martes, 2 de agosto de 2011

LA CASA DEL GOBERNADOR VELARDE EN LA CALLE SAN JORGE

Salvador Daza Palacios

(Artículo publicado hacia 2002).

Habría que comenzar diciendo que, en el vigente PGOU de 1997, este inmueble aparece catalogado en la ficha correspondiente (nº B-90) con un nivel de protección “GLOBAL”. Responde a la tipología de “casa señorial” (prácticamente la única que queda en la calle San Jorge) con fachada de tipo “tradicional popular”. El nivel de protección prescrito por el PGOU indica que los elementos a conservar son los “espacios de acceso, el patio principal y los elementos de articulación espacial del edificio, así como las fachadas y crujías asociadas a las mismas”. Lo más destacable, no obstante, quizá sea la “afección singular” que dicha casa presenta con el Monumento catalogado con el nº A-19, que no es otro que la iglesia y convento de Regina Celi, declarado Bien de Interés Cultural. Cualquier obra que se proyecte sobre esta casa deberá tener en cuenta este “Entorno BIC”. Nuestra intención pues, no es otra, que rescatar la memoria olvidada de un edificio a través del cual se puede recorrer prácticamente la historia de la ciudad. Y ya que su situación actual es lamentable, no estaría de más que el Ayuntamiento exigiera a sus propietarios actuales o futuros de exquisita rehabilitación, en respeto y concordancia con sus propias leyes y normativas urbanísticas. La memoria del asesinado gobernador Velarde y la de sus muchos y celebres moradores así lo exigen.

En la documentación municipal aparecen datos sobre la casa desde 1548, cuando Diego de Castro reconoció un censo perpetuo sobre ella, en beneficio del convento de San Jerónimo. Algunos años después, en 1561, las hermanas Isabel y Leonor Beedor (o Behedosa) hipotecaron esta casa situada “en la Rivera de esta ciudad” a través de una operación que hicieron con Pedro de Tarifa y que tenía como beneficiario el convento de monjas de Regina. Pedro de Tarifa y su mujer, Elvira de Consistorio, se convirtieron después en propietarios del inmueble y, y al ser repartida su herencia, la casa le toco a Pedro del Castillo en 1586 con la condición de abonar cinco ducados de renta “a los pobres (del Hospital de la Misericordia”, que administraban los hermanos de San Juan de Dios. Posteriormente, en 1597, Isabel de Guisas, que instituyó un Patronato administrado por el regidor Pedro de Flores, había hipotecado esta finca para pagar determinados tributos al convento de Regina. Uno de ellos serán correspondientes a las “nueve misas de aguilando” que se debían rezar en la iglesia de dicho convento por el alma de la fundadora. Se instituyeron sobre la casa igualmente, diferentes memorias de misas cuyos beneficiarios serían el Santuario de la Caridad y el convento de San Francisco.

Después aparece como propietario Alonso Núñez, que traspasa la casa a Fernando García Mateos y Constaza de Castilla en 1660. Hasta 1689 el inmueble pertenece a Tomás de la Peña y en 1707 estaba en arrendamiento. En este año los débitos de la casa con sus acreedores el convento de San Juan de Dios, San Jerónimo, Regina y el Santuario de la Caridad – ascendía a 44.846 maravedíes. Desde este año, la vida de la casa se complicará enormemente, pues a estas insoportables deudas que gravarán a sus propietarios, se unirá la triste circunstancia – de gran importancia histórica para nuestra ciudad – de haber sido el escenario del cruento disparo que el agustino fray Alonso Díaz realizó el 8 de julio de 1714 sobre el gobernador Jacinto Alonso Velarde, que murió en la misma casa, a consecuencia del tiro, una semana más tarde.


Lápida conmemorativa existente en la fachada de la antigua casa del gobernador 
Velarde, hoy Librería "Forum". Fue colocada en el Tercer centenario del sangriento suceso
(Foto, Juan Alcón Atienza).

A esta casa se había mudado pocos años antes el infortunado Velarde cuando el duque de Medina Sidonia le obligó a desalojar el Palacio Ducal en el que vivía. Tras la muerte de Velarde la casa quedaría cerrada hasta que, en 1715, salió a publica subasta y la adquirió Juan Caballero de la Cueva. Un misterioso personaje que aparece también como testigo en la causa criminal contra fray Alonso Díaz (todo ello puede comprobarse largamente en el libro Proceso criminal contra fray Alonso Díaz, publicado por la Universidad de Sevilla en 2000, y del que soy autor junto con María Regla Prieto).


Libro en el que se narra el asesinato del gobernador de Sanlúcar de Barrameda,
Jacinto Alonso Velarde, en 1714, que fue publicado por la Universidad de Sevilla en el año 2000.

Las deudas que pesaban sobre la casa se hicieron insoportables y el pleito ejecutivo que los conventos tenían abierto contra la finca, duró más de diez años. Mientras, la casa había pertenecido también el capitán Francisco Ramos de Harana y también sirvió de morada a Domingo Aldunsi, un capitán que había pujado por ella, pero que no pagó a sus acreedores y todos se querellaron contra él hasta hacerle desalojar la casa por la fuerza, cumpliendo la sentencia de desahucio que los jueces reales habían pronunciado.

Finalmente, en 1735, las casas “se remataron” en don Juan Gutiérrez de Henestrosa, perteneciente a una influyente familia sanluqueña, que ya tenía otros inmuebles en la misma calle.


Fachada de la casa que da a San Jorge, haciendo esquina con la calle Regina

Todo ello adobado con una gran cantidad de discusiones y polémicas, que generaron un grueso y dilatado pleito, pues hubo que tasar la casa en más de cuatro ocasiones y por diferentes maestros de obras y de carpintería. Como dato curioso, ofreceremos una de esas tasaciones: el 12 de junio de 1734 se valoró en 40.125 reales (22.865 en lo tocante a la albañilería y 17.260 por el valor de su carpintería).

Gutierrez de Henestrosa compró la casa en subasta por 33.438 reales, pero hubo de hacerse cargó de todos sus débitos religiosos. Además, se encontraba en estado tan ruinoso que hubo que gastar más de lo que le había costado – exactamente 45.555 reales – en repararla, tanto de carpintería y albañilería como de herrería y forja. Según el presupuesto desglosado que se incluye en la documentación, el inmueble conservado en al actualidad procedería de esta última reparación, que en la descripción que se hace de la finca coinciden muchas características aún existentes.


Fachada de la casa del gobernador Velarde, en su lateral que mira
a la calle y convento de Regina. Desde su balcón oía la familia la misa.

Gutiérrez de Henestrosa llegó a ser regidor municipal y en 1715 vendió la casa extrajudicialmente a Juan José Endrinas, escribano público de la ciudad, que la reservó para regalársela cuando falleciese a su sobrino llamado también Juan José Endrinas, con la condición de que estudiase para sacerdote. Así lo hizo éste, y en 1791 heredó la casa por muerte de su tío.

Durante la ocupación napoleónica, hacia fines de Junio de 1811 esta casa sirvió como oficina municipal, ya que estaba situada dentro de la cerca que se construyó para proteger a la ciudad. Según las actas municipales, el inmueble era de don Estanislao Mendigutía, que figura entonces como director de la casa de matanza.

Sobre 1814 murió el clérigo Endrinas y dejó sus bienes a su sobrina María Dolores Aguilar Endrinas, casada con Juan José Trillo y a su “asistenta” Vicenta Mendigutia, “de estado honesto”. Ya por esta fecha la casa aparece numerada con el nº 333 por el azulejo municipal correspondiente situado en su fachada.

Sobre 1824 parece que los González Peña ya eran propietarios de la finca. Estos fueron los padres del celebre Manuel González Ángel, “genio mercantil” que fundó las célebres bodegas “González Byass” de Jerez y que había nacido en 1812 en una casa más modesta del actual Carril de los Ángeles (allí se situó una placa conmemorativa en 1933). Esta familia parece que echa raíces en la casa y es de suponer que son los ascendientes del célebre artillero González Hontoria, nacido en la misma, según consta en la lápida conmemorativa ubicada en la fachada y que inauguró hace algunos años el alcalde Manuel Vital.

sábado, 23 de julio de 2011

RESTOS ARQUEOLÓGICOS DE UN TREN QUE SE FUE





En un país donde la Alta Velocidad (AVE) ha marginado a muchas ciudades de una comunicación necesaria por ferrocarril; en una ciudad donde las dos estaciones de tren que existían (a Jerez y al Puerto de Santa María) desaparecieron en 1965 y 1984, respectivamente, aún quedan vestigios de la existencia de este medio de transporte. Obsérvese en la foto el travesaño de hierro donde se enganchaba la cadena con círculos de hierro reflectantes para evitar que se cruzaran los coches en los cruces. No llegaron a existir aquí los "pasos a nivel" automatizados, eran demasiado modernos. Aquí lo que había era una pequeña casa donde vivían los vigilantes que estaban encargados de poner las cadenas a un lado y otro de la vía para evitar accidentes.
El poste de hierro se conserva aún en el cruce del Mazacote (ó Doctor Salvador Gallardo) con la nueva Avenida Templo del Lucero ó Guzmán el Bueno. Ahí lo tienen, viendo pasar el tiempo.

martes, 5 de abril de 2011

LOS ÁRBOLES SON MÁS ÚTILES QUE LOS POLÍTICOS

Los árboles nos ofrecen sombra, frescor, belleza, atraen la lluvia, dan cobijo a las aves, rebajan la contaminación aérea y lumínica, detienen la erosión del terreno, ponen belleza y majestuosidad en nuestros paisajes y calles, nos dan diariamente un ejemplo de energía y vitalidad, con su silencio, con su rumor de hojas, caducas o no, ofrecen una protección contra el ruido y el calentamiento por altas temperaturas de fachadas y casas, absorben la humedad excesiva del terreno, en una tierra en la que a veces aumenta peligrosamente, también nos ofrecen humedad relativa en períodos de sequía prolongada, nos ofrecen frutos de muchos tipos para que podamos alimentarnos, además de bellas flores y deliciosos perfumes primaverales, incluso llegan a protegernos en alguna circunstancia de algún mal rayo que caiga cerca.

Todas estas virtudes y beneficios son y serán siempre reconocidas por aquellas personas que interpretan el mundo que les rodea con humildad y con sensibilidad. No con el espíritu de Atila, que es lo que por desgracia impera en nuestros tiempos. Y es que a nuestros políticos, rodeado por sus numerosos técnicos sin escrúpulos, les encanta destrozar los árboles, cuantos más y cuanto más ancianos y crecidos, mejor. Creen que así “diseñan” una nueva ciudad, sin entender ni un ápice que nuestro medio ambiente no les pertenece. No son sus dueños, aunque lo crean. Les falta humildad y les sobra crueldad.

No hacía ninguna falta, pienso, cargarse los árboles de la calle Puerto con esa rapidez y esa rabia. Aún no han empezado ni a levantar un ladrillo cuando ya están serrando al pie de las raíces unos ejemplares de considerable edad. Todo en aras de una reforma que seguro empeorará la calidad de vida de los vecinos de la zona y que añadirá aún más fealdad a nuestros paseos. Esta calle, condenada a ser una sufrida y ruidosa carretera de entrada y salida a la ciudad había generado su propio encanto en los árboles y vegetación existente, tras muchos años de degradación a causa del tráfico. Ahora llegan nuestros políticos inútiles y talan lo único bello que existía en este tramo urbano planteando un ensanchamiento de la calzada para meter aún más coches, más ruido y más contaminación, más inseguridad para el peatón, más horror. ¿Es esto lo que llaman la economía sostenible?

lunes, 14 de febrero de 2011

Honores sanluqueños al dictador

LA MEDALLA DE ORO DE SANLUCAR A FRANCISCO FRANCO

El 8 de Febrero de 1961, el dictador Francisco Franco recibió en su palacio de El Pardo a los miembros del Ayuntamiento de Sanlúcar, presidido por el entonces alcalde Francisco Zaragoza y acompañado por el gobernador civil de la provincia de Cádiz, Luciano Sánchez.
El motivo no era otro que hacerle entrega de la medalla de oro de la ciudad de Sanlúcar al general, con motivo de la conmemoración de aquellos famosos XXV años de paz, que se celebraron a lo largo de dicho año, con “Desfile de la Victoria” incluido.

El régimen se otorgaba de esta forma medallas a sí mismo, pues la democracia orgánica que reinaba entonces no permitía más ideología que la del dictador y, por lo tanto, todos eran descendientes ideológicos del mandamás. No cabía pues más reconocimiento que la sumisión de unos políticos pueblerinos ante el Jefe del Estado.

Han trascendido fotografías del aquel encuentro oficial en Madrid. No se ofrecieron datos sobre lo tratado en la audiencia ni sobre las supuestas contrapartidas que Franco otorgó a la ciudad sanluqueña a cambio del reconocimiento medallístico.
Lo que sí es cierto es que Franco devolvió la visita al Ayuntamiento, accediendo a pisar suelo sanluqueño en una visita que tuvo lugar el 26 de Abril del mismo año, en el transcurso de una gira por diversas poblaciones de la provincia y de la región, y donde tuvo oportunidad de degustar los productos típicos de nuestra ciudad, manzanilla y langostinos, ofrecidos en Bajo de Guía por un adulador hostelero de aquel entonces.


Según Narciso Climent, el caudillo vino acompañado de cuatro ministros y de diversas autoridades regionales, que se resistieron al propósito del alcalde Zaragoza para que la comitiva franquista visitara Bajo de Guía, para que pudiera comprobar “in situ” la situación pésima en la que se encontraba dicho barrio, que todavía, por aquel entonces era el lugar en el que se desembarcaba el pescado con unos medios anacrónicos y rudimentarios.

La corporación municipal sacó sus mejores galas, vistió a los maceros y preparó a todas las fuerzas vivas de la ciudad para recibir a tan alto prócer, quien, según la crónica publicada al día siguiente en “ABC de Sevilla”, apenas pasó una hora en Sanlúcar para nunca más volver. Llegó a las doce de la mañana y el alcalde Zaragoza le estaba esperando en la entrada a la ciudad: «Toda la población se encontraba en la calle para recibir en triunfo al Caudillo de España, que visitaba Sanlúcar para apreciar personalmente la conveniencia de establecer un puerto pesquero, que aminore los inconvenientes del que se vienen sirviendo los pescadores desde los tiempos más antiguos».


Franco llegó por fin a Bajo de Guía y desde allí pudo comprobar el sistema de desembarco del pescado que se realizaba aún desde las barcas a tierra, teniendo los pescadores que penetrar en el mar para recogerlo. «Un concejal del Ayuntamiento explicó al Caudillo la necesidad de construir un puerto pesquero en esta localidad, mostrándole algunas fotografías de otros puertos que tuvo anteriormente y que fueron derribados por la fuerza de los vientos de poniente. Terminada esta visita, y entre las constantes aclamaciones y vítores de la multitud, el Generalísimo ocupó su coche y prosiguió viaje a Jerez de la Frontera, adonde llegó a la una de la tarde».

Esta visita representó durante muchos años después un acontecimiento inolvidable para aquellos que lo vivieron.

Por cierto que ninguna de las corporaciones municipales sanluqueñas desde principios de la democracia se ha ocupado de retirar la concesión de aquella distinción en forma de medalla al dictador, aun a pesar de que han sido muchos los Ayuntamientos españoles que sí lo han hecho, en cumplimiento y aplicación del artículo 15 de la llamada Ley de Memoria Histórica (*). Aunque teniendo en cuenta que hasta hace un par de años no se eliminó el rótulo de la “Avenida del Generalísimo” y que aún quedan expuestos en lugares públicos otros símbolos franquistas en nuestra ciudad, mucho me temo que nuestros representantes políticos den una vez más muestras de su ineficacia y de su extrema lentitud.

(*) Artículo 15. Símbolos y monumentos públicos.
1. Las Administraciones públicas, en el ejercicio de sus competencias, tomarán las medidas oportunas para la retirada de escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura.

jueves, 20 de enero de 2011



EL TIO SAN PEDRO (Chascarrillo)
Fernán Caballero

«Había en Sanlúcar de Barrameda una hermandad de San Pedro, que pensó en hacerle al santo en su día una función de las buenas. Aviaron de un todo la iglesia, que pusieron como nueva; compraron la cera y apalabraron al predicador, a los cantores y a los músicos.

Estando la víspera vistiendo al santo, cate usted que se les cae de las manos y se hace pedazos, incluso el gallo, que se le quebró una pata y que se descrestó.

¡Aquí de los apuros! ¿Qué se hacía? Los hermanos estaban cuajados, ahilados, de manera que si se les hubiese puesto un papel en la boca se ahogaban. El hermano mayor, al que no se le iban las marchanas, propuso que se llamase a un zapatero de viejo, que por su perfecta semejanza con el santo, le habían puesto por nombre “tío San Pedro”, para que, durante la función, vestido con la ropa del santo, ocupase su puesto en el altar mayor.

Cuando se lo propusieron al buen zapatero dijo que nones, porque mientras estuviese él llorando en el lugar del santo, no había éste de estar en el suyo remendando los zapatos que tenía que entregar.

Al fin, por una onza que le ofrecieron se convino; lo vistieron y lo colocaron en el camarín, y era tal la identicidad, que cuando acudió la gente a la función, nadie se pensó que el San Pedro de aquel año fuese de carne y hueso, y menos de que a cada uno de por sí le hubiese remendado los zapatos que llevaba puestos.

Todo fue bien al principio; pero poco a poco se iba cansando el tío San Pedro de estar en la misma positura; dábanle unas fatigas y unos mareos, que veía al predicador y al púlpito boca abajo, y no digo nada, cuando en el sermón, que acertó a ser muy largo, se le fue al predicador el santo al cielo y se atascó en el paso en que canta el gallo. Al tío San Pedro un sudor se le iba y otro se le venía. “Sí, hermanos, no lo dudéis, decía y volvía a decir el predicador, el gallo cantó”:

– “Y usté, ¿cuando dejará de cantar?, que es usté más pesao que un rano?”, le gritó el tío San Pedro, a quien ya se le había acabado el aguante.

Al oír aquella reconvención del santo, el predicador cayó accidentado, y las gentes echaron a huir atropellándose en la puerta y diciendo:

--”¡Jesús, vaya un genio que tiene San Pedro, y en tocándole lo del gallo pierde su mercé los estribos!

[Semanario Pintoresco Español, 23 de Mayo de 1852, p. 167. Fotografía del altar de San Pedro, en la Parroquia Mayor de Sanlúcar de Barrameda, (c) Salvador Daza, 2011]