jueves, 30 de agosto de 2012

Pleito entre carmelitas

Artículo publicado en la revista "Sanlúcar de Barrameda", correspondiente a 2012.

Frailes calzados y descalzos de Sanlúcar de Barrameda en litigio por la Hermandad del Carmen (1)

 

Salvador Daza Palacios
(A la memoria de mi querida madre Carmen)

Aún calientes los ánimos del pueblo tras el célebre proceso criminal contra el carmelita descalzo fray Pablo de San Benito, que tuvo lugar a lo largo de 1774, los miembros de esta orden religiosa se enzarzan en un pleito a causa de las denuncias interpuestas por sus hermanos los carmelitas calzados, disputándose ambos el derecho de poder manifestarse a través de la Hermandad de Nuestra Señora del Carmen.

Los carmelitas descalzos fundaron su convento en Sanlúcar el 19 de Marzo de 1641. Los calzados se instalaron unos meses más tarde, el 9 de Julio del mismo año. Ninguna de las dos órdenes se conformó con su emplazamiento primitivo y las dos se mudaron a lugares muy céntricos y próximos entre sí, lo que ocasionó pleitos, quejas y alguna que otra violencia de algunos fanáticos que tomaron partido por alguna de las demás órdenes religiosas ya instaladas, que veían peligrar su sustento y la preferencia de los feligreses con tanta abundancia de frailes(2)
Los descalzos venían de la ermita de San Roque, que estaba situada en la calle Chorrillo y en 1677 inauguraron su nueva iglesia en la calle de San Juan, en el emplazamiento que aún subsiste. Los calzados entraron en la ciudad instalándose primero en la ermita de San Sebastián, extramuros de la ciudad y posteriormente se trasladaron a un edificio situado en el Carril Nuevo, extendiéndose luego hacia la esquina de la calle Alcoba. Pero tampoco estaban contentos allí y, emulado a sus hermanos, se trasladaron a unas casas principales en la mismísima calle Ancha, frente a la calle San Jorge y ocupando todo el solar hacia la esquina de la calle Castelar. Esto ocasionó una fuerte controversia que el tiempo y la autoridad suprema del Consejo de Castilla logró apaciguar.


El historiador Velázquez Gaztelu escribe su obra en 1758 y ya entonces toma un decidido partido por los frailes descalzos frente a los calzados. Acusa a los calzados de pereza, pues en 60 años que llevaban en la calle Ancha no habían sido capaces de edificar una iglesia decente, como habían hecho las demás órdenes religiosas. También deja constancia de las «ningunas o muy cortas rentas del convento», claramente insuficientes para los 20 religiosos que componían su comunidad.
En cuanto a la cofradía de Nuestra Señora del Carmen, Velázquez Gaztelu asegura que su titular tenía un altar decente, con un «primoroso retablo» y que se fundó al mismo tiempo que el convento calzado. También destaca el hecho de que la cofradía se compone «de casi todo el pueblo, y hace sus funciones con esplendor y lucimiento». Por contra, al hacer la descripción del convento de los carmelitas descalzos no menciona en ningún momento a su cofradía, aunque si deja muy clara su mayor preferencia por esta orden, al manifestar que sus religiosos «edifican con su austera vida a esta República y la sirven como ningunos».

La guerra de carteles, origen del pleito.

Estamos en Julio de 1776. Apenas han transcurrido dos años desde que la ciudad de Sanlúcar se conmovió y alcanzó fama nacional e incluso internacional a causa de un suceso horripilante: el crimen cometido en las puertas de la Iglesia del Carmen por un fraile fanático, fray Pablo de San Benito, que degolló a una joven de 18 años delante de su propia madre, tras la misa del domingo3. Esta trágica muerte bien pronto se olvidó, pues los frailes carmelitas descalzos siguieron su vida conventual y su labor religiosa con normalidad y sin mayores problemas. Incluso pretenden celebrar con toda pompa y esplendor la festividad de la Virgen del Carmen, en el mes de Julio, colocando un tablado delante de la misma puerta de la iglesia, en el idéntico sitio que fue el escenario de aquel asesinato horrendo, para poder colocar en él a un grupo de músicos que tocaran piezas festivas y acordes con la celebración.


Una de las razones para esta ceremonia musical era que el año 1776 estaba declarado como de jubileo. Se organizaron cuatro estaciones para que las comunidades religiosas hicieran su comparecencia pública con lo mejor de sus galas. Los carmelitas descalzos fijaron en las puertas de las iglesias y en otros lugares públicos de la ciudad una convocatoria en forma de carteles para invitar al pueblo a la víspera de la Ascensión del Señor, anunciando que comparecerían en unión de la Cofradía de la Virgen del Carmen.
Al día siguiente, los calzados habían colocado encima de estos carteles otros en que avisaban que no ganarían el jubileo quien lo hiciera con los descalzos, pues la única cofradía del Carmen oficial y canónica era la de ellos.
El sacristán de los descalzos quitó de la puerta el que habían colocado los calzados, y otros vecinos pro-descalzos hicieron lo mismo con los de otros lugares, con lo cual quedaron nuevamente a la vista los carteles de los descalzos.
Los frailes calzados, indignados, quitaron a su vez estos carteles e incluso uno de sus miembros, sacerdote, en plena procesión de jubileo, arrancó de la puerta de la Parroquia Mayor un cartel y lo hizo pedazos delante de la mirada atónita de muchos vecinos y feligreses. También hizo lo mismo este fraile u otro con el cartel que estaba colocado en la Iglesia descalza, en presencia de mucha gente e incluso de dos frailes descalzos que desde la portería fueron testigos de este lance tan denigrante y afrentoso.
Igualmente pasó con el cartel colocado en la puerta del Ayuntamiento mientras había gente que lo estaba leyendo; otro, colocado en la Iglesia de la Trinidad, fue intentado arrancar por el cocinero de los calzados, pero el cartel estaba tan bien pegado que no pudo desprenderlo. Se limitó entonces a arañarlo y destrozarlo para que no se pudiera leer.
Los calzados llegaron a decir incluso que los descalzos no eran auténticos carmelitas, sino de una orden distinta, fundada por Santa Teresa. Frente a esto, los descalzos emplearon «la paciencia, la modestia y la templanza», según sus propias palabras. Aunque no podían permitir en ningún caso que los calzados se adueñasen exclusivamente del culto a la Virgen del Carmen.


El conflicto se enquistó y los calzados interpusieron una demanda judicial ante el Tribunal eclesiástico de Sevilla, que terminó dictando un auto el 5 de Mayo de 1777 por el que prohibía al convento descalzo «toda procesión y función de la Señora».
En ese estado, intervino en el litigio el fiscal de la Real Audiencia de Sevilla, que pidió el expediente al provisor, al tratarse de cuestiones cofrades que afectaban también a individuos seglares y no sólo a religiosos. Paralelamente, los calzados obtuvieron un nuevo decreto contra los descalzos del Tribunal eclesiástico sevillano, fechado el 15 de Julio de 1777, para que los beneficiados de la Iglesia Parroquial no le franquearan «la cruz parroquial para procesión alguna que se intentara sacar de la Iglesia de los descalzos».
La Real Audiencia acordó, por un auto de 18 de Septiembre de 1777, enviar todo el expediente al Consejo de Castilla, por mediación de su fiscal general, Pedro Rodríguez Campomanes.

El pleito establecido obligó a las dos órdenes, calzados y descalzos, a presentar ante el Supremo Consejo sus reglas, constituciones y demás documentos fundacionales, así como a nombrar procuradores en Madrid para que les defendieran.

Razones históricas y jurídicas.

El fundamento legal que esgrimen los descalzos para defenderse de la denuncia presentada por sus hermanos, es que su Cofradía del Carmen descalzo fue erigida por su orden religiosa el 1 de Mayo de 1641, es decir, antes de que se fundara el convento de los calzados, que lo hizo el 9 de Julio del mismo año. La primitiva Hermandad admitió en sus principios a un «cuerpo político y externo», ajeno a la misma orden. Estaba integrada por su hermano mayor y demás oficiales que atendían «a lo ministerial de su cuerpo». La licencia de aprobación de esta hermandad fue cursada por el provincial de los carmelitas descalzos fray Luis de San Gerónimo.
La Hermandad de los descalzos fue fundada por pilotos marinos: Pedro González, Diego Fernández (dos con el mismo nombre) y Pedro Martín, vinculan ya desde su misma creación a esta imagen con los navegantes, aunque hay que destacar que era muy común que los hombres de la mar eligieran Vírgenes protectoras, como pudieron ser en otras épocas y categorías, la Virgen del Rosario (en el convento dominico) y la Virgen del Buen Viaje (en el convento de los capuchinos). También integraron la primera fundación del Carmelo descalzo los alféreces Cristóbal Ramos y Juan Parrilla, así como los licenciados Pedro de Cuéllar y Francisco García Copete, éste último, presbítero secular, que ejerce como notario apostólico del Tribunal de Sevilla, además de otros vecinos y feligreses del Barrio de la Balsa y Mazacote, como Gaspar de los Reyes y Cristóbal Franco. Todos ellos se constituyeron en Hermandad y nombraron como hermanos mayores a los ya mencionados Cristóbal Ramos y Pedro González, y como mayordomo a Juan Ximénez.

Luis de León Garavito, vicario de Sanlúcar, aprobó los estatutos de la Hermandad, validando los actos celebrados para tal fin, con presencia y autoridad del ya citado provincial fray Luis de San Gerónimo.
Juan de Rivera, provisor y vicario general de Sevilla, en nombre del arzobispo Agustín Espínola, aprobó los estatutos de la Hermandad del Carmen instituida en el convento de los descalzos, con algunas correcciones a sus reglas, tales como que el incumplimiento de las normas no acarrearía a sus hermanos un pecado mortal sino sólo una pena pecuniaria. Pero hay que destacar que esta aprobación del tribunal eclesiástico de la archidiócesis no tuvo lugar hasta el 3 de Julio de 1648, es decir, siete años después de su fundación y luego que los calzados aprobaran su cofradía.
Aunque la comunidad, escarmentada «por los ruidos que traen consigo dichos cuerpos, y de los abusos que introducen en la misma cofradía por sus intereses particulares, suprimió el dicho «cuerpo de Hermandad». Una supresión que no le afectaba a la orden religiosa ya que se consideraba «accidental y extrínseco» a la misma. Además, esta disolución se vio ratificada en una bula de Clemente XII en el año 17374.
Tomó así la propia orden descalza a su cargo los cultos a la Virgen del Carmen, que patrocinaba con sus propios recursos y limosnas que algunos fieles voluntariamente daban. No existía por tanto la Hermandad como tal (y de hecho ya hemos visto como Velázquez Gaztelu no la menciona en 1758), aunque en las mismas circunstancias estaba la Cofradía del Carmen de los Calzados de Jerez de la Frontera, que tampoco tenía hermano mayor y oficiales o hermanos, y a pesar de ello era «una de las más lucidas y que con más esplendor celebra los cultos de Nuestra Madre».

Defensores en Madrid

El pleito llega a Madrid a fines de Septiembre de 1777 y los consejeros de Castilla ordenan su pase a los fiscales para que emitiesen su informe.
Mientras tanto, el prior de los carmelitas calzados, fray Josef de Castro, y el hermano mayor de la cofradía del Carmen, el regidor municipal Joaquín Martínez de Grimaldo y Loaiza, otorgan un poder para pleitos al procurador de Madrid don Juan García y Santa Columba. La escritura de poder está redactada y validada por el escribano sanluqueño Narciso de Rivera. Santa Columba, tal y como le llega el poder notarial a Madrid, delega en Francisco Antonio Melendreras. Este procurador se puso manos a la obra y suscribiría el escrito de alegato y defensa del derecho que creían tener los calzados a ejercer el culto a la Virgen carmelitana, pues ya desde 1644 habían fundado la misma en Sanlúcar de Barrameda.
Los descalzos, por su parte, tenían como procurador general a un miembro de su propia orden, el presbítero fray Manuel de San Vicente, morador en el convento de San Hermenegildo del mismo Madrid, quien delegó en un procurador habitual de los tribunales como Miguel Benigno Barragán. Éste, sin enterarse en profundidad del asunto, presenta en su alegato de defensa su contradicción a cualquier pretensión que presente «el convento o hermandad de la antigua observancia de dicha ciudad de Jerez (sic)». Se confunde nuestro hombre de ciudad, y el secretario del tribunal, sin comprender tampoco nada, anota en el expediente: «El padre procurador general del Carmen descalzo, en defensa del Convento del mismo orden de la ciudad de Jerez de la Frontera». En fin, los habituales errores judiciales.

Un célebre fraile carmelita descalzo del siglo XVIII

Lo que sí aporta el defensor de los descalzos como aval es un decreto interno del padre general de los Carmelitas descalzos de España, fray Francisco de la Presentación, por el que, en base a unas letras pontificias del Papa Clemente XIV, fechadas en 29 de Abril de 1772, concedía validez canónica a todas las hermandades que subsistieran fundadas en lo antiguo en los conventos de los descalzos5. No deja de ser curioso que el decreto excluya expresamente a las monjas descalzas, pues, según las leyes canónicas y políticas, no podían existir cofradías en los conventos femeninos6.
La hermandad de los calzados, por su parte, aporta sus reglas y constituciones, que fueron impresas en la imprenta de don Manuel Barberi en el año –curiosa coincidencia– 1774, un año fatídico para los descalzos a causa del ya citado crimen cometido por fray Pablo de San Benito. En estas reglas explican que no debía haber en el pueblo más que una sola cofradía del Carmen y debía residir (como así ocurría) en su convento7. Sólo esta Hermandad podía pedir las limosnas y conceder las indulgencias, gracias y perdones, así como organizar las procesiones y llevar el control del libro de hermanos. Los demás conventos podían otorgar el santo escapulario8 a quien lo pidiera, pero éste no surtiría el efecto deseado si no se apuntaba previamente en el libro de hermanos que existía sólo en el convento calzado.

La labor social de esta cofradía (como de otras muchas en el Antiguo Régimen) era verdaderamente útil, pues a todos los hermanos que estuviesen al corriente de sus cuotas destinadas a sostener el culto de la imagen de la Madre del Carmen, en el momento del fallecimiento, gozarían de todos los sufragios generales, anuales y mensuales que organizara la cofradía, además de su asistencia al entierro del hermano o hermana con las insignias de la orden, cirios, caja o féretro y paño negro. «Así mismo gozan del privilegio los hermanos difuntos de poder enterrarse en cualquiera de las cuatro sepulturas que la Hermandad tiene propias en la iglesia de carmelitas calzados, sin exigir estipendio alguno». Y pagando 30 reales de vellón, podrían también disfrutar «de una misa de cuerpo presente, vigilia oficial de sepultura y responso». Todos los hermanos y hermanas tenían el privilegio de poder enterrarse en la bóveda situada en la nave donde estaba la santa imagen del Carmen, así como recibir el particular sufragio de honras fúnebres al día siguiente de su fallecimiento, con misa cantada, vigilia y responso.
Claro que todas estas ventajas las disfrutaban también los hermanos de la cofradía de los descalzos, incluida además la presencia de dos frailes que ayudarían «a bien morir» a aquellos hermanos que lo solicitasen cuando ya estuvieran en una situación irreversible.

Graves y públicos incidentes 
 
El conflicto estalló en las calles de Sanlúcar. Por el testimonio presentado en 1779 ante el Consejo de Castilla por el prior de los carmelitas descalzos, fray Juan de San Rafael, podemos conocer con detalle los graves incidentes que se produjeron con motivo de este pleito9.

El prior de los descalzos comienza quejándose de que desde hacía ya tres años sus hermanos calzados, en unión de la Hermandad del Carmen sita en el convento calzado, les hacían la vida imposible. Habían tenido que aguantar toda clase de vejaciones, que habían sufrido en silencio y con la mayor de las paciencias.

La razón del conflicto partía de que los calzados estimaban que en la ciudad sólo podía existir una hermandad (la de ellos), cuando, según los descalzos no tenía por qué haber una sola, pues esa cuestión se dirimió mediante una bula de concordia expedida por el papa Paulo V en 1617, que comenzaba “Ubi fratres carmelitani”. Ambas corporaciones habían establecido sus razones históricas y jurídicas pero ni el tribunal eclesiástico ni la Real Audiencia de Sevilla habían podido aclarar el pleito y en recurso de fuerza había llegado hasta la más alta instancia del Consejo de Castilla.
También destaca en su escrito el prior fray Juan de San Rafael que ya se suscitó un pleito parecido en Écija y que se solventó uniendo a ambos cuerpos religiosos en concordia y haciendo que, aunque hubiese dos hermandades, una en cada convento, era sólo una en lo espiritual, hecho que fue refrendado por varios pontífices. A ello había que añadir que en el caso de otras órdenes religiosas, como la de San Francisco, existía la Orden Tercera, que equivalía a una cofradía en todos los conventos franciscanos, fuesen capuchinos o de otra cualquier otra rama.

También se había suscitado este pleito en Murcia y el provisor de Cartagena le había dado la razón a los descalzos. Pero esto había ocurrido en Diciembre de 1699.
En cuanto al intento de prohibir las procesiones de los descalzos, el prior fray Juan de San Rafael no entendía en qué se basaban los calzados para ser los únicos en poder sacar a la Virgen, pues todos los conventos del orbe católico celebraban sus desfiles con sus patrones. No dudan en calificar esta prohibición como una demostración de una “mala fe” impropia de hombres religiosos, pues por la mente de los descalzos no pasaba en ningún momento la idea de sacar la procesión del Carmen mientras no se fallase el pleito. Lo contrario «jamás cabría en cabeza de hombre cuerdo», dice el prior de los descalzos.

Todo eran calumnias y difamaciones, con el propósito encubierto de aburrir a la comunidad descalza, criminalizándola y causando escándalos infundados. Todo el mundo sabía que la iglesia del Carmen descalzo no tenía claustro por donde sacar sus procesiones, y debían sacarlas por el exterior del templo. Los calzados esperaban que los descalzos infrigieran la prohibición dictada para así poder calificar a la comunidad de «inobediente y usurpadora», y acusarla de «escándalo y de perturbadora del sosiego público».

Crónica de los despropósitos

Los cuatro años (1776 a 1779) en que los calzados habían tenido la primacía, habían llevado a su Virgen hasta las mismas puertas de la iglesia de los descalzos en la calle San Juan. Éste recorrido nunca antes lo habían hecho. Lo hacían siempre sin anunciar y sin invitar a la comunidad descalza a que los recibiera en la puerta del templo, como hacían otras hermandades (costumbre que se ha mantenido hasta hoy día).
A pesar de esto, los frailes descalzos salían a ofrecer su cortesía para que el pueblo viese que estaban dispuestos al diálogo y a la convivencia con sus contrarios. Colocaron en 1776 y 1777 la imagen del patrón carmelita San José en la puerta. Pero los calzados les respondieron volviéndoles la espalda y pasando rápido sin detener las imágenes de San Elías (otro patrón carmelita) ni la de la Virgen del Carmen. Además ordenaron a la música que acompañaba al cortejo que no cantase ni tocase.
Por último, «las risas de unos y las señas de otros, así de religiosos como de cofrades», causaron la vergüenza y el sonrojo a los descalzos, sintiendo que hacían mofa de ellos. Esto ocurrió el primer año. Al año siguiente, todo el pueblo estaba en expectación a ver si se volvía a repetir el despropósito. Pero los músicos se pusieron de acuerdo en que no volverían a repetir el mismo desprecio del año anterior y, aun a pesar de que el hermano mayor de la cofradía, Joaquín Martínez de Grimaldo, les avisó para que no cantasen, ellos hicieron caso omiso e interpretaron sus motetes en la puerta de la Iglesia del Carmen descalzo, como era el estilo de las capillas de música que acompañaban a las procesiones.

El prior de los calzados y el hermano mayor, enfadados con esta desobediencia, «cargaron sobre los músicos para impedirles la cantada» y se enzarzaron en una discusión escandalosa10. Como consecuencia de estos hechos lamentables se desorganizó la procesión y causó la consiguiente vergüenza a la comunidad descalza y a todos los que contemplaban “el espectáculo”.
Para evitar estos males, en 1778 la Hermandad de los calzados se trajo los músicos de fuera de Sanlúcar. Con este panorama, que anunciaba una nueva refriega delante de la Iglesia del Carmen, los descalzos, tras un debate en capítulo durante más de dos horas, decidió que como la procesión se iba a celebrar el 19 de Julio, que era la víspera de San Elías, dejarían las puertas abiertas de la iglesia para que todo el mundo viera que los descalzos estaban ocupados en los cultos a su patrón y por eso no estaban en la puerta. Pero a pesar de esto hubo incidentes, pues mucha gente consideró que el volver a pasar por delante de la iglesia descalza era una provocación de los calzados a sus hermanos de hábito.

 Al año siguiente, 1779, los calzados quisieron intentar otra vez su maniobra, pero los descalzos repitieron su estrategia y se emplearon en la celebración de la novena a la Virgen, cuyos cultos se estarían celebrando simultáneamente al paso de la procesión. Los calzados entonces retrasaron la salida hasta las siete de la tarde, cuando la tenían anunciada a las cinco y media, y cambiaron el recorrido para que cuando pasaran por delante de la iglesia descalza ya hubiera concluido la novena y a los frailes no les quedara más remedio que comparecer en la puerta a rendir pleitesía a la hermandad calzada.
Llegó la procesión y cantó la capilla delante de la iglesia, mientras la comunidad descalza estaba aún en el coro. Desde allí pudieron oír la cantata que interpretó la capilla de música por orden de los calzados y de su hermandad carmelita, y que decía:

Arma, arma
Guerra, guerra,
venza a la envidia,
a la envidia venza.

Así estuvo la capilla repitiendo una y otra vez este estribillo irritante y bélico, a pesar de que el Santísimo estaba expuesto y el celebrante pronunciaba en ese momento la homilía. Siguieron cantando los músicos por espacio de tres cuartos de hora, con la anuencia incluso del alcalde mayor, Josef Duran y Flores. El concierto a las puertas del templo impidió que los cultos que se celebraban en el interior pudieran ser bien oídos por los fieles.
«Alboroto, asonada, motín, ruido», son los calificativos que emplea el prior para definir esta situación violentísima, promovida también «por un juez que debe ser imparcial», refiriéndose al alcalde Durán Flores. Los calzados se entretuvieron tanto en esta maniobra que llegaron a la recogida en su templo cuando era ya de noche, infringiendo así las normas dictadas por el Consejo.
El hecho de que Durán Flores tomase partido por los calzados tenía su origen en su gran amistad con el escribano Narciso de Rivera, que era el «principal móvil de la disputa», según habían entendido los descalzos tras observar todas las operaciones ejecutadas por los calzados. Y el alcalde, al parecer, era de la opinión de que había que suprimir el convento de los descalzos y lo intentaría conseguir antes de acabar el tiempo de su mandato en Sanlúcar11.

La música, en el centro de la polémica.

El 24 de Julio de 1779, un vecino de Cádiz, Lutgardo Viaña, se había comprometido a pagar a los descalzos todos los gastos que ocasionare la función a la Virgen del Carmen, incluidos los gastos de su víspera. Ésta consistía, al igual que se hacía en Cádiz y se había hecho en Sanlúcar en diversas ocasiones, en un repique de campanas por la noche, a la hora de la queda, intercalando piezas de música en sus intervalos y tocándose instrumentos musicales en el pórtico o atrio de la iglesia, en los balcones o en la misma torre del campanario.
Don Lutgardo colocó un tablado en la puerta del Carmen y dentro del propio pórtico para colocar allí la orquesta, todo pagado de su propio bolsillo. Pero el alcalde Durán, enterado, prohibió la tocata mediante un auto judicial, alegando que los conciertos en las puertas de las iglesias estaban prohibidos en todo el Reino.
Los descalzos analizan esta prohibición en clave de enemistad manifiesta contra ellos del alcalde, que con un espíritu de parcialidad impropio de un funcionario de la Justicia, trataba de favorecer a los calzados y a su hermandad, echando aún más leña al fuego de la discordia, en unión del ya citado escribano Narciso de Rivera. Los calzados se habían quejado al alcalde de que los descalzos les quitaban las limosnas para la Virgen del Carmen, pues solo ellos tenían facultad para pedirlas, pues no había más hermandad que la suya, insistían, así que los católicos que pagasen a los descalzos no obtendrían las gracias e indulgencias que concedía la hermandad a través del Santo Escapulario del Carmen. Pero todo era, explicaba el prior fray Juan de San Rafael, por puro interés económico, pues la hermandad de los calzados organizaba incluso rifas, donde sorteaban comestibles e incluso alhajas, y cuyo dinero no se empleaba en el culto a la Virgen, sino en pleitear contra los descalzos, pagando abogados y procuradores, etc.
Querían eliminar con ello todo culto a la Virgen del Carmen en los descalzos, alegando que éstos no eran carmelitas, sino “teresos”, por lo que el escapulario que entregaban a los fieles no otorgaba ninguna gracia ni indulgencia. Los calzados se habían encargado de esparcir estas especies «entre la gente sencilla» y habían sembrado la misma doctrina «entre las dos comunidades de religiosas dominicas y franciscanas» muchas de las cuales vestían el escapulario que les habían entregado los descalzos en propia mano.

Diligencias y final incierto.

El escribano Juan Cadaval, el 18 de Septiembre de 1779 autentifica todos los documentos presentados por los descalzos, dejando constancia de que muchos de ellos estaban «corroídos en sus márgenes exteriores, por lo destrozado del libro y por la misma antigüedad de lo escrito». Así que al transcribir algunos, dejó en blanco algunas palabras que no podían leerse. También certifica que había revisado el libro registro de hermanos y constaban asientos desde su fundación hasta el mismo año 1779, por lo que se debía deducir que la hermandad estuvo funcionando durante todos esos años, más de 138.
En otro documento, el notario apostólico de la vicaría sanluqueña, Agustín de Herrera12, levantó testimonio de todo lo ocurrido el 23 de Julio de 1779, desde que se le comunicó al prior el auto del alcalde mayor prohibiendo el concierto musical hasta que, pasadas las diez de la noche, se retiró a sus aposentos. El notario comprobó que la orden no fue acatada por el prior, pues desde las nueve hasta las diez de la noche, las campanas del Carmen estuvieron repicando y los músicos contratados por Lutgardo Viaña, colocados en la torre del campanario, fueron intercalando piezas musicales sin que nadie les molestara.
El prior se amparó en que había recurrido el mandato judicial ante el vicario local, Rodrigo Pérez Viadas, con la ayuda del notario Herrera. El vicario, repitiendo sus propios pasos en el proceso criminal contra fray Pablo, ordenó que se consultase el asunto con el abogado Máximo Zozaya, a quien nombraba su asesor jurídico en este expediente. Zozaya se limitó a aconsejar al vicario que no se pronunciara sobre el caso, ya que había sido el provisor general de Sevilla (un juez superior) el que había decretado la suspensión de la procesión de los descalzos y a él, como delegado inferior no se le permitía decidir los asuntos ya sentenciados. No estimó pues el vicario la reclamación realizada el mismo 23 de Julio de 1779 por el prior descalzo fray Juan de San Rafael, quien, a pesar de este revés, decidió seguir adelante con su programa musical, permitiendo que las fanfarrias que anunciaban la festividad de la Virgen del Carmen sonaran con total libertad en la torre de la Iglesia.

El caso aún coleaba a fines del siglo XVIII. El pronunciamiento del fiscal del Consejo de Castilla dándole un tirón de orejas a la Real Audiencia de Sevilla paralizó el proceso durante dos décadas. La Audiencia debía haber resuelto el pleito y el recurso de fuerza introducido, recogiendo las constituciones de la hermandad y una vez realizado todo este procedimiento, enviarlo al Consejo para que éste dictase la sentencia definitiva, tal y como había hecho en otras ocasiones. Así que el proceso sería devuelto a Sevilla para que fuera este tribunal el que resolviese sobre la cuestión y luego, con su dictamen correspondiente, se enviara nuevamente a Madrid para que el Consejo lo validara.
Hasta aquí llegan las informaciones disponibles sobre este caso. Su final incierto hace que aún en 1803 existan diligencias en el expediente que no llegaron a ninguna conclusión efectiva. De ello se encargaría la entrada de los franceses en España cinco años después, con la consiguiente exclaustración de los dos conventos carmelitanos de Sanlúcar y la desaparición de sus fundaciones cofrades en honor de la Virgen del Carmen.

NOTAS:

1. AHN, Consejos, leg. 740, nº 6: El Regente de la Real Audiencia de Sevilla, remite los autos formados con motivo del recurso de fuerza que introdujo el fiscal de S.M. De conocer y proceder el provisor de Sevilla en los que sigue la Hermandad de Ntra. Sra. del Carmen, sita en el convento de Sanlúcar de Barrameda, sobre que en el de los descalzos no haya otra semejante. En una pieza con 74 fols. y un libro de ordenanzas de la dicha hermandad con 15 págs.. Años 1776 a 1803.
2. VELAZQUEZ GAZTELU: Fundación de todas las iglesias, conventos y ermitas de Sanlúcar de Barrameda (1758), Sanlúcar, 1995, pp. 451 y ss.
3. DAZA PALACIOS, S. / PRIETO CORBALÁN, Mª R.: Proceso criminal contra fray Pablo de San Benito. Univ. de Sevila, 1998.
4. Resulta curioso que fuese este año precisamente, pues fue el mismo año en el que los carmelitas descalzos se instalan en la ciudad de Cádiz e inauguran su magnífico templo de la Alameda, aunque hasta 1761 no conseguirán el traslado de la Virgen del Carmen desde la Iglesia conventual de Santo Domingo. (BENGOECHEA, I.: “Efemérides carmelitanas” , en Diario de Cádiz, 16 de Julio de 1996, p. 4)
5. AHN, Ibíd., f. 15. En el citado artículo de BENGOECHEA, se recoge que el 25 de Noviembre de 1776 el mismo padre general otorgó a la Cofradía del Carmen de Cádiz la Carta de Hermandad carmelitana.
6. El decreto está firmado por el padre general en Córdoba y refrendado por el secretario general de la Orden, fray Juan de la Virgen, el 24 de Octubre de 1777, es decir, una vez planteado el litigio carmelitano.
7. Como dato curioso y comparativo, debemos reseñar que la fundación de la Hermandad del Carmen en la ciudad de Cádiz se llevó a cabo en el Convento de Santo Domingo en 1638 pues aún no existía ningún fundación carmelitana en la capital. Así que se deja constancia en su escritura fundacional que «si en algún tiempo viniese convento de Carmelitas descalzos a situarse en esta ciudad, que al punto que esté fundado, ésta dicha Cofradía se ha de mudar y poner en el dicho Convento con todo lo que le tocare y perteneciere» (HORMIGO SÁNCHEZ, E.: “El acta de fundación de la archicofradía del Carmen”, en Diario de Cádiz, 7 de Julio de 1996, p. 4)
8. Según los carmelitas, quien muriera con el escapulario puesto pasaría muy poco tiempo en el purgatorio.
9. AHN, Consejos, leg. 740, exp. 6, ff. 42-60.
10. Todo ello lo supieron por boca de don Francisco Zedillos, bajonista de la Capilla de Música, que informó a los padres descalzos de todo lo ocurrido.
11. A este respecto, puede consultarse DAZA PALACIOS, Salvador: “La fallida mudanza de los carmelitas descalzos”, Art. inédito. (2010)
12. Un viejo conocido de los carmelitas descalzos, dado que fue el procurador que defendió a fray Pablo de San Benito.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Efectos de la educación musical

La práctica musical en la niñez cosecha beneficios en el cerebro adulto

Los adultos que recibieron entre uno y cinco años de formación musical en su infancia tienen una mejor audición y aprendizaje, y un robusto proceso neuronal de los sonidos en la edad adulta.



REDACCIÓN EP.- Una corta formación musical en la infancia recorre un largo camino para mejorar el funcionamiento del cerebro en la edad adulta, cuando se trata de escuchar y procesar el sonido, según un nuevo estudio de la Universidad de Northwestern, en Estados Unidos, publicado en la revista Journal of Neuroscience.


El impacto de la música sobre el cerebro ha sido un tema candente en la ciencia en la última década. Ahora, los investigadores de Northwestern, por primera vez, han examinado directamente lo que ocurre cuando los niños dejan de tocar un instrumento musical -después unos pocos años de práctica- una experiencia común en la infancia. En comparación con personas sin formación musical, los adultos que recibieron entre uno y cinco años de formación musical de niños, realizan mejores respuestas cerebrales a los sonidos complejos.



La frecuencia fundamental, que es la frecuencia más baja del sonido, es crucial para la percepción del habla y la música, y permite el reconocimiento de sonidos en entornos auditivos complejos y ruidosos. Según la autora Nina Kraus, profesora de Neurobiología, Fisiología y Ciencias de la Comunicación en Northwestern, "el nuevo estudio sugiere que las clases de música, a corto plazo, pueden mejorar la audición y el aprendizaje durante toda la vida".


Según explica Kraus, muchos niños participan en clases de música pero, sin embargo, pocos continúan con las clases más allá de la escuela secundaria. Sin embargo, la mayor parte de la investigación neurocientífica se ha centrado en el estudiante de música raro y excepcional, que ha seguido una práctica musical activa en la universidad, o que se ha dedicado a ella profesionalmente.


La novedosa investigación de la Universidad de Northwestern


Ahora, según la experta, "la investigación de Northwestern recoge un sector mucho más amplio de la población, ofreciendo implicaciones para los responsables de las políticas educativas y el desarrollo de programas de entrenamiento auditivo, que pueden generar duraderos resultados positivos".


Para el estudio, se midieron las señales eléctricas del tronco cerebral auditivo, en respuesta a ocho sonidos complejos, en varios jóvenes con cantidades variables de formación musical. Debido a que la señal del cerebro es una representación fiel de la señal del sonido, los investigadores pudieron observar cómo los elementos clave del sonido eran capturados por el sistema nervioso, y cómo estos elementos eran más fuertes o más débiles en personas con diferentes experiencias y habilidades.



Cuarenta y cinco adultos fueron agrupados en tres grupos basados en su instrucción musical: los participantes del primer grupo no tenían ninguna instrucción musical, los del segundo tenían entre 1 y 5 años, y los del tercero entre 6 y 11 años -los dos grupos formados musicalmente comenzaron la práctica instrumental en torno a la edad de 9 años. Como se predijo, la formación musical en la infancia llevó a un proceso neural más robusto de los sonidos en la edad adulta.


En una investigación anterior, Kraus y su equipo examinaron cómo el bilingüismo y las clases de música, a largo plazo, afectan el cerebro auditivo; y cómo cambia el cerebro después de unas semanas de intensas experiencias auditivas. Ahora, en una investigación actual, los investigadores están analizando el impacto de las dificultades socioeconómicas en la función del cerebro adolescente.


Kraus concluye que "esperamos utilizar este nuevo hallazgo, junto con descubrimientos pasados y futuros, para comprender el tipo de estrategias de educación y rehabilitación que podrían ser más eficaces en la lucha contra los efectos negativos de la pobreza. Mediante la comprensión de la capacidad del cerebro para cambiar y mantener estos cambios, la investigación puede ayudar en el desarrollo de programas educativos, basados en la audición, eficaces y duraderos".

sábado, 26 de mayo de 2012

RECOMENDABLE EXPOSICION EN SANLUCAR


"ALQUIMIA DE LA LUZ", DE MIGUEL FURLOCK, EN LA TABERNA "GUERRITA"

Una de las instantáneas de la muestra fotográfica de Furlock

La Taberna Típica "Guerrita", en el Barrio Marinero de Sanlúcar, calle Rubiños, 23, prosigue con su encomiable labor de promocionar paralelamente la cultura enológica y gastronómica y la propiamente artística. Días pasados se inauguró con una buena asistencia de público, la exposición del fotógrafo alemán afincado en Sanlúcar, Miguel Furlock, bajo el sugerente título "Alquimia de la Luz: Génesis y otras series".

El acto de inauguración constituyó todo un éxito, pues a la calidad innata de las preciosistas imágenes captadas por el artista, se añadió el recital de guitarra clásica ofrecido por el músico y profesor sanluqueño Francisco Oliva de los Santos, que puso el sonido y los sones adecuados al intimismo que caracteriza la muestra fotográfica. La obra de este mágico creador de ilusiones ha evolucionado en los últimos años desde propuestas arriesgadas nunca vistas antes por estos lares, hasta lo más abstracto en su fuerza expresionista, constituyendo a veces imágenes de gran poder subjetivo y onírico. Huyendo a propósito del tópico y el tipismo que caracteriza la simpleza de otros autores, Miguel Furlock explora otros territorios de sombras, donde acaso una pequeña luz se convierte en génesis de otras luces más sugerentes y provocadoras. Continúa, eso sí, con la temática más cercana a nuestra cultura, como las bodegas, las viñas, el mar y gran poder de la naturaleza de este territorio bendecido por los dioses.


La muestra estará colgada en este templo de cultura, buen yantar y buen beber, hasta el próximo 4 de Junio. Esperamos con ansia nuevas entregas de este fotógrafo cuya mirada siempre nos ofrece puntos de vista inexplorados de nuestra propia realidad, que, de tan cercana, no somos capaces de ver ni captar. La visita a la exposición y su degustación pausada en tan favorable ambiente es muy recomendable.

(C) Texto y foto: Salvador Daza Palacios

Ciclo sobre Sanlúcar de Barrameda en 1812

INTERESANTE CONFERENCIA 



La Asociación de Amigos del Libro y las Bibliotecas "Luis de Eguílaz" de Sanlúcar de Barrameda celebró, tal como había anunciado, en la tarde del pasado viernes 25 de Mayo la conferencia sobre "El Ayuntamiento de Sanlúcar de Barrameda durante la ocupación francesa, 1810-1812", que impartió el joven profesor de Historia sanluqueño José María Hermoso Rivero, incluida dentro del Ciclo dedicado a la efeméride "Sanlúcar en 1812". El salón bajo de la Biblioteca Municipal "Rafael Pablos" se llenó para oír una disertación muy interesante sobre un período histórico que ha sido poco estudiado y que necesita desentrañar muchos de sus tópicos.

José María Hermoso fue desgranando uno a uno todos los asuntos más destacados de esta ocupación enemiga, cuando Sanlúcar servía de base militar de las fuerzas francesas que asediaban Cádiz, por tierra y por mar. El gran sacrificio económico que  tuvo que realizar la población para mantener a estas tropas invasoras fue lo más duro de este período de más de dos años en los que se agotaron todos los recursos materiales en la ciudad y que constituyó el más importante saqueo sufrido a lo largo de su historia. El colaboracionismo de muchas fuerzas vivas, como la Iglesia y la burguesía impidió el derramamiento de sangre al entrar las tropas napoleónicas en la población, pues lo hicieron pacíficamente y sin disparar un solo tiro.

Se cerró el acto con un animado debate entre los presentes, que dieron la oportunidad de profundizar algo más en una exposición muy clarificadora y amena.

El próximo viernes 1 de Junio continuará el ciclo con otra conferencia titulada "Sanlúcar y la Constitución de Cádiz de 1812: Actos conmemorativos celebrados con motivo de su proclamación", que impartirá el profesor Salvador Daza Palacios. La cita, en la misma Biblioteca Municipal "Rafael de Pablos", a las 20,30 horas.


(C) Texto y foto: Salvador Daza Palacios, 2012.

martes, 3 de abril de 2012

Pequeña curiosidad histórica


HALLADO UN FRAGMENTO DE UNA ANTIGUA 

LÁPIDA FUNERARIA


Localizada en el patio de la Parroquia del Carmen, pertenece al promotor de la capilla e imagen de Jesús Nazareno del Consuelo.


En memoria de mi abuelo, Salvador Palacios Merino y de mi tío Luis Romero Muñoz,
fundadores en 1927 de la Hermandad del Consuelo

Por una de esas curiosidades y casualidades que la vida nos ofrece y nos pone delante, me topé hace algún tiempo con un misterioso fragmento de mármol en el pequeño patio que da a la galería o claustro de la parroquia del Carmen. Esta antigua piedra, de aspecto mucho más viejo que las demás que la rodeaban, servía como refuerzo del arriate del pequeño jardín existente en dicho patio. Al aproximarme a ella, vi una inscripción extraña: Parecían letras en la grafía propia de alguna lápida funeraria. Con algo de paciencia pude descifrar el nombre que allí se perpetuaba, que no era otro que el de “MIGUEL GUTIERREZ DE HERRERA”, con algunas abreviaturas, aunque la palabra Herrera no aparecía completa del todo.


El nombre no me era desconocido del todo, así que lo apunté para poder investigar algo sobre él. No me fue difícil, pues al consultar mis notas, enseguida apareció el nombre en cuestión. Se trataba del fundador (junto con su hijo Francisco) de la capilla e imagen de Jesús Nazareno del Consuelo existente en la misma Iglesia del Carmen. Este fundación tuvo lugar hacia fines de 1689, como dejé escrito en mi artículo titulado “Apuntes históricos de la Hermandad del Consuelo” (que fue publicado en la revista “Sanlúcar de Barrameda” del año 2000).

En dicho artículo describí la creación de un patronato y capilla en el recién inaugurado convento e iglesia del Carmen por el capitán Miguel Gutiérrez de Herrera, con el firme deseo de que él, su hijo Francisco Gutiérrez de Herrera, y sus descendientes, si los hubiera, se pudieran enterrar bajo el suelo de dicha capilla. El prior y la comunidad carmelitana les hizo cesión de esta bóveda, la primera inmediata al crucero de la iglesia, en la parte del Evangelio, bajo los pagos y tasas perpetuas acostumbradas, y les permitió «poner sus armas y losas para entierro suyo y de sus hijos». Se encargaría también de «adornarla, solarla y poner retablo con la devoción que fuera su voluntad».

Entre 1690 y 1700 se labró la capilla, se realizó el retablo y se bendijo la imagen de Jesús Nazareno (llamada después popularmente "del Consuelo") . Para entonces ya había fallecido el capitán Miguel Gutiérrez de Herrera, que sería precisamente enterrado en la cripta construida en esta misma capilla. Como era costumbre, se colocó su lápida mortuoria con la inscripción correspondiente, como fundador que había sido del retablo y de la imagen nazarena. Poco tiempo después le acompañaría su hijo, que falleció en 1701 y su cadáver fue sepultado en el mismo sepulcro, colmando así el deseo postrero del difunto y de su padre, de descansar a los pies de su imagen y en su capilla.

Las vicisitudes históricas por las que pasó este templo carmelitano son difíciles de reseñar y resumir en pocas líneas. Ahora mismo lo que nos interesa es intentar explicar cómo fue a parar este fragmento de mármol funerario al patio o jardín del claustro interior. Para ello debemos seguir la pista de las obras realizadas en la iglesia del Carmen, especialmente las referentes a su nueva solería y a la modificación sustancial de la distribución espacial de su interior.


Por una fotografía antigua que se conserva de principios de siglo XX, el presbiterio de la iglesia tenía una fisonomía totalmente diferente, pues tenía una escalera estrecha y unos barandales altos, muy parecido al estado actual del presbiterio de la iglesia de San Francisco. Así que se realizó una obra de consideración en este templo, entre 1900 y 1956, que supuso también el levantar toda la solería y modificar enterramientos y lápidas existentes en diversas capillas. También se conserva otra interesante fotografía de la galería anexa a la iglesia, antes de esta reforma moderna, en la que se observa el antiguo solado e incluso el techo con sus vigas de madera.


Ya desde Septiembre de 1900, cuando era Ayuda de Parroquia, se realizaron algunas obras en el interior del templo, pues el cura pidió una subvención al Ayuntamiento para financiarlas, y éste le concedió 200 pesetas. (Archivo Municipal de Sanlúcar, Actas capitulares de 1900, T. III, f. 64v. Sesión del 14 de Septiembre)

Dos décadas después, como nos relata Ana Gómez Díaz-Franzón en su magnífica obra Arquitectura del veraneo y su época en Sanlúcar de Barrameda (1900-1950), en 1923 se realizaron importantes reformas en este templo, como fue, por ejemplo, el cerramiento del atrio, cuyo proyecto técnico se debió nada menos que al arquitecto sevillano Aníbal González (pp. 228-229). Es muy probable que, al proclamarse el Carmen como Parroquia en 1956 se hiciesen también algunas obras importantes para remozar el templo y adaptarlo a la nueva situación.

Los materiales de calidad sobrantes de todas estas obras de reforma se aprovecharían, reciclándolos, se venderían o simplemente se tirarían. El destino hizo que los fragmentos perteneciente a la lápida funeraria de don Miguel Gutiérrez de Herrera vinieran a parar al patio y sirvieran como refuerzo de los arriates, logrando que al menos, esos restos sepulcrales siguieran conservándose a pocos metros del lugar donde fueron bendecidos y sacramentados.

Este hallazgo casual, nos ha servido para revisar la figura y la fundación de uno de los creadores de la devoción y capilla de Jesús del Consuelo, en estos días tan propicios a su recuerdo.

(C) SALVADOR DAZA PALACIOS
Sanlúcar de Barrameda, 3 de Abril de 2012.

viernes, 16 de marzo de 2012

Protagonismo histórico de una conmemoración


SANLÚCAR Y LA CONSTITUCIÓN DE CÁDIZ DE 1812.
Actos conmemorativos organizados con motivo de su proclamación.

Salvador Daza Palacios.

Coincidiendo con el 200 Aniversario de la Constitución de Cádiz (19 de Marzo de 2012), doy a conocer este artículo inédito sobre los festejos que se organizaron en Sanlúcar con motivo de su proclamación. Entonces, la Carta Magna gaditana representaba para el pueblo sanluqueño la ansiada libertad, tras la marcha de los franceses. El nuevo régimen constitucional quedó implantado y con ello la primera ocasión en que la ciudad vivió bajo unas leyes modernas, liberales y hasta cierto punto justas, si tenemos en cuenta lo poco que había evolucionado el país en el terreno de los derechos y las libertades. Sirva todo ello para probar el papel que desempeñó Sanlúcar de Barrameda en el acontecimiento que ahora se conmemora, que, aunque humilde y modesto, resulta muy significativo para describir lo que supuso esa primera Constitución política para el imaginario colectivo.



El 25 de Agosto de 1812 fue la primera jornada, tras treinta meses y veinte días, que Sanlúcar de Barrameda apareció libre de la presencia del enemigo francés que la había ocupado y saqueado a su antojo.

El júbilo del pueblo explotó, lleno de esperanzas de libertad. Lo primero que hizo fue desmontar las empalizadas de madera que los militares napoleónicos habían colocado alrededor del núcleo histórico de la ciudad con el fin de controlar su seguridad y refugiarse de los ataques de los guerrilleros. Una vez liberada de su cerco, un grupo de ilustres vecinos propuso la formación de un Ayuntamiento interino que presidiría el veterano vinatero Alonso Julián Álvarez e integrarían otros probos ciudadanos como Antonio Esper, Agustín Francisco Velarde (que había formado parte del Ayuntamiento durante la invasión, como síndico y como regidor), además de José María Ramos y Manuel García Fernández.

Enseguida se envió una comunicación a la Regencia del Reino, situada en Cádiz, informándole de la salida de los franceses. Esta misión se le encargó al célebre Félix Odero, alférez de fragata. La siguiente medida fue invitar al comandante del bergantín británico “El Papillón”, que había estado bloqueando la entrada del río, a que atracase en Bonanza y que su tripulación pisara tierra amiga. A las dos de la tarde del mismo día 25, la población, alborozada y agradecida, marchó en tropel hasta el puerto y trajo literalmente en volandas al comandante inglés hasta el centro de la ciudad, hasta dejarlo a las puertas del Ayuntamiento, mientras se daban repetidos vivas y aclamaciones y las campanas de la ciudad repicaban a voleo y sin descanso.

Una vez llegado hasta el centro del poder municipal, el comandante dio las gracias a la población. Se fueron después a comer y el heroico militar se retiró luego a descansar.

Al día siguiente tuvo lugar el atraque del buque británico. Lo hizo en unión del místico de guerra español (embarcación de tres palos) que pilotaba el teniente de navío de la armada nacional Pedro Rato.

El entusiasmo del pueblo continuó e incluso aumentó al poder recibir al primer militar oficial del Gobierno legítimo que pisaba la ciudad. A un nuevo repique general de campanas se unió un estruendo formidable de la artillería, en celebración de esta llegada triunfal. Igualmente se hizo una recepción de este jefe militar en el Ayuntamiento, que dirigió la palabra a toda la concurrencia agolpada en la Plaza del Cabildo, para exhortarles a que guardasen la tranquilidad y el orden, y que confiasen en el Gobierno supremo de la nación.

El pueblo ya había tomado la iniciativa de adornar los balcones por los que transcurrió la comitiva de recepción del teniente Rato. También se engalanó el balcón de la casa consistorial con un gran pendón real, bajo cuyo dosel se colocaría, como no podía ser de otra forma, el retrato de Fernando VII, nunca más “Deseado” que ahora. Sólo el abogado Vicente González de Quesada, que había sufrido las persecuciones de los franceses, sabía donde estaba escondido el retrato del monarca, pues su mera posesión hubiera sido objeto de condena por parte de las anteriores autoridades francesas. El abogado se dirigió a la casa del presbítero Antonio Henríquez Calafate, en cuyo recinto se encontraba convenientemente oculto. El retrato había sido realizado por el también presbítero Benito Gómez Romero, que había fallecido poco tiempo antes en Sanlúcar, «víctima de la infernal policía de los franceses». Benito Gómez sufría destierro en Sanlúcar por orden de las autoridades josefinas. La imagen del rey cautivo permaneció expuesta hasta las once de la noche, acompañado por el batallón de milicias, y con una iluminación extraordinaria que se había colocado en todo el entorno del Ayuntamiento.

Pasaron dos días y la ciudad intentaba volver a la normalidad y recuperar el tiempo perdido. Pero se anunció la llegada del nuevo juez de primera instancia nombrado por la Regencia de España. Tomás López Pelegrín, que así se llamaba, venía con un ejemplar de la “Constitución Política de la Monarquía Española” bajo el brazo, con el fin de darla a conocer al Ayuntamiento interino. Juez y regidores se pusieron inmediatamente de acuerdo y decidieron realizar unos festejos públicos para conmemorar la publicación y juramento que las Cortes reunidas en Cádiz habían realizado del Código legislativo Las fiestas tendrían lugar durante tres días, domingo 6, lunes 7 y martes 8 de Septiembre.

La víspera se anunció la conmemoración mediante un repique general de campanas. El domingo, a las cuatro de la tarde, comenzaron los actos. Los representantes de los gremios, los vocales interinos del Ayuntamiento, oficiales militares y el juez López Pelegrín se situaron un tablado colocado en la plaza mayor. En esta ocasión se había colocado ya un grandioso retrato de cuerpo entero del monarca, que había realizado en un tiempo récord (en sólo seis días) el profesor Juan José Bécquer. Alrededor del dosel fernandino se había situado la tropa del regimiento de Pavía. Al lado izquierdo del juez se había situado el brigadier del ejército nacional, Felipe Balderiotti. En el lado derecho, el comandante del bergantín británico y el teniente Pedro Rato junto con otros oficiales.


El encargado de recibir de forma solemne el Código constitucional fue el ya nombrado Agustín Francisco Velarde, un polémico abogado de la época que encontró la forma de seguir en la primera línea política, aun a pesar de haber pertenecido al Ayuntamiento durante los dos años de invasión enemiga. El abogado recitó en voz alta los artículos de la Constitución, en medio de un clamor popular, incluidos repique y descargas de fusilería de la tropa militar. El ciudadano Antonio Rey, dueño de una confitería en la plaza del Cabildo, colaboró particular y generosamente con la ceremonia, pues cuando finalizó la lectura de la Constitución comenzó a arrojar dulces al pueblo desde los balcones y puertas de su tienda. Tras este acto de proclamación se inició un desfile hacia el Barrio Alto, donde se repetiría el mismo ceremonial en la Plaza Alta, transcurriendo la comitiva a lo largo de la calle San Juan, Pradillo, Chorrillo, Cuesta de la Caridad, calle Misericordia, Descalzas y Jerez. 



Delante del cabildo viejo en la Plaza Alta se había colocado otro tablado igual que el del Barrio Bajo, rodeado por los granaderos del batallón patriótico. El juez y sus acompañantes tomaron asiento y se procedió a repetir la misma ceremonia de proclamación de la Constitución gaditana.

Posteriormente siguieron los festejos. Delante de la Casa consistorial se habían colocado dos tablados con gradas donde se colocó «una diestra y numerosa orquesta». En el lado derecho se situaron unas estatuas que simbolizaban las Ciencias y las Artes; y en un gran medallón dorado, la leyenda siguiente:

Las ciencias protegidas,
Las artes restauradas,
Por un Gobierno sabio
Se verán respetadas.

En el lado izquierdo estaban situadas otras alegorías del Comercio y de la Agricultura, con otro medallón también dorado que decía:

Florecerá el comercio,
Reinará la abundancia,
Será feliz el reino
A pesar de la Francia.

La parte alta estaba toda engalanada con reposteros de damasco carmesí, con las armas de la ciudad bordadas con hilo de oro y plata. En el centro estaba situado el dosel con el retrato del rey Fernando. Todo ello fue iluminado por casi 600 luces, distribuidas por balcones y azoteas del edificio municipal, a las que se sumaban todas las que el vecindario colocó en la Plaza y en las ventanas y balcones de sus casas. Tres grandes banderas nacionales ondearon en la parte más alta: la de Inglaterra, la de Portugal y la de España.

El gremio de los montañeses colocó arcos de gran anchura y altura en las seis calles adyacentes a la Plaza del Cabildo, siendo las de las calle San Juan y Ancha de tres vanos.

Los lemas poéticos que figuraban en cada uno de estos arcos eran los siguientes:

CALLE DE GALLEGOS:
Sabia Constitución, tú nos preservas
de los tiranos: todo el heroísmo
español resucitas, cuando enervas
el infame poder del vandalismo.

CALLE ANCHA
Eternas gracias, gratitud eterna.
Por los auxilios que dispensa a España
con fuerte brazo, con unión fraterna
la Gran Bretaña.


CALLE DE LA BOLSA
Quinas, Leopardos y el León de España
su gloria fundan en la gran constancia
que paraliza la impotente saña
de toda Francia.

CALLE DE LA VICTORIA
Siglos de vida, gloria a los guerreros
hijos de España, que para escarmiento
de ese vil coso, vibran los aceros
con ardimiento.

CALLE DE SAN JUAN
Vivan por siglos los legisladores,
Que a España ofrecen un feliz destino
Y la protegen contra usurpadores
Con justo tino.

CALLE DE LA AMARGURA
El gremio todo de los montañeses
Demuestra grato reconocimiento
A cuantos nos libertan de reveses,
Y dan a los malvados escarmiento.

Los arcos estaban decorados con arrayán e iluminados con más de 2.500 luces en vasos de colores, además de 200 faroles de cristal situados en las dos caras de cada uno.

Por su parte, el Batallón de Milicias había contribuido con una colgadura en damasco carmesí y una gran inscripción en letras transparentes que decía: VIVA FERNANDO SEPTIMO Y SUS ALIADOS, además de una octava que oponía la Constitución a la tiranía:

El derecho feudal, la tiranía,
La servil dependencia, el egoísmo,
En el orden la falta de armonía,
A España impelen al profundo abismo,
Fatal sepulcro de su monarquía:
Mas en el punto de este paroxismo
Sabia Constitución se nos presenta
Que a España libra, y todo el mal ahuyenta.

Al lado derecho estaba situado el escudo de armas de España con su corona imperial. Al lado izquierdo, colocaron en una repisa un arca luminosa que contenía en su interior la Constitución y producía resplandores y destellos. Alrededor del arca estaban las banderas inglesas y española unidas, cubiertas por una corona de laurel.. En la parte inferior, tirada en el suelo, el águila del escudo de Francia derramando sangre por las heridas que le habían producido las armas victoriosas de ambas naciones.

Todo el zócalo de la portada principal del edificio se cubrió con yerbas verdes que se entrelazaban con artística simetría con flores y frutas propias de la tierra sanluqueña. En las ventanas laterales del edificio se colocaron cuatro lienzos que representaban a la Providencia en forma de rayo fulminante que atravesaba al águila francesa. Además, el fiero león del escudo nacional le impedía levantar el vuelo y la destrozaba con sus fuertes garras. La alegoría estaba acompañada por una frase latina: Si Deus pro nobis, quis contra nos? (Si Dios está con nosotros, ¿quien estará en contra nuestra?)

En la segunda ventana se representaba el escudo de Sanlúcar y en cada uno de sus lados figuraba un soldado de las milicias con su uniforme. En la tercera se ilustraba un campamento desde el que se arrojaban bombas y balas contra los franceses, calificando al duque de Dalmacia, que había dominado militarmente la ciudad, de “fanfarrón”. En la cuarta ventana se reproducía «la fama alada, tocando su trompa, y llevando en la mano izquierda una corona de laurel y la palma de la victoria obtenida sobre los franceses fugitivos del campamento de Cádiz», ciudad que aparecía representada en boceto, junto con los escudos de Inglaterra y España.

El gremio de los labradores se había encargado de decorar la plaza de San Francisco. Y había colocado en ella doce arcos sobre pilastras, cuyos remates terminaban en pequeñas pirámides. Al frente de todos se colocó un trono forrado de damasco carmesí con el retrato de Fernando VII, al que custodiaban dos estatuas de soldados y alumbraba cincuenta y ocho cirios. Sobre los arcos se habían colocado un número considerable de faroles que daban la adecuada iluminación a la plaza. También se oía el fluir de una fuente con cinco caños de agua que circundaba todo el conjunto.

El gremio de los comerciantes se encargó de decorar la plaza de la Panadería baja. Allí colocó, alrededor de la fuente de agua pública, un primoroso jardín con todas las especies de flores y frutos, enmarcado por cuatro arcos que sujetaban una gran corona de la que partía una colgadura de tela blanca adornada con flecos y borlas de plata. Todo ello aderezado de banderas españolas y multitud de macetas con olorosas flores naturales e iluminado con quinientas luces.

La Plaza Alta fue elegida por la Hermandad de Cosecheros de Vino para realizar su particular homenaje a la Constitución gaditana. Con un monumento de nueve varas de alto y treinta de largo, con tres entradas y varios arcos, se erguía el lema ciceroniano: “Justitia est obtemperatio scriptis legibus” (La justicia es la obediencia a las leyes y a las instituciones ). En el interior de este edificio efímero se colocó una tarima con balaustrada en donde se situó una orquesta traída de Cádiz, pagada por la misma Hermandad y que tocaba sus piezas bajo la representación de una brillante estrella sobrepuesta a un castillo, que simbolizaban parte del escudo de Sanlúcar. La iluminación de este conjunto superó las mil cuatrocientas luces.

El gremio de panaderos también contribuyó a la decoración de varios rincones de la ciudad, además de donar generosamente quinientas sesenta raciones de pan para el socorro de los necesitados. También otorgaron a la tropa militar una ración doble de pan, que se sumaba a la carne y el vino que ya se les había regalado, además de los zapatos nuevos que se les había entregado junto con cuatro reales a cada uno.


El gremio de los pescadores levantó tres arcos en la calle San Juan, esquina con el Pradillo. El del centro estaba presidido por un retrato de Fernando VII, alumbrado por mil quinientas vasos de luces de colores y arañas de cristal. La fuente de la plaza fue también adornada a su alrededor con veinte arcos pequeños, revestidos de vegetación y coronados por diez banderas de las naciones aliadas contra Napoleón. En el centro de la fuente estaba el dios Neptuno, acompañado de otras figuras mitológicas. La leyenda poética que rodeaba esta fuente decia:

A nuestros libertadores,
Nuestro Rey y Constitución
Se ofrece de mil amores,
En esta corta expresión
El gremio de Pescadores.

Además de todo este despliegue decorativo, el gremio pescador había colocado dos cañones que dispararon salvas al paso de la comitiva que marchaba al Barrio Alto, además de inundar el pueblo con el estruendo de multitud de cohetes, ruedas y otros fuegos artificiales en forma de castillo de doce varas de alto.

La ciudad presentaba un aspecto impecable, pues los vecinos habían colaborado en la limpieza de las calles y en el aseo y decoración de sus casas.

En la tarde del lunes le tocó el turno a la fiesta de los toros. Se corrieron cuatro astados con cuerda, que recorrieron varias calles de la ciudad.

Tampoco podía faltar la fiesta religiosa. En la Iglesia mayor, magníficamente adornada e iluminada, se dieron cita todas las autoridades para celebrar una solemnidad en unión con el clero. Los mandatarios presidieron la ceremonia desde unos grandes estrados. Todo ello acompañado de la consiguiente descarga de fusilería en el acto de la consagración y el repique general de campanas. Se cantó una misa con la ayuda de la capilla de cantores e instrumentistas. El presbítero Joaquín Mariano Rosales pronunció el sermón. Rosales se había destacado especialmente en el transcurso de los últimos cuatro años por defender primero a Godoy, después por estar agresivamente en su contra cuando cayó en desgracia, y, finalmente, por estar a favor del rey José I y de los invasores franceses. Finalmente, en esta ocasión, y como no podía ser de otra forma, actuó como un convencido constitucionalista de toda la vida. Así «hizo al pueblo una sabia y erudita exposición de las ventajas que proporciona a los españoles la nueva Constitución política de su Monarquía», con el mismo énfasis que años anteriores había defendido el absolutismo, el más acendrado patriotismo antinapoleónico o la sumisión y la alianza con los franceses. Era cuestión de profesionalidad y de conversión camaleónica según las circunstancias. Sólo la alta jerarquía eclesiástica podía permitirse estas veleidades sin sonrojo ni disimulo alguno.


Joaquín Mariano Rosales, había sido colegial de San Pelagio de la ciudad de Córdoba, además de cura propio y beneficiado por oposición de la iglesia mayor parroquial. En su sermón reflejó una gran parte del estado de ánimo y de la opinión del las clases privilegiadas en un momento tan crucial. Comenzó diciendo que se había sustituido el llanto y la amargura por «el placer más puro, la dulce satisfacción de haber cambiado las pesadas cadenas de una insoportable servidumbre, por el suave yugo de un gobierno paternal». Rosales califica a la nueva Constitución como «sabia, legítima, liberal y benéfica» y se muestra totalmente satisfecho de que haya sustituido a la de Bayona (aprobada en 1808), un código «servil y arbitrario» que llevó a al país a la violencia y a la guerra..

«Con qué placer repaso en mi memoria –dice Rosales– las máximas y preceptos que con tanta previsión, tanto discernimiento y madurez se han han sancionado en los trescientos ochenta y cuatro artículos que contiene la nueva Constitución política de la monarquía española que acaba de promulgarse en este templo». Era, según Rosales, un código religioso, que se preocupaba de la felicidad pública, en perfecta conexión con las máximas emanadas desde Moisés, Solón, Licurgo, Numa Pompilio y aún Alfonso X el Sabio. Y que había sentado «como base fundamental la inviolabilidad del monarca» preservando a la vez «al ciudadano de la arbitrariedad y el despotismo». Este código supremo separaba los poderes: legislativo, ejecutivo y judicial, cortando así los abusos que dimanaban de la concentración de estos poderes en unas pocas personas. Se conseguía así un equilibrio social en el que debía basarse la prosperidad de una monarquía moderada en base al pacto social. Para ello se conserva en su cuerpo legislativo la soberanía de la nación sin disminuir «los invulnerables derechos de propiedad, seguridad y libertad que corresponden a cada uno de sus miembros». También se respetaban, según Rosales, –y en ello estaba ciertamente interesado– los fueros y las clases privilegiadas, aunque también se reconocía el derecho a que todo ciudadano pudiera ascender en la escala social en virtud de su «probidad y mérito». También se conjugaba la severidad de la justicia con la compasión por el delincuente.
La Constitución gaditana también prestaba una gran importancia a la Educación como objeto de progreso y evolución necesaria para las ciencias y para el espíritu. Y señalaba a la agricultura, la industria, las artes y el comercio como las fuentes perennes de la riqueza del Estado, que debían siempre potenciarse para el mayor bienestar y futuro de la patria.

Recalca nuestro párroco que ve en la Constitución un gran exponente de la religiosidad de un Estado que se rige por la moral. Y aplaude el esfuerzo de «los honorables vocales de las Cortes» que supieron conjugar tantas opiniones e intereses tan difíciles de conciliar. Era, pues, una obra «de unas luces más que humanas, de una especial y superior asistencia, de una divina inspiración».

La homilía continúa por otros derroteros, pues a partir de aquí se regodea en la victoria que el Dios católico había proporcionado a todos los que habían sido víctimas de Napoleón, haciendo que los crueles enemigos franceses huyeran del territorio ocupado. No había que sufrir más ni tener miedo de volver a padecer la muerte civil que significó vivir «bajo el yugo de nuestros opresores». Ya se había implantado la libertad gracias a esta nueva Constitución que se iba a jurar en el mismo transcurso de la ceremonia religiosa. Un día que no se debería olvidar y debería quedar para siempre en la memoria como un momento de gozo, satisfacción y consuelo. 



Para redondear el alborozo, lo único que se podía esperar ya es que el amado Fernando VII fuera libertado de sus cadenas que le tenían cautivo y se pusiera al frente de la nación en esta nueva etapa en la que los esfuerzos para eliminar el despotismo deberían ser los únicos caminos viables a partir de entonces.

Tras la misa llegó la parte civíco-política. En un solemne escrito se aseguró que Sanlúcar de Barrameda defendería la Constitución «con todos sus esfuerzos, como un deber impuesto por la justicia y por la religión». Pronostican además que el Código supremo contiene una sabiduría «que será la admiración de la más remota posteridad». Todo ello había traído a los espíritus sanluqueños un gran placer, un rico entusiasmo y una profunda gratitud, «por haber visto llegar los dulces momentos en la ciencia de gobernar a los hombres». Según el manifiesto, redactado y firmado por los diputados populares Agustín Francisco Velarde y Juan Bautista Angioletti, todo ello era obra de Fernando VII, que había conseguido tal proeza con sus esfuerzos.

El clero sanluqueño, por boca de sus portavoces, los presbíteros Andrés Arnaud y Bastos, y Pedro de Gabriel y Bernal, también se pronuncian mediante otro manifiesto en el que expresan también su exultante estado de ánimo por la liberación de la ciudad de la esclavitud francesa: «Agobiados por espacio de treinta y un meses, bajo un yugo cuya dura servidumbre excede a todo hipérbole... Vilipendiados y oprimidos entre la crueldad y la tiranía», elevaban sus manos al cielo para pedir que el pueblo disfrutara por fin «de su única y legítima soberanía» con toda la alegría, felicidad y placer. Se habían conjugado la espada y el talento para derrotar a estos enemigos, y los mejores políticos habían dado a la luz una Ley que daría «la grandeza y la prosperidad a nuestra patria». Una Constitución «sabia, política y religiosa que afianzará para siempre nuestra independencia y libertad». Todo ello, sin duda, en honor de «nuestra hermosa e invencible monarquía española».


En un manifiesto muy parecido, pero dirigido a la Regencia del reino, el clero sanluqueño asegura haber estado sujeto vilmente «a unos bárbaros monstruos y fieros opresores sin más religión, sin más política que el orgullo, la disolución y la mentira». Acusan a los invasores de haberlos confundido con la plebe, de haber despreciado su «sagrado carácter», de haber vilipendiado su ministerio, de haber mirado el santuario «como un teatro de diversión y de placer», de haber visto atropellados sus ritos y ceremonias, de haberlos injuriado: «Todo era desorden, infelicidad, confusión, por donde quiera que los franceses fijaban sus inicuas plantas». (..) «Ayer, desgraciados esclavos del tirano usurpador de la Europa, hoy ciudadanos libres, fieles y obedientes a la autoridad suprema», la «sagrada persona» del «adorado Fernando VII» de quien pedían su liberación para la total felicidad de España.

También dirigen un escrito de adhesión al cardenal arzobispo de Sevilla en las nuevas circunstancias de tan «ventajosos acontecimientos» para la religión.

Tras la lectura de estos manifiestos, se procedió al juramento público de la Carta Magna, que realizó el clero y el pueblo a un mismo tiempo en presencia del juez de primera instancia. Tras este acto se entonó el Te Deum, repartiéndose cirios encendidos a todos los mandatarios presentes.

Para compartir la alegría de este juramento, se ordenó que se les diera una comida extraordinaria a los presos de la cárcel, que constaba de tres platos, vino y postres del tiempo.


El Ayuntamiento convidó también a los gerifaltes ingleses, al gobernador militar Balderiotti, oficiales y diputados de los gremios a una comilona «exquisita de setenta y dos cubiertos en primera entrada y ochenta y cinco en la segunda». Se celebró en la galería del jardín del Picacho. Precisamente donde los militares franceses hacían también sus banquetes. La dueña de la finca, María del Rosario Díaz Sarabia, había lamentado ante los organizadores el no poder sufragar por sí misma la fiesta, pues la rapacidad de los invasores la había dejado en muy apuradas circunstancias económicas. Durante el guateque se realizaron los brindis de rigor, por el Rey, por las Cortes, por la Regencia, por la Constitución, por la alianza con Gran Bretaña, por Lusitania y hasta por Rusia. El juez, por su parte, entonó su ofrenda por el Ayuntamiento, por el pueblo y por todos los buenos españoles. Uno de los asistentes recitó este poema:

Las Cortes, Constitución,
La unión con la Inglaterra
Harán la más cruda guerra
Al fiero Napoleón.
Y nosotros en unión
Con tan buenos ciudadanos
Clamaremos muy ufanos:
Que viva la libertad,
Y que muera la impiedad
De los bárbaros tiranos.

Finalizada la fiesta gastronómica, marcharon todos, al compás de dos numerosas bandas de música, hacia la plaza del Cabildo, que ahora habían rebautizado como “Plaza de la Constitución”. Allí se celebraría, sobre un tablado colocado en el centro, un divertido espectáculo que deleitó a los varios millares de personas que se dieron cita y que ridiculizaba a José Napoleón. Se liberaron seis tórtolas y otras tantas palomas, que volaron hacia el cielo mientras se gritaba “¡VIVA EL REY, VIVA LA CONSTITUCIÓN!”

En un ambiente burlesco, donde iban apareciendo personajes ridículos en forma de músicos esperpénticos, vestidos con los más peregrinos disfraces, se reunió una especie de comparsa carnavalera que cantó entre otros, el siguiente cuplé:

Ya nuestra vista no topa
A Soult en el campamento,
Ni fue logrado su intento
Comer en Cádiz la sopa.
Sólo vemos a su tropa
Corriendo a todo correr
Sin quererse detener
A parlar con sus ahijados,
Que quedan cachifollados...
Mas esto no puede ser.

No hay duda: es un fanatismo:
Pues ven hasta los muchachos
Que invencibles los gabachos
Triunfarán... En el abismo.

Después se hicieron varias danzas y contradanzas serias. El final de los festejos consistió en un espectáculo que tuvo lugar en el patio del consulado de la calle San Juan, que también estaba engalanado con hachas de cera, damasco carmesí y el retrato del monarca. En dicho patio el joven estudioso Vicente Fernández de la Pradilla, alumno premiado en Matemáticas, hizo remontar un globo aerostático de seis varas de alto y once y medio de circunferencia. El globo se elevó hasta perderse de vista y con la ayuda del viento marchó hacia la sierra de Jerez.

El Globo en honor de la Constitución de Cádiz, elevándose sobre el Pradillo de San Juan (Recreación histórica)
En ningún momento se originaron incidentes o excesos aun a pesar de la gran concentración de personas que se dieron cita en cada uno de los actos organizados.

El 30 de Septiembre tuvo lugar la constitución legal del nuevo Ayuntamiento. Tuvo lugar en las casas consistoriales situadas en la Plaza mayor de la Constitución (Cabildo). La sesión fue presidida por el juez de primera instancia interino, Tomás López Pelegrín. Los convocados fueron: Joaquín Marcos y Manzanares, alcalde, Alonso Julián Álvarez, alcalde 2º, Antonio Esper, Manuel García Fernández, José María Ramos, Manuel Pimentel, Cristóbal Velarde, Pedro Moris, José Alcántara, Francisco Jiménez, Andrés Respaldiza, José de Burgos, José Marzán, José Ordiales, regidores y Agustín Francisco Velarde y José Vélez Limón, síndicos.

Se realizó a continuación la jura de sus cargos. El presidente les preguntó, una vez puestos todos en pie: ¿Juráis por Dios y por los Santos Evangelios guardar y hacer guardar la Constitución política de la Monarquía española, sancionada por las Cortes Generales y extraordinarias de la Nación y ser fieles al Rey? A lo que respondieron todos: Sí, Juro. Con ello quedó instalado el nuevo Ayuntamiento constitucional cuyo mandato expiraría el 30 de Junio de 1814 por culpa de la restauración absolutista que ordenó el reaccionario y traidor monarca Fernando VII a su regreso a España. Pero eso forma parte de otra historia bastante más desagradable.


Bibliografía y Documentación:
Manifiesto de las demostraciones públicas con que la ciudad de Sanlúcar de Barrameda ha celebrado la promulgación de la Constitución política de la Monarquía Española en los días 6, 7, y 8 de Septiembre de 1812. Seguida de un Apéndice. Cádiz, Imp. Tormentaria, 1812.
–Archivo Municipal de Sanlúcar de Barrameda: Actas capitulares del Excmo. Ayuntamiento correspondientes a 1812.

© Salvador Daza Palacios, 2012. Prohibida su reproducción sin citar la fuente y a su autor. Todos los derechos reservados.