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lunes, 9 de abril de 2018

LAS ALDABAS DE SANLÚCAR

Por Juan Alcón Atienza.

         Cada vez es más difícil encontrar en las puertas de Sanlúcar esas verdaderas obras de arte que son las viejas aldabas de hierro o bronce. Estos elementos artesanales presentes prácticamente desde que el hombre decidió hacerse sedentario y poner puertas a sus casas, una vez perdida su utilidad como llamador, han ido desapareciendo paulatinamente cada vez que se sustituía una puerta o caía uno de los viejos caserones que poblaban nuestro casco histórico, lo que ha provocado que estas piezas de gran valor histórico y artístico se encuentren en peligro de extinción. Sin embargo, aún podemos encontrar ejemplares únicos, auténticas piezas de museo conservadas gracias al cuidado  y el buen gusto de sus propietarios.
         El origen de nuestras aldabas parece encontrarse en la antigua Grecia, fue allí donde comenzó a utilizarse una argolla colgada a la puerta que hacía la función de llamador. Los romanos añadieron a la argolla una placa de bronce especializándose los herreros en la decoración de estas placas posteriores con variados  motivos mitológicos, más elaborados cuanto más importante fuera el edificio que debían proteger. Entre estos motivos decorativos el que tuvo mayor difusión, predominando en la Edad Media, fue el de la cabeza de león unida a la argolla que servía como llamador, como tirador y, en las puertas de las iglesias durante ese periodo, para hacer efectivo el derecho de asilo con solo asirse a ellas.
         En la época bajomedieval y renacentista, sobre todo en España, se fueron multiplicando y haciéndose cada vez más ricas y elaboradas, no solo la placa sino, sobre todo, el martillo por la influencia de las exquisitas creaciones de los herreros andalusíes. Los maestros forjadores las creaban en función de la casa a la que iban destinadas; no había casa distinguida que no tuviese su aldaba, de ahí el refrán “a tal casa tal aldaba” y la locución “tener buenas aldabas” como símbolo de poder e influencia. También había diferencias dependiendo de si el edificio era una vivienda o un edificio público o religioso, como podemos comprobar aún en Sanlúcar donde se puede apreciar una gran similitud entre las aldabas según pertenezcan a bodegas, conventos o casas particulares.
         Nuestras aldabas tienen gran influencia de la tradición islámica como indica el mismo origen hispanoárabe de la palabra, que significa “lagarta” haciendo alusión a su forma. Según la costumbre árabe, se colocaban dos aldabas en las puertas, una para los hombres de forma fálica (en la puerta derecha) y otra para las mujeres de forma redondeada (en la puerta izquierda), sonando cada una de modo diferente para saber si el que llamaba era hombre o mujer y, sobre todo, para saber quién debía salir a abrir. De estas deriva la conocida aldaba en forma de mano sosteniendo un fruto, tratándose de una evolución del símbolo popular árabe de la mano de Fátima, usado como amuleto de protección doméstica contra el mal de ojo hasta su prohibición en 1526, en que se obligó a cambiarlas por cruces sobre el dintel de las puertas, debido a su extendido uso entre los moriscos. Estas aldabas en formas de mano, que exportamos a toda Europa y América latina,  merecen un capítulo aparte, tienen diferente simbología según si son de la mano izquierda o derecha y según si el anillo está en el dedo anular o corazón. Los lenguajes de las aldabas también son un capítulo interesante.
         En Sanlúcar, como decimos, quedan pocas, es necesario tomar conciencia sobre su interés histórico-artístico y poner en valor estas pequeñas obras de arte, protegiéndolas y fomentando su recuperación  antes de que desaparezcan definitivamente.
         A modo de pequeño catálogo de aldabas sanluqueñas mostramos algunas de ellas identificando su ubicación.

Antigua Cárcel - Plaza de la Paz



 
Aldabón dominico - Parroquia de Santo Domingo







Casa calle San Juan
Casa calle San Juan


Casa calle San Juan

Bodega - C/ Banda Playa

Bodegas Barbadillo- C/ Santiago.

Bodega C/ La Plata

Bodega C/ Divina Pastora

Bodega El Cuadro - Calle Trasbolsa

Bodega La Guita

Bodega Argüeso. C/ Mar.

Casa particular - calle Bolsa

Casa calle Regina

Casa del Pradillo - Puerta de servicio

Casa del Pradillo - Puerta principal

Casa Palacio del marqués de Arizón - C/ Banda Playa

Casa González Hontoria

Casa particular - Barrio Alto

Delegación de Hacienda - Calle San Juan





domingo, 13 de enero de 2013

De cómo apareció parte del Alcázar de las Siete Torres a final del segundo milenio y de cómo se destruyó en apenas diez años.


Por Juan Alcón Atienza.

En los primeros años de los noventa hablar de Patrimonio Histórico en Sanlúcar era hablar de la ruta del expolio y el abandono. Las importantes competencias que en este ámbito las leyes atribuían a la Administración Local en ningún momento fueron asumidas por nuestro Ayuntamiento, ni hubo nunca voluntad de asumirlas. El vacío absoluto en políticas de protección y puesta en valor de nuestro Patrimonio Histórico ha continuado hasta la actualidad.
La Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía era, en aquellos años, una excentricidad que, sin embargo, fue el arma que me permitió, aún desarrollando mi labor desde oposición municipal, realizar un trabajo del que aún hoy me siento muy orgulloso.

Así, en aquellos años, desde el grupo político al que pertenecía, denunicamos y paralizamos extracciones de arena en yacimientos como Evora, el Cortijo de La Fuente o La Norieta; conseguimos la declaración como Zona Arqueológica de Evora; denunciamos repetidamente la situación de joyas de nuestro patrimonio inmueble como la Casa Arizón, el Fuerte de San Salvador, la Iglesia de La O, el Castillo de Santiago, Las Piletas, etc. Pero, sobre todo, tuvimos la oportunidad de elaborar un ambicioso catálogo de bienes protegidos de nuestro patrimonio arqueológico, arquitectónico y etnográfico aprovechando la revisión que, en aquel momento, se hacía del P.G.O.U. Gracias a ello pudimos proteger un número muy importante de bodegas destinadas a desaparecer tras perder la obligatoriedad del “uso bodeguero” en aquel infame P.G.O.U. cuya revisión pagaba Hohenlohe.

Cuando finalizaba mi mandato como Concejal y después de unos años muy intensos de trabajo, siempre en torno a nuestro Patrimonio Histórico, ironías del destino, me tocó predicar con el ejemplo: el hallazgo arqueológico más importante aparecido en el suelo urbano de Sanlúcar había aparecido “en mi casa”.
El “Castillo de las Siete Torres”, el alcázar árabe de discutida existencia, tan sólo asentado en las brumas de la leyenda fundacional de nuestra ciudad, estaba delante de mis narices. Durante años, sin saberlo, todas las asambleas de Izquierda Unida se realizaron de cara al lienzo de muralla que sirvió de primer Cabildo de Sanlúcar, justo en los primeros años del descubrimiento de América.

Las quejas de unos vecinos colindantes por el estado de ruina en que se encontraba una parte de la casa que albergaba la sede del partido, a la que no teníamos acceso, obligaron a desbrozar, tirar restos de vigas y tejas apoyadas a duras penas en un muro y a retirar escombros que anunciaban claramente que aquello fue la antigua bodega de la casa, comunicada a través de un hueco de enorme grosor con una patio con salida a la calle Escuelas.
 Y ahí estaba, mil años de historia en forma de colosal muro, perfectamente conservado, con sus magníficas saeteras escondidas tras la vegetación, sus maravillosos grafitis de barcos grabados en el estucado, su imponente estructura con extraños huecos y esquinas. Era imposible no darse cuenta de que aquella estructura embutida en la casa, y que la traspasaba hasta el Conservatorio, era parte de la fortaleza medieval que había existido en la actual Plaza de la Paz y que la memoria colectiva recordaba como el “Castillo de las Siete Torres”.
Temiendo que las labores de desescombro fueran a mayores y conociendo los proyectos de derribo que pesaban sobre la casa, denuncié inmediatamente el hallazgo ante el Ayuntamiento, la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía y ante todos los medios de comunicación locales. En pocos días fueron a visitarlo los técnicos municipales, el arqueólogo provincial de la Consejería de Cultura, todos los medios de comunicación y algunos curiosos como la duquesa de Medina Sidonia. Los planes inmobiliarios que amenazaban a la casa se paralizaron, para disgusto de muchos.
Los años posteriores fueron una permanente lucha contra el olvido, los intereses inmobiliarios particulares y la incompetencia de las administraciones, incapaces de estudiar y preservar un bien cuya importancia habían certificado a través de sus propios informes técnicos. Así, cada cierto tiempo, la muralla iba perdiendo algo, tiraron la parte superior con el argumento de que eran elementos añadidos, picaron, con la intención de seguir desmontándola, gran parte de la cara que da a la calle Escuelas que estaba llena de grafitis escondidos tras la cal y, al final, con el beneplácito de las administraciones, sin haberse realizado ningún estudio arqueológico serio como se había solicitado en repetidas ocasiones, tan sólo quedó el trozo que hoy conocemos, sujeto por vigas metálicas y oculto dentro de un edificio.
 
Los años posteriores fueron una permanente lucha contra el olvido, los intereses inmobiliarios particulares y la incompetencia de las administraciones, incapaces de estudiar y preservar un bien cuya importancia habían certificado a través de sus propios informes técnicos. Así, cada cierto tiempo, la muralla iba perdiendo algo, tiraron la parte superior con el argumento de que eran elementos añadidos, picaron, con la intención de seguir desmontándola, gran parte de la cara que da a la calle Escuelas que estaba llena de grafitis escondidos tras la cal y, al final, con el beneplácito de las administraciones, sin haberse realizado ningún estudio arqueológico serio como se había solicitado en repetidas ocasiones, tan sólo quedó el trozo que hoy conocemos, sujeto por vigas metálicas y oculto dentro de un edificio.
Al menos, el resto de muralla existente prueba que no fue un sueño, en contra de las opiniones de muchos historiadores de hace apenas veinte años, el “legendario” Alcázar de las Siete Torres existió, hubo una Sanlúcar antes de Guzmán el Bueno, tenían razón las Crónicas castellanas de Alfonso X, las árabes del Rawd al Qirtas, el propio privilegio rodado de Fernando IV y Velázquez Gaztelu que, cuando expresa su hipótesis sobre la estructura originaria del Alcázar Viejo, dice que la torre que sirvió de consistorio hasta 1550 “está inclusa hoy en el Pósito antiguo, detrás de la alhóndiga, cuyos robustos muros aún se ven patentes...”.
Aunque queda casi todo por investigar, hoy cuando se escribe sobre la Historia de Sanlúcar hay que hacer referencia necesariamente a nuestro pasado árabe, al Alcázar de las Siete Torres y a todas las fuentes anteriores a la donación del señorío de Sant Lúcar a Guzmán el Bueno.
Y cuando en años venideros se escriba la Historia de la Sanlúcar de principios del tercer milenio habrá que decir, con vergüenza, que no fuimos merecedores del regalo que se nos hizo con la aparición de los “robustos muros” del Alcázar, que en tan sólo diez años redujimos a la nada lo que los sanluqueños habían sabido consevar durante mil años y que deberíamos haber preservado otros mil para las generaciones futuras.

En Sanlúcar de Barrameda, a 14 de enero de 2013

JUAN ALCÓN ATIENZA (Cedido por su autor para la publicación en este blog)

sábado, 13 de octubre de 2012

CRÓNICA Y ANIVERSARIO DE UNA RUINA

El interior de un palacete del siglo XVII de la calle Regina de Sanlúcar fue demolido para construir un aparcamiento que nunca se llegó a terminar.

(Publicado por DIARIO DE CADIZ, domingo, 28/10/2012)
Salvador Daza Palacios

A lo largo de este año 2012 se ha cumplido el trigésimo aniversario de la parálisis total de un proyecto de aparcamientos que la desaparecida empresa PYPSA, S.L. había concebido en una antigua casa solariega situada en la calle Regina nº 34 de Sanlúcar. La gran mansión, construida en el siglo XVII según el modelo de casa de Cargadores a Indias, fue durante muchos años propiedad de la familia Colom, que la adquirió en 1847. Entre los ilustres huéspedes que alojaron durante tantos años se encontraba el compositor sevillano Joaquín Turina quien, junto con su familia, pasó algunas temporadas veraniegas en nuestra ciudad. En esta casona escribió, entre otras obras, su ópera Margot y la gran “Sonata pintoresca para piano” titulada precisamente Sanlúcar de Barrameda. Pero los miembros de la familia Colom no encontraron los recursos suficientes para sufragar las grandes reparaciones que la finca necesitaba hacia fines de los años setenta del pasado siglo y decidieron venderla.


Poco tiempo después, la citada empresa constructora creyó encontrar una solución mágica para obtener beneficios rápidos con la inversión que había realizado comprando el inmueble. A la vista de la gran expansión automovilística y turística de aquellos años en las ciudades costeras, el negocio de construir un gran aparcamiento en el centro de Sanlúcar parecía un beneficio seguro. Pero ¿qué solvencia tenía esta empresa para abordar tal inversión y proyecto?

PROMOCION DE VIVIENDAS E INSTALACIONES DEPORTIVAS

La empresa PYPSA fue creada hacia fines de los años sesenta y en el transcurso de diez años se convirtió en una gran empresa que daba empleo a muchos obreros de la construcción. En el verano de 1971 anunciaba en Sevilla la promoción del “Conjunto Residencial Puerto Lucero”. En 1972 la empresa se había embarcado en una gran promoción en Chipiona, casi en la mismísima playa de Regla, el edificio “Chipiona”, una mega- construcción de pisos y apartamentos de 1 a 3 dormitorios cuyos precios oscilaban entre las 260.000 y las 380.000 pesetas, con facilidades de pagos aplazados hasta 10 años (1). Tres años después, la empresa estaba finalizando uno de sus proyectos más emblemáticos, el edificio “Barrameda”: «Algo diferente: su piso dentro de la ciudad, con las ventajas de vivir junto a la playa, en la zona de más revalorización de Sanlúcar (2)». Otra de las grandes obras que realizó esta constructora fue el edificio conocido como "Magerit", al principio de la avenida Cerro Falón, y que dio nombre a un pub-restaurante que se convirtió en emblema de la firma, pues fue explotado por la misma empresa y constituyó toda una novedad en la ciudad por su diseño vanguardista.


Se adaptó bien la constructora sanluqueña a los nuevos tiempos de la Transición y consiguió incluso contratos de obras públicas. Una de ellas, adjudicada por el Ministerio correspondiente a través de la Delegación Provincial de Educación Física y Deportes, fue la que le otorgó la construcción de varias pistas polideportivas, un campo de fútbol, piscinas, vestuarios, servicios y cerramientos en Trebujena y Tarifa, por un importe total de 19.319.384 pesetas (3). También realizó obras mediante una contrata en el Polideportivo Municipal de Sanlúcar.

EL PROYECTO DEL PARKING EN LA CALLE REGINA

Proyecto de edificio de aparcamientos (Archivo Municipal de Sanlúcar de Barrameda, Exp. de Obras 6777/2000)

Con estos precedentes, no fue nada extraño que PYPSA afrontara ya cualquier proyecto por descabellado que pudiese parecer. Tampoco parecía amilanarse por cualquier tipo de trabas administrativas que se le pudieran poner, aun a pesar de que la legislación urbanística había cambiado tras la muerte de Franco. Una vez adquirida por la empresa la casa de los Colom, en 1979 se puso manos a la obra para llevar a cabo el gran aparcamiento. Encargaron el proyecto al arquitecto Carlos Delgado Hidalgo. Pero se encontraron con la primera dificultad: la Dirección General del Patrimonio Histórico-Artístico denegó la autorización para la demolición completa del palacete, ordenando que se mantuviera y se integrara la fachada en la nueva construcción. Así que procedieron a derruir todo el interior del edificio y dejaron la fachada en pie, absurda práctica que aún hoy día se mantiene en la normativa urbanística. Este contratiempo obligó a arquitecto y empresa a replantearse el proyecto. Pero no se arrugaron. Siguieron adelante, pues estaban convencidos de que la obra se podría rentabilizar rápidamente.

En una planta de solar de 453 metros cuadrados, con 21 metros lineales de fachada, el proyecto arquitectónico contemplaba la dotación de 90 plazas de aparcamiento distribuidas en un semisótano, una entreplanta y tres plantas más en altura. Todo ello estructurado con «un núcleo vertical de escaleras y un montacoches hidráulico ubicado al fondo del local, al objeto de facilitar las maniobras en el interior del edificio».

Empresa y arquitecto se comprometían en el proyecto revisado a reconstruir las partes de la fachada que hubiesen sido demolidas, además de colocar tejas árabes en la cubierta del edificio. También se obligaban a que la puerta de acceso al garaje sería de madera noble, «de iguales características a la existente en el resto de la fachada». Todo ello con un coste total de 18.042.206 de pesetas. Una vez revisado el proyecto, la Dirección General del Patrimonio autorizó la obra y el Ayuntamiento de la época, ni corto ni perezoso, una vez cumplido este requisito, se dispuso a facilitar todo lo posible la construcción del parking.

APROBACIÓN MUNICIPAL

El Ayuntamiento estaba entonces presidido por el alcalde José Luis Medina, cabeza de lista del PCE, y que gobernaba la ciudad gracias a los votos de una coalición de izquierdas en la que también se integraban el PSOE y el PSA. El delegado de Urbanismo era el propio alcalde y ante la presentación del proyecto por parte de PYPSA a fines de 1979 encargó al secretario municipal, Gonzalo Arnica, un informe técnico. En él se explicaba que las circunstancias más señaladas eran que el proyecto se enclavaba en el interior del Conjunto Histórico-Artístico, y que la Comisión Provincial y la Dirección General de Patrimonio habían ordenado que se conservara la fachada. En cuanto a los requisitos que el Plan General de Urbanismo preveía, sólo se podría autorizar la altura máxima de dos plantas y seis metros y medio, pues de otra forma sería necesario «tirar la fachada» y eso no estaba permitido. Lo más sorprendente, sin duda, es que el uso que pretendía dársele al antiguo palacete estaba contemplado «en el citado Plan General». Aún así, y para no pillarse los dedos, el técnico concluye su informe diciendo que «sería posible acceder a la concesión de la licencia, una vez se solicitara, visándose por los Colegios correspondientes los Proyectos de obras». 
 

Este fue el dictamen del secretario Arnica a fines de 1979. El proyecto se volvió a reformar en Abril del año siguiente, pero no logró el visado del Colegio de Arquitectos de Cádiz, que el 14 de Septiembre de 1979 ya había motivado su negativa «en aplicación del Artículo 223.3 de la Ley del Suelo», según el cual el proyecto del aparcamiento en la calle Regina contenía «infracciones urbanísticas graves (4)»
 
Esto tampoco importó. La Comisión Municipal Permanente, en su sesión celebrada el 20 de Enero de 1981 aprobó el proyecto del aparcamiento. La sesión, presidida por el alcalde Medina Lapieza, contó con la asistencia de los tenientes de alcalde Fernando Verdún Bautista, Luis García Garrido, Antonio Avilés, Julia Franco, Daniel León, Rafael García Raposo y Emilio Fábregas. En el punto 34 del orden del día se presentó el escrito firmado por Patricio López Muñoz, gerente de la empresa PYPSA, S.L, por el que solicitaba la licencia de obras para la construcción del aparcamiento. Pero se ocultó el hecho de que el visado colegial era negativo, que había sido denegado, pues se menciona como fecha de su otorgamiento el 14 de Septiembre de 1979, justo el día en que el Colegio consideró en su decisión que el proyecto contenía graves infracciones urbanísticas.

Aun a pesar de eso, la Comisión Municipal Permanente acordó aprobar la licencia, una vez «vistos los informes emitidos por la Unidad de Urbanismo y Obras y por la Unidad Técnica Municipal». Los dos únicos requisitos que se le pusieron al solicitante fueron que debía informar a la Corporación del inicio de las obras y que una vez finalizadas éstas debía solicitar «la correspondiente licencia de primera utilización». Curiosamente, en esta misma sesión, se deniegan licencias de obras a varios vecinos por pequeños defectos formales o por requisitos de menor importancia (5)

EPÍLOGO: SUSPENSIÓN DE PAGOS.

Pocas semanas después comenzaron las obras. El trasiego de camiones hormigoneras fue tremebundo. Las toneladas de cemento que se volcaron en el solar para levantar la estructura del parking (que aún hoy día se mantiene) fue colosal. Algunos vecinos de la zona aún recuerdan lo que sufrieron durante los meses que duró la obra. Para el verano de 1981, la empresa aún se encontraba en plenitud económica y concedió incluso un premio en las Carreras de Caballos del mes de Agosto, dotado con 60.000 pesetas. A fines de año la empresa solicitó la autorización para realizar la canalización del alcantarillado del edificio. Pero poco tiempo más duraría la actividad (6).

El 23 de Abril de 1982 el juez de primera instancia de Sanlúcar, Lorenzo del Río, mediante un edicto, da a conocer a los afectados que se estaba tramitando en su juzgado la suspensión de pagos de la empresa. También informaba que la representación de la empresa la ostentaba el procurador Constantino Pérez del Prado y que se había nombrado como interventores a José Luis de Dios Morales, Antonio Rosado Serrano y el Banco Hispano Americano de la localidad (7). 
 

El 22 de Noviembre, el mismo juez vuelve a emitir un auto por el que se comunicaba que había declarado a la empresa «en estado de suspensión de pagos e insolvencia provisional, al ser el activo superior al pasivo». Mediante la misma convocatoria se citaba a todos los acreedores «de la entidad suspensa a una Junta General». Esta Junta tendría lugar en la misma Sala de Audiencias del Juzgado en la calle de la Bolsa, el 4 de Febrero del año siguiente (8). Pero no iba a ser todo tan fácil, pues poco tiempo después el juez Del Río suspende la Junta General de Acreedores, al amparo del artículo 18 de la Ley de Suspensión de Pagos de Julio de 1922 (sí, 1922). Esta anulación tenía por objeto el llegar a un acuerdo o convenio «con la adhesión de los acreedores en forma fehaciente». Para ello se le otorgaba a la empresa un plazo de cuatro meses más (9). A fines ya de Julio de 1983, el mismo juez Del Río comunicaba a los interesados y afectados que había decidido aprobar el Convenio que esta empresa había presentado a sus acreedores, con el compromiso siguiente: «El pago íntegro de la totalidad de las deudas en tres anualidades, satisfechas a todos y cada uno de los acreedores en proporción a su créditos durante los años de mora en el pago que solicita (10)».

Aclarar si los acreedores llegaron a cobrar o no, se escapa ya al objeto de este artículo, cuyo fin no es otro que recordar y denunciar el triste aniversario de una ruina que afea gravemente una zona céntrica del casco antiguo de la ciudad. Ningún Ayuntamiento en estos treinta años ha sido capaz no ya de solucionar, sino ni siquiera de adecentar este negro baldón de nuestro urbanismo. La vieja casa de cargadores a Indias, morada durante muchos años de la familia Colom y acogedor hotel ocasional del gran compositor Turina, sigue en ruinas y su triste imagen sigue destruyendo nuestra memoria y nuestra dignidad. Se ha erigido en un permanente monumento a la pasividad y a la impasibilidad, a la incompetencia política y al descrédito empresarial.

(c) Salvador Daza Palacios, 2012 (Texto y fotografías)

NOTAS:

1-: ABC de Sevilla, 28 de Julio de 1972.
2.- ABC de Sevilla, 30 de Mayo de 1975
3.- HOJA DEL LUNES, Cádiz, 1 de Agosto de 1977.
4.- Archivo Municipal de Sanlúcar de Barrameda: Secretaría, Libro de Actas de la Comisión Municipal Permanente de 1981, signaura 5094, fol. 167.
5.- Articulo 223.3 de la Ley del Suelo (RD 1346/1976, BOE 17 de Junio de 1976): “Los Colegios profesionales que tuviesen encomendado el visado de los proyectos técnicos precisos para la obtención de licencias, conforme a lo dispuesto en el artículo ciento setenta y ocho, denegarán dicho visado a los que contuvieran alguna de las infracciones previstas en el artículo doscientos veintiséis punto dos..
6.- El premio “Construcciones Pypsa” lo ganó el jinete Alejandro Parias. Los otros dos premios de este segundo ciclo fueron patrocinados por el Consejo Regulador del Jerez, con 100.000 pesetas, y por el Club Náutico de Sanlúcar, con 50.000. (Crónica de E. Domínguez Lobato, ABC de Sevilla, 12 de Agosto de 1981).
7.- ABC de Madrid, 6 de Mayo de 1982.
8.- ABC de Sevilla, 23 de Diciembre de 1982.
9.- El edicto no fue publicado en ABC de Madrid hasta el 17 de Marzo de 1983, un mes y medio después de la fecha anunciada para la Junta, aunque el auto había sido firmado por el secretario judicial el 25 de Enero.
10.- ABC de Sevilla, viernes 19 de Agosto de 1983.