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martes, 21 de febrero de 2017

EL LADO OSCURO DE UN POETA SANLUQUEÑO



(Publicado en la revista Sangre de Perro, diciembre de 2016 )
Siempre me llamó la atención un azulejo que estaba colocado en la Plaza del Cabildo en una casa antigua, que homenajeaba el nacimiento en ella de un poeta llamado Manuel  Barrios Masero. Se colocó allí en 1973 y fue inaugurado por el alcalde de aquel entonces, Garat Ojeda. Cuando se derribó la casa hace unos diez años, se eliminó este azulejo, pero, a iniciativa de algunos ciudadanos, fue recolocado y reinaugurado en 2010 con la participación de la delegada de Cultura del Ayuntamiento socialista del momento.

Me interesó acercarme a este personaje, que nació en nuestra ciudad en 1892, aunque pasó la mayor parte de su vida en Sevilla, donde figuraba, como uno de sus méritos, el haber sido fundador de la tertulia literaria “Noches del Baratillo”. También conocía su intervención como letrista en el Himno a la patrona de Sanlúcar, la virgen de la Caridad y algunas publicaciones e intervenciones suyas en algunos actos organizados en los años del franquismo, en cuyo tiempo fue incluso homenajeado por el Ayuntamiento hacia 1950 por haber sido el autor de la citada letra que exaltaba a la patrona religiosa.

 Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando encontré, entre los fondos de la Biblioteca Municipal, un libro de poesía suyo, titulado “Poemas de la Nueva España (Motivos líricos de la Santa Cruzada)” publicado en Sevilla en 1937. Es decir, en plena Guerra Civil española. El título, sin duda, era bien explícito de cuál podría ser su contenido. Está dedicado al general golpista Queipo de Llano, que se destacó por su gran fiereza en combatir y eliminar a todos los que consideró enemigos de España (y suyos) y que encabezó la cruel represión contra los republicanos en Andalucía y Extremadura. Pero la sorpresa aumentó aún más cuando comprobé que el prólogo se lo encomendó al escritor gaditano, ideólogo de la Guerra, José María Pemán.  Sólo hay que destacar de su introducción, aparte de los elogios lógicos a un correligionario que estaba en sintonía perfecta con el “Alzamiento”, una frase que hiela la piel: «La guerra ha tenido para la Poesía española, eficacias de primavera».  Esta afirmación tétrica hace referencia a que, según Pemán, llegaban a su mesa «montones de originales de libros» inspirados en la contienda, en demanda de un prólogo suyo. 
 

Esta afirmación la hemos contrastado y parece bastante exagerada, pues el número de libros de poesía derechista en exaltación del golpe militar no superan la decena entre los años 1936 a 1939. Claro que no se pueden contar, como no lo hace el propio Pemán, los de aquellos poetas que se exiliaron para preservar su vida o de las de aquellos que fueron asesinados por las tropas falangistas, como Federico García Lorca. Y así, el prologuista no tiene ningún tipo de complejo en afirmar que «de todo este hervor, una vez que se asiente los posos e impurezas, saldrá una definitiva  y depurada poesía civil y patriótica, género  de que nuestra España andaba huérfana».

La revista gaditana “Gente conocida”, que se editó en Cádiz entre 1937 y 1938 y de la que era director Eduardo de Ory, saludó la publicación de los “Poemas de la Nueva España” sentenciando que la edición se agotaría pronto, «no sólo por el fin altruista que le impulsa, sino también porque se trata de un buen libro de versos, libres de ultraísmos, modernismos  y demás decadentismos». (22 de Enero de 1938)
Centrándonos en el libro, el poeta sanluqueño recorre, a lo largo de las casi ciento cincuenta páginas del mismo, todos los símbolos y mitos que enarbolaron los defensores del fascismo en búsqueda de unos valores “eternos” de la vieja España.  El propio Pemán califica la obra en su conjunto como un glorioso romancero, brillante como poesía de guerra, al estilo de los viejos clásicos, y equiparándolo, como no podía ser de otra forma, con las odas de Ridruejo, Foxá o Giménez Caballero, destacados ideólogos líricos de la derecha política y de los militares rebeldes. 

Así, Barrios Masero se pronuncia en tono enardecido y con una rima cansina, en favor de la Bandera roja y gualda, de la Cruz católica en honor de los caídos del bando nacional, sobre la romería del Rocío celebrada en 1937, tomada como emblema de los franquistas creyentes  y en homenaje a los hermanos  que  lucharon al lado de Franco y «murieron por la Patria». Otros motivos de exaltación serían el Alcázar de Toledo, el Santuario de la Virgen de la Cabeza, los falangistas convalecientes en el Hospital, los niños requetés, la aviación nacionalista, los militares caídos del bando franquista, los moros que ayudaron a Franco a tomar tantas ciudades, etc. Todo un repertorio de hitos y mitos que perdurarían muchos años en el imaginario popular gracias a obras como ésta, que fue publicada con gran calidad editorial: buen papel, generosidad de espacio, varias tintas (curioso que usaran también la tinta roja) y buena encuadernación.
El precio de venta al público fue de 8 pesetas y los beneficios íntegros de la venta de la primera edición serían destinados por el autor a financiar un nuevo acorazado de guerra para la Marina. El propio poeta entregó un año después en persona al propio general Queipo de Llano el importe recaudado por su patriótico libro, que alcanzó la cantidad de 4.000 pesetas, según publicó un diario afín al nuevo régimen. (Abc, 21 de julio de 1938. Le acompañó en la entrevista otro escritor de la facción fascista, Manuel Siurot)
El libro parece que tuvo una gran difusión, pues unos siete meses más tarde, la prensa sevillana  recogió un nuevo donativo del poeta  entregado en las manos de Queipo,  que en este caso fue de 1.120 pesetas, que había sido el beneficio obtenido por la venta del libro en la República Argentina, donde fue distribuida la segunda edición. El militar le propuso que destinara tal importe económico a la construcción del nuevo templo de San Gonzalo, erigido en su propio honor, a lo que accedió el donante. (Abc, 8 de marzo de 1939)

Este romancero serviría como argumentario para diferentes actos patrióticos celebrados a lo largo del país. En el diario “El Progreso”, de Lugo, del 21 de Mayo de 1939 se informa «del recital de poesías originales del insigne poeta sevillano Manuel Barrios Masero, que daría el jefe provincial de Falange Española Tradicionalista, el camarada Ramón Ferreiro». El recital estaría dedicado «a los heroicos soldados de España, especialmente a los heridos que convalecen en los hospitales».

A la vista de todo lo expuesto sería interesante reflexionar sobre la procedencia o improcedencia del recuerdo conmemorativo existente en homenaje a un escritor que tanto contribuyó con su pluma a la exaltación de la Guerra y del golpe de Estado franquista de 1936.

martes, 18 de septiembre de 2007






EL CASTILLO DE SANLUCAR DE BARRAMEDA:



FORTALEZA MILITAR Y CRUENTA PRISION

© Salvador Daza Palacios.

Ahora que estamos en cercanías de unas elecciones generales y nuestros políticos se han vuelto a acordar del Castillo de Santiago (el de San Salvador no concita tanto electoralismo, por ser el hermano pobre, el patito feo, supongo que por estar en la playa), convendría quizá hacer un recordatorio ilustrativo sobre este significativo baluarte, que fue declarado Monumento Histórico-Artístico por una Orden de la Dirección General de Bellas Artes en 1972.



Se trata de un edificio que fue utilizado en un principio como defensa al más puro estilo feudal o medieval, con todo el aparato de artillería disponible para repeler invasiones por tierra y por mar. Más tarde se convirtió en cuartel y dependencia militar, llegando a albergar los más diferentes cuerpos y compañías. Cabe destacar, por ejemplo, que en 1620, según consta en el Archivo Ducal de Medina Sidonia, había tropas de Infantería y soldados de diferentes compañías militares que se habían «levantado en esta Andalucía para servir a su majestad [el Rey] en la fuerza de la Mamora y Larache». La guerra contra el moro, fue pues el fin primordial con el que fue creada esta impresionante fortaleza, y hay que señalar que, a pesar de haber sido construida por el duque de Medina Sidonia durante la segunda mitad del siglo XV (y no en 1477 como tan insistentemente se publica, pues es cosa difícil que con los medios de la época semejante edificio se construyese en un solo año), todos sus medios defensivos, materiales y personales, se ponen a la disposición de la Corona de Castilla cuando los intereses del Estado (es decir, de la Monarquía) así lo reclaman.



Cuando la guerra contra el moro deja de ser un objetivo de los dirigentes estatales, el uso del Castillo va derivando hacia fines más tangibles y cercanos: sobre la década de 1850 a 1860 alberga a la fuerza militar que sirve de resguardo de unos ilustres visitantes que deciden instalarse en la ciudad, familiares de la reina Isabel II. Es decir, su augusta hermana María Luisa Fernanda, casada a la sazón con el conspirador Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, fundador de la estirpe señorial que ocupó el lugar que había ocupado 150 años antes el duque de Medina Sidonia.



Pero, sin duda, estos últimos usos fueron meramente pacíficos o simplemente defensivos. No ocurrió así en 1873, cuando en plena represión de la I República contra el movimiento cantonal y revolucionario, —que se manifestó con particular rebeldía y virulencia en Sanlúcar, dado el gran arraigo que la ideología anarquista había cosechado por estos pagos—, el Castillo sirvió de cruenta prisión para un centenar de inocentes y utópicos proletarios que creyeron en un mundo más justo y que pedían pan y trabajo, y cuyo único delito fue el creer que había llegado el momento histórico de la revolución social, de su revolución.



La brutal represión y la falta de garantías procesales que se usaron contra estos luchadores constan en los libros, dando una vez más a nuestra ciudad un “nombre” en la historia: el de la ciudad sin ley, sin orden, donde el poder arbitrario de quienes deben administrar justicia se convierte en una forma de atajar cualquier evolución en el pensamiento o en la ideología de las masas. Muchos de esos obreros revolucionarios fallecieron de inanición y otros, tras un burdo proceso político, fueron deportados a las Islas Marianas, donde no tardaron en morir, contagiados de las enfermedades del Pacífico.



En la Guerra Civil de 1936 a 1939, el Castillo de Santiago le siguió sirviendo a los poderes fácticos para llevar a cabo la cruel venganza contra los años republicanos. Extraña paradoja, dado que el Gobierno de la República cedió a la ciudad la propiedad de la fortificación el 28 de Junio de 1932. En las húmedas mazmorras de Santiago dieron con sus huesos no sólo todos aquellos que en una y otra forma lucharon contra la opresión y contra la tiranía, sino incluso otras personas cuyo único delito fue poseer un “alias”. Allí fueron descomponiéndose como seres humanos, sometidos, convertidos en un trágico y absurdo mercadeo de muertes. Si el bando republicano hacía caer un número de franquistas en algún lugar del frente, los presos sanluqueños caían, en igual número o superior, inocentes, sin proceso y sin culpa alguna, bajo las balas de los fusiles. Crueldades de una guerra sin sentido y sin justificación, que originó terribles dolores y secuelas que aún no han cicatrizado.



Se conservan en diferentes archivos nacionales suficiente documentación de nuestro Castillo como para hacer toda una tesis doctoral, prueba suficiente, desde luego, de su importancia estratégica y militar. Aún así, en este momento me parece más interesante recordar la última de las visitas que realicé a esta fortaleza. Fue con ocasión de un recital de poesía en el Aula Mayor y guardo de ella un imborrable recuerdo, pues la misteriosa angustia que me atenazó me hizo reflexionar profundamente sobre todo lo anterior y sobre la esotérica incógnita que guarda entre sus muros este tipo de lugares. No me cupo entonces ninguna duda de que el Castillo esconde aún entre las grietas de sus desgastadas piedras el dolor y el tormento vivido por muchos de nuestros paisanos que lucharon por lo que ellos creyeron un mundo mejor. Sólo en el Alcázar de Toledo recuerdo haber vivido una experiencia semejante. Juré y perjuré que jamás volvería a entrar en ese lugar maldito, cargado de tragedia, martirio y falso heroísmo.


Creo que ni siquiera los supuestos usos culturales que se le quieran dar a esa vieja fortaleza militar podrá quitar el estigma que pesa sobre él. Después de aquella visita entendí en cierta medida la secular desidia e indiferencia que había rodeado siempre a este monumento abandonado. Mucho tendrá que devanarse los sesos sus hipotéticos explotadores empresariales (si es que consiguen los permisos oficiales y las subvenciones necesarias) para que aceptemos entrar nuevamente en él. Ni aún renovando totalmente todas sus piedras podrá jamás perder esa enorme mole el recuerdo del dolor y el llanto de varias generaciones de sanluqueños buenos.

© SALVADOR DAZA PALACIOS.

(Publicado en Sanlúcar Información en Abril de 2003)