Mostrando entradas con la etiqueta manzanilla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta manzanilla. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de abril de 2016

LOS ROMERO DE SANLUCAR





ANDRES ROMERO ESPINOSA, el fundador de una abundante saga familiar, nació en Sanlúcar de Barrameda el 8 de Enero de 1806.

Hijo de Juan Romero y Victoria Espinosa, naturales también de Sanlúcar, fue todo un personaje cuya vida coincide con los más importantes acontecimientos ocurridos en la ciudad a lo largo del siglo XIX.

En 1824, tan sólo con 18 años, solicitó del alcalde de Sanlúcar que se le reconociera como hidalgo, cuando tras el Trienio Liberal volvió el absolutismo y  por ende los privilegios antiguos de la sociedad estamental. A pesar de reivindicar su condición de hidalgo, no firmó su solicitud por no saber escribir. La petición la hizo en virtud de unos complicados árboles genealógicos por los cuales intentó demostrar que, por parte de madre, descendía nada menos que del caballero Garci Pérez de Burgos, uno de los conquistadores de Jerez de la Frontera, allá por el siglo XIII, que acompañó a Alfonso X el Sabio para arrebatar la ciudad a los moros.

Para que defendiera su caso, nombró a un curador ad litem, ya que en aquella época hasta los 21 años no se consideraba mayor de edad. Su madre, Victoria Villalobos Espinosa Rendón, conocida por “La Dorada”, era la última descendiente de una saga que al parecer había mantenido privilegios de hidalguía reconocidos desde hacía más de 500 años. Otros muchos descendientes de tal caballero burgalés, al parecer, también habían disfrutado de estas ventajas clasistas, que conllevaba, por ejemplo, el no tener que prestar servicio militar y el estar exento de pagar ciertos impuestos. Unos derechos reconocidos sucesivamente por todos los reyes de la monarquía española desde la Reconquista.

Además, parece que su madre, al enviudar, se volvió a casar, con lo cual Andrés quedó en una situación algo incómoda en el seno familiar. No hay constancia de si se le otorgó la hidalguía o no, aunque si se le concedió le duraría poco, ya que a la muerte de Fernando VII, en 1833, desaparecieron estos privilegios. De lo que sí hay constancia es de su gran progreso en el terreno económico y social. Se casó con una mujer de buena posición, María Dolores Sánchez, y tuvo con ella nada menos que nueve hijos. Y aún tuvo humor para casarse por segunda vez cuando ya era un respetable anciano al fallecer su primera esposa. De esta segunda esposa no tuvo hijos. De estos nueve descendientes provienen casi todos los Romeros actualmente existentes en Sanlúcar que conocemos. O sea que todos tienen ese antepasado común, Andrés Romero Espinosa, que falleció en 1886, con 80 años a cuestas, una edad bastante avanzada para la época.
A su fallecimiento ya era propietario acaudalado y bodeguero de cierto prestigio, dentro del próspero negocio familiar que entonces abundaba. Vivía en la céntrica casa que había comprado unos años antes, el número 36 de la calle San Juan (hoy nº 64) y que heredó su hijo Francisco Romero Sánchez.  Éste fallecería en 1897 tras haber incrementado el negocio bodeguero familiar e incluso tras haber servido a la ciudad como concejal del Ayuntamiento durante varios años, destacando su trabajo y mediación para conseguir los terrenos donde hacer posible la construcción de la Fábrica de Torpedos que el Ministerio de Marina proyectó en Bonanza, en 1881.  Esta labor le valió una condecoración otorgada por el rey Alfonso XII que  aún conserva su familia.

Cuando Francisco Romero Sánchez falleció, dejó una fortuna a sus tres hijos: María Dolores, Ana y Francisco Romero Viejo. Por una casualidad azarosa (lo echaron a suerte) a éste último le tocó la propiedad de la casa familiar de la calle San Juan dentro de su parte de la herencia. Como curiosidad, enumero los  bienes que quedaron por herencia en su testamento:
-750 pesetas en metálico en su casa.
-Muebles de dicha casa, valorados en 300 pesetas.
-Bodega “La Callejuela”.
-Bodega “El Cañón”.
-Bodega “El Trabajadero”.
-Casa calle de San Juan, nº 36.
-Una parcela en la Calzada de la Pescadería.
-Una parte de bodega en calle Banda Playa.
-Una casa en el callejón “de los Félix”, en el Barrio de la Balsa, haciendo esquina a la Banda Playa.
-Una suerte de viña de media aranzada en el pago del Espíritu Santo.
-Otra, en el pago del Salto del Grillo, sitio de “La Pinteña”.
-Otra, en el mismo sitio (lindaban con tierras de los hermanos Juan y José Buzón Saborido)
-Otra, en el Salto del Grillo.
-Otra, en el pago del Frejo.

Todas estas propiedades fueron valoradas y alcanzaron un total de 120.000 pesetas. Así que cada heredero percibió 40.000 pesetas de aquella época. La casa de la calle San Juan fue tasada en 13.500 pesetas. Francisco Romero Viejo, mi bisabuelo, vivió en dicha casa toda su vida, junto a su esposa, Carmen Muñoz, y tuvieron seis hijos y una hija (Francisco, José, Rafael, Manuel, Luis, Juan y Carmen). Ésta última fue mi abuela, Carmen Romero Muñoz.

Toda la fortuna heredada, por desgracia, en función de la coyuntura económica de la época y a causa de las desgracias familiares fue viniendo a menos. No fue una vida fácil la de esta saga, pues la epidemia de gripe de 1917-1918, coincidiendo con la crisis producto del final de la Primera Guerra Mundial, acabó con la preponderancia económica y social de los Romero Viejo.

Francisco Romero Viejo, falleció junto a dos de sus hijos, José y Paco. Poco después murió su esposa y otro hijo, Rafael. De un hogar compuesto de nueve personas (matrimonio y siete hijos) sólo quedaron cuatro en el plazo de casi tres años.  Después de esto vinieron otras bodas y otros duelos.

Mi tío abuelo Luis Romero Muñoz, hijo de Francisco, que fue fundador del Orfeón Santa Cecilia y director de la Banda de Música de Sanlúcar, se casó con una mujer diez años mayor que él. Su hermano Manolo se enamoró de la hija de un fotógrafo sevillano, José Moreno Cortés, que había instalado su estudio fotográfico en el patio de la casa familiar. Pero la muchacha, Amparo, tuvo la desgracia de fallecer también poco después de prometerse con él, dejando en Manuel una amargura que le duraría toda su vida. Por su parte Juan, casó con una sevillana y se independizó muy joven.

Mi abuela Carmen se casó con Salvador Palacios Merino, el mayor de dos hermanos huérfanos sanluqueños, que era una persona muy estudiosa, inteligente y dicharachero. Obtuvo su título de Bachiller en la Universidad de Sevilla y consiguió una plaza de funcionario municipal en el Ayuntamiento sanluqueño, donde era muy apreciado. De ese matrimonio nació una  hija única, mi madre, Carmen. La muerte prematura de mi abuelo Salvador, en 1932, dejó a mi madre huérfana a los siete años, con la única compañía de su madre y sus tíos Manuel, Luis y Juan.


Ella fue la última descendiente de esa línea de los Romero que comenzó con Andrés Romero Espinosa. Pero han quedado otros muchos paisanos y parientes provenientes de ese tronco común, del que quizá otras familias o investigadores interesados pudieran averiguar más datos y de mejor calidad de los aquí aportados.

SALVADOR DAZA PALACIOS.
(Documentación utilizada: Escrituras familias conservadas de la Familia Romero Muñoz)

martes, 31 de enero de 2012

Cierra la taberna típica más antigua de Sanlúcar de Barrameda

REQUIEM POR “LA HABANA”

Como si del año 1898 se tratase, debemos hoy lamentar y casi llorar por la pérdida de "La Habana". Este caso no se trata de aquella querida ciudad hermana, sino de nuestra taberna típica más genuina, que ayer cerró sus puertas.

“La Habana” nació precisamente como modesto homenaje sanluqueño a aquella ciudad que fue durante tantos años española, tras el tristemente célebre “desastre del 98”. Allí,  entonces, fue la voladura del acorazado “Maine” provocada por sus propios dueños, los yankees, lo que precipitó la pérdida de la gran isla de Cuba y, con ella la última posesión colonial española en Ultramar. Aquí, ahora, problemas internos de la empresa familiar y la crisis económica, se han llevado por delante, por segunda vez, nuestra más preciada y añeja forma de entender la convivencia manzanillera.
 


Durante 112 años, se dice pronto, “La Habana”, de la familia Vázquez, durante cuatro generaciones, mantuvo la tradición más exquisita en el despacho de las manzanillas y caldos de nuestra tierra con una solera y una calidad encomiables. Un lugar espacioso, acogedor, ubicado en un lugar privilegiado, frente a uno de los monumentos más impresionantes de nuestra ciudad, la gran iglesia dominica fabricada en el siglo XVI enteramente de piedra, que permite degustar historia y arquitectura a través del paladar y de la vista.

Cabrera Infante, Alejo Carpentier o el mismísimo García Márquez hubieran alucinado si hubieran conocido este lugar emblemático. Pero no menos importante ha sido la nómina de celebridades que en torno a su alto mostrador y sus venerables botas se han dado cita. Incluidos artistas cubanos de renombre que nos han visitado y que, atraídos por el lugar, no han podido resistirse a probar nuestro néctar singular. Nuestro querido Caballero Bonald mantiene su gozosa salud gracias a los cuidados que le proporcionaron estos caldos, entre otros benéficos que le llevaron a recuperarse de sus achaques. Martínez Sadoc, Manuel Vidal, Diego Rojano, Juan Eslava Galán, Manuel Toribio, José Pallarés, Márquez Hidalgo, todos ellos escritores nuestros y amigos de larga y provechosa conversación, se han encontrado entre sus devotos. Fue precisamente Diego Rojano quien escribió un delicioso artículo publicado por el diario Jaén, en 1994, titulado precisamente “Tabernas sanluqueñas”, en las que glosaba este lugar mágico:

        «Una taberna casi centenaria se erige en el corazón de Sanlúcar, Habana, frente a los muros de sillería y el patio recoleto del convento de Santo Domingo, con la araucaria altiva y a la vera de la mansión de los Barbadillo y aledaña a ese taller ya desaparecido de carpintería de Diego Soto. Tres generaciones de una misma familia han regentado este establecimiento vinatero: Manuel Vázquez Méndez, Manuel Vázquez Báñez, y Manuel Vázquez Llamas. Lo primero que salta a la vista es la pulcritud y el buen trato en el seno de La Habana, manzanillas en sus nueve botas, todas de Argüeso.

        Dos estancias separadas por un arco, vigas, bancos y mesas de excelente pino de Flandes, espejo alargado tras el mostrador, paredes forradas de buenas maderas, arco de ladrillo visto. En unas fechas no muy lejanas las mujeres no entraban al interior de la taberna. En la puerta se tomaban la caña, existía una prohibición tácita, aquello era un escenario reservado a los hombres y un biombo o celosía colocado estratégicamente preserva la intimidad de los parroquianos. Todo rezuma  limpieza y el paso del tiempo ha dejado sus huellas en esos carteles de toros con pátina y un olor característico se extiende balsámico procedente de los bocoyes».

    En estos últimos días hemos sido muchos los feligreses que hemos acudido a tomarnos los que podrían ser, si nadie lo remedia,  los últimos “gorriones” de Viruta que nos bebamos con este sabor incomparable. Ayer, 30 de Enero de 2012, último día de apertura, los más recalcitrantes estuvimos haciendo fotografías para inmortalizar este lugar antes de su cierre definitivo. Manolo, su eficiente empleado, no pudo disimular su emoción ante su incierto futuro y ante los muchos sacrificios que durante casi veinte años de su vida ha realizado por mantener este lugar en el merecido puesto que la historia, su fecunda historia, le ha situado. Tanto como para sigamos echándolo de menos durante otros 110 años si los dioses del Olimpo nos dieran tanta vida para poder disfrutar.

(c) Foto y texto: Salvador Daza Palacios, 2012.