen de que la araucaria centenaria se encontraba en mal estado no convence a ninguno de los presentes en el lugar del crimen ecológíco. La única razón hay que buscarla en el interés urbanístico que presenta dicho patio, sobre todo después de que la obra que se está haciendo en este callejón esté a punto de finalizar.

Una obra hecha en un solar que se ha llevado abandonado por su propietario casi veinte años, sin que en ningún momento, en tan largo espacio de tiempo, hubiese pensado nadie en el posible riesgo de caída que corría el centenario árbol.

Salvador Daza Palacios. Sanlúcar de Barrameda (Cádiz).

(PUBLICADO POR EL DIARIO “EL MUNDO”, 16 DE FEBRERO DE 1999, P. 4 de ANDALUCIA)

martes, 5 de abril de 2011

LOS ÁRBOLES SON MÁS ÚTILES QUE LOS POLÍTICOS

Los árboles nos ofrecen sombra, frescor, belleza, atraen la lluvia, dan cobijo a las aves, rebajan la contaminación aérea y lumínica, detienen la erosión del terreno, ponen belleza y majestuosidad en nuestros paisajes y calles, nos dan diariamente un ejemplo de energía y vitalidad, con su silencio, con su rumor de hojas, caducas o no, ofrecen una protección contra el ruido y el calentamiento por altas temperaturas de fachadas y casas, absorben la humedad excesiva del terreno, en una tierra en la que a veces aumenta peligrosamente, también nos ofrecen humedad relativa en períodos de sequía prolongada, nos ofrecen frutos de muchos tipos para que podamos alimentarnos, además de bellas flores y deliciosos perfumes primaverales, incluso llegan a protegernos en alguna circunstancia de algún mal rayo que caiga cerca.

Todas estas virtudes y beneficios son y serán siempre reconocidas por aquellas personas que interpretan el mundo que les rodea con humildad y con sensibilidad. No con el espíritu de Atila, que es lo que por desgracia impera en nuestros tiempos. Y es que a nuestros políticos, rodeado por sus numerosos técnicos sin escrúpulos, les encanta destrozar los árboles, cuantos más y cuanto más ancianos y crecidos, mejor. Creen que así “diseñan” una nueva ciudad, sin entender ni un ápice que nuestro medio ambiente no les pertenece. No son sus dueños, aunque lo crean. Les falta humildad y les sobra crueldad.

No hacía ninguna falta, pienso, cargarse los árboles de la calle Puerto con esa rapidez y esa rabia. Aún no han empezado ni a levantar un ladrillo cuando ya están serrando al pie de las raíces unos ejemplares de considerable edad. Todo en aras de una reforma que seguro empeorará la calidad de vida de los vecinos de la zona y que añadirá aún más fealdad a nuestros paseos. Esta calle, condenada a ser una sufrida y ruidosa carretera de entrada y salida a la ciudad había generado su propio encanto en los árboles y vegetación existente, tras muchos años de degradación a causa del tráfico. Ahora llegan nuestros políticos inútiles y talan lo único bello que existía en este tramo urbano planteando un ensanchamiento de la calzada para meter aún más coches, más ruido y más contaminación, más inseguridad para el peatón, más horror. ¿Es esto lo que llaman la economía sostenible?