martes, 4 de septiembre de 2012

UN ESPANTOSO CRIMEN EN LA ALGAIDA (1894)

UN EX-PRESIDIARIO FUE ASESINADO POR UN GUARDIA MUNICIPAL (1)


En la mañana del día 30 de Octubre de 1894, en el monte Algaida, término municipal de Sanlúcar de Barrameda, un obrero empleado en la tala de los pinos encontró, en una zona conocida como Navacetes de España y en el lugar concreto llamado Ribete de Guavamal, entre grandes matas de sabina y arrayán, el cadáver de un hombre en plena putrefacción (2). El cuerpo estaba casi irreconocible pues estaba destruido en parte, el pie derecho desprendido de la pierna, la mano izquierda seccionada por efecto, al parecer, de un instrumento contundente, con equimosis generalizadas de golpes recibidos, quemadas algunas partes de sus ropas, carbonizada la cavidad abdominal... En fin, todo ofrecía el aspecto de haber sufrido una muerte violenta, ocurrida hacia ya algún tiempo, y cuyas huellas se habían tratado de borrar con fuego.

Dado el estado que presentaba el cuerpo todo parecía indicar que se trataba de un horroroso crimen dado el estado de malformación que presentaba el cuerpo. El cadáver pertenecía a un varón, de unos cuarenta y cinco años de edad. Inmediatamente se dio aviso a la Guardia civil que a su vez lo comunicó al juzgado de instrucción para que realizara las diligencias y averiguaciones correspondientes.

El pinar de La Algaida tenía en 1894 mucha mayor extensión que en la actualidad pues aún no se había realizado la colonización agrícola.
Se personó el juez en el lugar del hallazgo acompañado del médico forense, quien comprobó que el muerto tenía parte de la cabeza y las costillas carbonizadas y que, además, le habían cortado las manos, los pies, las piernas y tenía los brazos separados del tronco. Una auténtica carnicería. Por el estado de putrefacción que presentaba, el médico estimó que había fallecido hacía unos tres meses.

Las primeras indagaciones sobre el terreno indujeron a pensar al juez que el finado había sido asesinado en un lugar diferente al que fue encontrado, pues no existían huellas que probaran que allí se hubiera producido la descomposición del cuerpo. Se suponía que lo habían llevado hasta allí después de varios días para que así el hedor del cadáver no delatase a sus autores.

En cuanto a la vestimenta, los primeros exámenes hicieron pensar en que, a pesar del mal estado de sus ropas, el muerto vestía decentemente y llevaba puesto incluso un sombrero que en su parte posterior tenía huellas de una perdigonada que llegaba hasta la cabeza. También se le hallaron en el cuerpo, en la cabeza y el esternón, las dos balas que le causaron la muerte

La Guardia civil comenzó inmediatamente a practicar activas gestiones para esclarecer el misterioso crimen que había levantado una gran expectación en Sanlúcar y que estaba dando lugar a todo tipo de conjeturas. Los medios de comunicación nacionales enseguida se hicieron eco de la cruel noticia y barajaban rumores populares sobre lo ocurrido. De hecho, por las circunstancias que concurrían en el hallazgo, la opinión pública creyó en un principio que los autores del crimen quedarían envueltos en el misterio y jamás aparecerían. También se llegó a especular con la idea de que en estaban implicados algunas autoridades y personajes políticos muy conocidos en Sanlúcar.

Las diferencias en las informaciones eran notables. Para unos, al cadáver también le habían arrancado los ojos. Para otros, sólo llevaba un mes muerto. Para los de más allá, el difunto tenía nada más que cuarenta años.

Tras una semana de auténtica expectación, la prensa nacional informó de que la Guardia civil había detenido y encarcelado a los autores y cómplices del crimen. Todos los indicios acusaban a dos guardias municipales llamados José Velázquez y Manuel Romero, y, aunque no se pudo confirmar en un principio, se rumoreaba que estaba implicado también el comandante de la guardia municipal, Tomás Ceballos Caraballo, que parece que había sido también detenido y encarcelado. Otro de los resultados de la investigación judicial fue el conocer la identidad de la víctima: se trataba de un ex-presidiario conocido como “Perillo”, natural de Lebrija, y que había sido detenido una horas antes de su misteriosa muerte por orden del propio comandante.

UN AÑO DESPUES COMIENZA EL JUICIO EN LA AUDIENCIA DE CÁDIZ.

Nada más se supo del caso hasta un año después, cuando se anunció en la prensa provincial –y luego en la nacional– que el 21 de Noviembre de 1895 iba a comenzar, en la sección tercera de la Audiencia de Cádiz, el juicio contra los acusados de la muerte violenta de Manuel Pérez Castellano, alias Perillo. La sentencia del caso estaría en manos de un jurado popular compuesto casi en su totalidad por vecinos de Sanlúcar(3).

El diario La Iberia de Madrid fue uno de los más activos e interesados en recoger todas las noticias que rodeaban al caso. Resumió lo conocido hasta el momento y aseguró que la justicia y la guardia civil habían trabajado mucho para esclarecer «las sombras en que el crimen quedó envuelto». Se había conseguido precisar los motivos de la muerte, que había sido violenta, tras diversos golpes y fracturas de huesos. Hubo también un disparo de perdigones y por último un intento de quemar el cadáver.

En otros informes, los facultativos manifestaron que la sección de la mano izquierda debió ser producida con instrumento corto, contundente, de gran peso, sin que pudieran concretar si tales cortes se verificaron cuando aún Perillo estaba vivo. Las demás mutilaciones del cadáver, así como su intento de cremación se produjeron cuando ya éste había entrado en el período de putrefacción.

Según los informes recabados por la Guardia civil, Manuel Pérez Castellano, Perillo, era un hombre de malísimos antecedentes, pues era conocido como ladrón desde muy joven, además de homicida y presidiario, según los informes suministrados por el alcalde de su ciudad natal, Lebrija.

Resultó probado igualmente que Perillo había sido condenado por la Audiencia de Sevilla en una causa por atentado a los agentes de la autoridad de Lebrija. Y ya desde entonces había amenazado con vengarse de éstos, entre los que se encontraba José María Velázquez Romero, guardia municipal de Sanlúcar de Barrameda. Es de suponer que Velázquez se trasladó a esta última ciudad desde Lebrija para alejarse del peligro que conllevaba aquélla amenaza.

Parece ser que Perillo cumplió su sentencia de cárcel, y el 22 de Agosto, cuatro días antes del día de autos, Velázquez y su mujer tuvieron noticias de que el ex-presidiario había llegado a Sanlúcar con el propósito de matarle. Al escuchar ésto, la mujer acudió entonces, temerosa, a dar aviso de lo que ocurría y a pedir protección para su marido al comandante de los municipales, el citado Tomás Ceballos. Velázquez, irritado y receloso, afirmaba que si llegaba a encontrarse con Manuel Pérez, Perillo, dispararía contra éste todos los tiros de su revólver antes que el ex-presidiario le intentara atacar.

Deseoso el comandante Ceballos de evitar disgustos y desgracias, acordó que sus subordinados detuvieran a Perillo. Así lo efectuaron el cabo Manuel García Gutiérrez y el repetido Velázquez, al encontrárselo borracho, como a las once de la noche, cerca de la estación del tranvía. Tras esto lo condujeron a la prevención municipal y le dieron parte a Ceballos. Seguidamente, éste dio cuenta de lo acaecido al alcalde, quien no encontró «hechos materiales que corregir y sólo males que prevenir». El primer edil ordenó al comandante que luego que se serenase algo Manuel Pérez, se le pusiera en libertad, se le reprendiese y se le indicara «la conveniencia de que abandonase la población».

Pero Ceballos, faltando ya a la ley y obrando con incomprensible imprudencia, ordenó al guarda Manuel Romero y a Velázquez que le esperasen a las dos de la madrugada en el sitio llamado La Gallarda para expulsar del pueblo al Perillo. Así que entre Ceballos y el cabo Manuel García le sacaron de la celda, atado con una cuerda, y se encaminaron, montados a caballo, hacia las afueras de Sanlúcar, propinándole algunos golpes por el camino, a pesar de que Perillo, «por ser quebrado, se quejaba de que se le salían las tripas». Cuando llegaron a La Gallarda, se lo entregaron a los guardias Romero y Velázquez, que estaban allí esperando. Entonces Ceballos les ordenó que lo condujeran y expulsasen fuera del término municipal. Tras esto, Ceballos y García se marcharon hacia el pueblo, sin que se hubiera aclarado durante la instrucción del sumario si tenían sospechas de que Velázquez tuviera algún propósito de vengarse de manera violenta de Manuel Pérez Castellano.

Los guardias Velázquez y Romero se hicieron cargo del preso y continuaron en dirección al Cortijo de la Fuente, entrando en la dehesa de la Algaida. Por el camino siguieron propinándole golpes a Perillo, porque se quejaba nuevamente de la hernia y decía que se le salían las tripas y no podía andar. Así que Velázquez le montó en su caballo y con él se internaron en la finca. Era ya casi el amanecer del 27 de Agosto.

Por las equimosis encontradas en el cuerpo de la víctima se comprobó que Velázquez le había golpeado varias veces con el sable. Tras este continuo maltrato, disparó sobre Perillo los tiros de su revólver, y también los dos de la pistola de su compañero García, a quien en aquel mismo instante se la pidió y de quien en tal momento la recibió sin oposición alguna, causando de este modo la inmediata muerte del desgraciado Manuel Pérez. Después, sin duda, pretendieron quemar el cuerpo para borrar las huellas del delito y ambos guardias se volvieron a la ciudad, diciéndole a Ceballos que habían cumplido su comisión y guardando silencio absoluto sobre su criminal conducta.

SE INICIA EL JUICIO ORAL

A la una de la tarde empezaron en la Audiencia de Cádiz las sesiones del juicio oral contra los acusados del crimen. Ante numeroso público, se constituyó el tribunal, bajo la presidencia del Sr. Nogueras, con la asistencia del fiscal, Primitivo González de Alba, y los abogados defensores de los procesados, Rafael de la Viesca (ex-diputado), Antonio Camacho del Rivero, José Jiménez Mena y José Luque Beas, todos de una gran reputación jurídica. Se procedió después al sorteo de los miembros del Jurado. Junto al banquillo de los acusados dos guardias civiles hacían escolta. García y Ceballos disfrutaban de libertad provisional pero los otros dos habían permanecido en prisión preventiva.

El abogado y diputado gaditano Rafael de la Viesca (1861-1908) defendió al principal acusado del crimen

Una vez leídos los escritos de calificación y conclusiones, en cuya operación se invirtió bastante tiempo, se declaró abierto el período de prueba, precediéndose al interrogatorio de los procesados. En su primera acusación, el fiscal solicitaba la pena de muerte para Velázquez y Romero, y cinco años de destierro para el comandante y el cabo.

Declaran los guardias José María Velázquez y Manuel Romero.

Velázquez era el principal acusado. Era natural de Lebrija al igual que la víctima. Durante su testimonio ante el jurado se retractó de varias declaraciones suyas hechas durante la instrucción del sumario. A preguntas del fiscal manifestó que no tenía resentimientos con Perillo, pero éste sí con él. Y que por orden del comandante de los municipales detuvo a Perillo, le registró y le encontró una navaja. Después lo dejó en la prevención.

Serían las doce de la noche cuando se dirigió al Pago de la Gallarda. Iba a caballo y llevaba, como de costumbre, una tercerola, un revólver y un sable. El Perillo llegó dos horas después con García y Romero. Se quejaba de que le habían pegado y de que le molestaba mucho una hernia. José María Velázquez reconstruyó los hechos diciendo que llegaron a La Gallarda sin saber a quien iban a expulsar del pueblo. Cuando llegó allí se encontró con que era Perillo pero hizo propósito de no meterse con él «para no perder a sus hijos». Así que, junto con su compañero, se hicieron cargo del Perillo; le preguntó que adónde quería ir y le dijo que a ver a su familia (a Lebrija). Uno de los pasajes del interrogatorio del fiscal fue el siguiente:

Velázquez: Como me dijo que iba cansado le hice subir a mi caballo y al poco rato se tiró de él, cogiéndome el sable y haciéndome un corte en un brazo. Saqué mi pistola y disparé, y así lo ha declarado Romero.
       El fiscal: Lo que digan otros no tiene usted que mencionarlo; hable usted por sí solo.
Velázquez: Le seguí y le tiré en el sitio Navacete de España y lo dejé muerto. Quise ocultar que le había matado, y le dije a Romero que me diera una pistola con objeto de simular un suicidio. Romero me dijo que no, que declarase la verdad.
       —¿Y por qué no lo hizo?
       —Porque no me quería comprometer, y tampoco a gente de Sanlúcar.
       —¿Qué hizo con la pistola de Romero?
       —La disparé al aire para dejarla junto al cadáver.
¿Se quejó el Perillo al recibir el tiro o los tiros? En el cadáver no sé si sabrá que presentó más heridas de arma de fuego.
       —No, señor.
       —¿Llevaba Romero escopeta?  
       —Sí, pero descargada.

El otro guardia Manuel Romero Peña, por su parte, era el principal cómplice del crimen. Era más joven que su compañero Velázquez y declaró que a las dos de la madrugada recibió la orden de llevar fuera del pueblo a Perillo. Se dirigió solo a La Gallarda, y al llegar al paso nivel [del tren] se encontró a Velázquez y a Ceballos con el Perillo, a quien veía por primera vez. Le montó a caballo y cogió la cuerda que maniataba al Perillo. Después montó Velázquez en su caballo a Perillo y se adelantaron, quedándose atrás el declarante. Y a una distancia de unos doscientos metros oyó algunos disparos y, cuando llegó, se encontró con que Velázquez había matado a Perillo.

Declaración del comandante Tomás Ceballos y los médicos.

        El fiscal: Refiera usted su intervención en el desagradable hecho.
Tomás Ceballos: Vino la mujer de Velázquez denunciando que Perillo había llegado para matar a su esposo. A la noche vi a Velázquez y le recomendé que no se comprometiera por ser padre de familia. Velázquez me contestó que era una bajeza hacerle algo al Perillo y que nada le haría. Después me avisaron en el teatro que el Perillo estaba embriagado y con una navaja. Di orden de prenderlo y en la casilla le reconvine que no hiciese nada. Después yo quise llevarlo al paso de la Gallarda para que después los guardias lo sacaran del pueblo.
        El fiscal: ¿Lo maltrataron ustedes?
        —No, señor.
        —¿Usted recibió órdenes superiores de sacarlo fuera del pueblo?
        —No, señor.
        —¿Cuándo supo usted la muerte del Perillo?
Yo no supe nada hasta que estuve en la cárcel. Velázquez había regresado y me dijo que se había realizado el servicio sin novedad.

Tras esta declaración, entraron la sala los médicos sanluqueños José López Ballesteros y José Gómez, quienes habían intervenido en el examen forense del cuerpo hallado en la Algaida.

A preguntas del fiscal manifestaron «que el cadáver se hallaba seccionado por la articulación de la última vértebra lumbar con la primera sacra; decúbito dorsal, y en dirección de Oeste a Este, la cabeza, tronco y extremidades superiores, y en dirección diametralmente opuesta se encontraba la pelvis y extremos interiores, y adoptando el mismo decúbito; el pie y pierna derecha debajo del tronco, y el pie izquierdo completamente separado de la pierna por la articulación tibio tarsiana, separación que entienden se debía sin duda alguna a los progresos de la putrefacción y algún movimiento de tracción verificado en fecha reciente. Este, pie, contenido dentro de la bota, estaba envuelto en un trozo de tela cuadrada, al parecer un pañuelo, donde se notaban vestigios de sangre. El otro, que se encontraba igualmente envuelto en un trapo y contenido en su bota: la mano izquierda estaba separada del antebrazo correspondiente por los extremos interiores del cúbito y del radio, los cuales se hallaban seccionados al parecer por un instrumento contundente y las partes blandas parecían separadas por arrancamiento».

            Fiscal: De manera, ¿que hubo violencia y traslación del cadáver?
            Médicos: Indudablemente.
            —¿Cómo debió ser agredido?
—Dada la dirección de las heridas, por la espalda. Respecto a la perdigonada en el sombrero, no se notó ningún vestigio en la cabeza.
            —¿La herida del pecho sería instantánea?
            —Sin duda.
          —¿Creen ustedes que con esa herida, atravesado el pecho, pudiera haber agredido a alguien    con un sable?
          —Lo creemos difícil.
          —¿Imposible, no?
          Muy difícil.

Ninguno de los dos facultativos achacó a animales carnívoros el hecho de que las partes blandas del cadáver estuvieran separadas, porque hubieran dejado señales visibles. También aclararon que el cadáver fue doblado para envolverlo y poder transportarlo, ocultando el bulto.

Con la declaración de los médicos terminó la primera sesión del juicio.

Segunda sesión: declaran los testigos.

La segunda sesión fue destinada al examen de los testigos, desfilando en primer lugar los de la acusación. El primero en comparecer fue el ex-alcalde y vinatero de Sanlúcar, José Hontoria García, que ejercía el cargo cuando se produjeron los hechos.

          El fiscal: Sírvase referir el testigo su conducta, como autoridad, en este proceso.
            José Hontoria: Se me acercó Ceballos dándome parte de la detención del Perillo, persona de malísimos antecedentes. Dispuse que lo sacaran del pueblo. Regresó Ceballos y me dijo que se había cumplido el servicio.
             —¿Conoció usted lo ocurrido en la Algaida?
             —Después; tarde.
             —¿Se hace en el pueblo siempre lo mismo con los sospechosos?
             —Es una costumbre antigua.
            Sr. Luque (abogado): ¿Le denunciaron a usted cuando era alcalde que hubiese sido maltratado el Perillo?
          José Hontoria: Nada; si lo hubiera sabido, habría cumplido con mi deber.
            ¿A los domiciliados se les echaba del pueblo?
            — No; sólo a los vagabundos y sospechosos.

En estos mismos términos se expresó Antonio Herrera Pérez que también fue alcalde de Sanlúcar, quien ratificó la antigua costumbre que existía en Sanlúcar de echar fuera del pueblo a los sospechosos.

Tras los políticos desfilaron ante el tribunal del jurado el guardia municipal Joaquín Obregón de las Casas, compañero del acusado, que aseguró que Perillo había ido tres veces a buscar a Velázquez con intención de matarle. Tras él, compareció el guarda rural Francisco Ruiz Díaz:

              El fiscal: ¿Conoce usted el sitio donde encontraron el cadáver? ¿Era transitable?
              Guarda Francisco Ruiz: Sólo por los cazadores.
              —¿Usted lo frecuentaba como guarda mayor de la Algaida?
              —No era practicable el terreno.
             El Sr. Viesca (abogado): En el mes de Agosto ¿no había en la Algaida unos pinaleros?
           Guarda Francisco Ruiz: Sí, señor. Eran dos cortas (pasaban de quince).
             —¿Vivían muy distantes del sitio donde se encontró el cadáver?
             —Como a unos 400 metros.
             —Los guardas de la Algaida, ¿no viven allí con su familia?
             —Sí, señor.

El vecino de la Algaida Juan García había sido quien había localizado el cadáver putrefacto del “Perillo”. También conocía de vista a los procesados.

            El fiscal: Quisiera que explicara usted cómo encontró el cadáver.
Juan García: Se lo diré a usted muy pronto. Faltó a uno de mis muchachos un cabo de un hacha; estábamos haciendo carbón. Nos colocamos en un ribete, y el chiquillo dijo: “Ahí hay, en una mata, una ternera... no, es una zorra”, y después dijo que era un hombre. Le mandé avisar al amo. Era un terreno muy apretao, lleno de malezas. Al cadáver le faltaba una mano. Porque de noche pueden ir zorros y animales montaraces a aquel sitio.

El Sr. Viesca: ¿Usted vio un animal colgado en la misma mata donde se encontró el cadáver?
            Juan García: Sí, señor.
            –¿Cuántos jornaleros había en la Algaida el mes de Agosto?
            – Veintinueve familias.
            – ¿Distantes del sitio donde se halló el cadáver?
            – Más de una legua.
            – ¿Pero repartidos y viviendo?
            – Sí, señor.

Comparece a continuación José Castellanos, vecino de Lebrija, de oficio pescador. Era tío del Perillo y conocía al acusado Velázquez por ser de su pueblo.

             El fiscal: ¿Es cierto que en Lebrija, por una costumbre deplorable, la guardia municipal apalea a los vecinos, lo cual ha motivado quejas superiores?
              José Castellanos: No, no lo sé.
              —¿Es cierto que a Perillo lo apalearon varias veces?
              —Sí, señor.
              —¿Por qué?
              —Porque no era muy bueno.
             —¿Sabe usted que Velázquez declaró en Sevilla en una causa contra su sobrino por atentado?
        —Sí, señor; lo oí decir a las gentes; y que había amenazado a Velázquez.
              El Sr. Viesca (abogado): ¿Usted es tío carnal de Perillo?
             José Castellanos: Sí; era hijo de una hermana mía; le conocía desde niño.
              —¿Qué antecedentes tenía Perillo?
              —Desde que mi hermana lo echó al mundo empezó a hacer daño. 
(Rumores y risas del público. Interviene el presidente del tribunal ordenando silencio)
              —¿El padre de Perillo de qué murió?
              —De diez o doce balazos que le pegó la Guardia civil
(Nuevos rumores y risas del público)
                El presidente del tribunal: ¡Orden! ¡Esto no es una plaza de toros!
                El Sr. Viesca: ¿De qué murió la abuela de Perillo? ¿No fue de que intentó éste envenenarla?
                José Castellanos: No, eso fue a mí. (Más rumores.)
               —Diga lo que sepa,
               —Estábamos en una choza; íbamos a cenar y me encontré con que Perillo había echado a la olla fósforos; todo porque yo le había reñido para que fuese bueno.
              —Ahora más reciente, cuando vino de presidio el año pasado ¿no lo vio a usted?
              —Sí, señor.
           
           El fiscal: ¿A usted no le ofrecieron que se mostrase parte en la causa?
           —No comprendo, no sé lo que usted me pregunta,
           —¿Usted es tío del Perillo de verdad?
           —Sí, señor.
           —¿No le dijeron en el Juzgado que si quería mostrarse parte?
           —No comprendo.
           El presidente: Retírese, puesto que no comprende.

Otro de los tíos de Perillo era un hermano del anterior, también marinero, llamado Benito Castellanos, que declara a petición de las defensas. Dijo que tenía la plena sospecha de que Velázquez se vino desde Lebrija para Sanlúcar con la intención de matar a Velázquez. Confirmó su maldad como persona, pues maltrataba a sus hijos y tenía atemorizada al resto de la familia. 
 
La antigua sede de la Audiencia Provincial de Cádiz, en el barrio de la Viña, donde tuvo lugar el juicio oral.

Desfilan después ante el Jurado varios vecinos de Lebrija, que se limitan a afirmar que Perillo era un hombre de malos antecedentes y que Velázquez era un hombre de buen comportamiento. Entre ellos destacaron por sus testimonios los empleados municipales Pedro Víctor Camón y José Andrade, así como el presbítero Juan Pedro Vidal, de unos 60 años. Un hombre «de convicciones políticas que viste con decencia», según los cronistas de la prensa. Ante las preguntas del abogado Viesca, confirmó que Perillo «reunía todas las condiciones malas: instintos perversos y depravados». Y lo sabía porque le conocía desde que tenía diez años. Aseguró también que el propio Perillo le había manifestado cuando salió de cumplir su condena que iba a Sanlúcar a matar a Velázquez.

              Sr. Viesca (abogado): ¿Qué impresión se produjo en Lebrija cuando se supo la muerte?
               Juan Pedro Vidal: Como un bien que se producía a la humanidad.

En el mismo sentido se manifestó Manuel Romero, industrial y juez suplente de Lebrija.

          Sr. Viesca (abogado): ¿Cuando se supo la muerte, lo sintió el vecindario? ¿Lo sintió su familia?
               Manuel Romero: Todo lo contrario; fue un día de júbilo para todo Lebrija.

El alcalde de Lebrija, Ricardo de la Cuesta, también contribuyó a denigrar el nombre y la fama de la víctima, pues llegó incluso a manifestar ante el tribunal que el día que mataron al Perillo «debían haber cantado un Tedeum», lo que provocó la risa general entre el público. Por contra, dijo que el guardia Velázquez era «un empleado modelo». Poco le faltó para proclamarlo como un héroe por haberse cargado a un sujeto tan detestable. Y si no lo hizo no sería por que no lo pensara, sino por no inculpar aun más al acusado.

Baldomero Díaz, guarda mayor de la Algaida, presta declaración para relatar que había encontrado unos huesos humanos en la zona y que los enterró en un lugar próximo al sitio donde se encontró el cadáver, dándole conocimiento al juez.

Otros testigos intentaron avalar el buen comportamiento con los detenidos de los guardias municipales a los nunca maltrataban, según ellos. Así lo afirmaron los serenos José Palomino, Romero Caraballo y el guardia José Vidal López, que había estrado procesado por lesiones pero había sido absuelto.

Terminada la prueba testifical, se dio lectura a la documental, suspendiéndose el juicio por manifestar el fiscal que iba a modificar sus conclusiones. A la vista de las declaraciones realizadas y de que las pruebas presentadas eran favorables a los reos, el ministerio público renunció a solicitar la pena de muerte al desaparecer la agravante contra el acusado principal. También se proponía retirar la acusación contra el segundo jefe de los municipales.

TERCERA SESIÓN

La tercera sesión comenzó con la lectura de las conclusiones definitivas del fiscal. Primitivo González del Alba, que así se llamaba quien ejercía la acusación pública, realizó un discurso «correctísimo y fácil de palabra, fue un modelo de oración forense; analizó cuidadosamente los hechos, sin olvidar detalle, para venir a justificar las grandes penas que en sus conclusiones solicita». Mantenía el relato de los hechos y seguía atribuyendo a cada uno de los procesados la misma participación en el crimen. En la cuarta de sus conclusiones apreciaba la circunstancia de que los culpables se habían valido de su calidad de agentes de la autoridad para cometer su asesinato. Según el fiscal, los hechos constituyen los delitos de asesinato de Manuel Pérez Castellano, cualificado como alevosía al matarle hallándose preso, enfermo e indefenso. También eran culpables por obligar forzosamente a un ciudadano a cambiar de residencia, no hallándose en suspenso las garantías constitucionales.

Teniendo en cuenta determinadas circunstancias, agravantes y atenuantes en los procesados, el fiscal solicitó la pena de cadena perpetua para José María Velázquez Romero. Otra de doce años y un día para Manuel Romero Peña. Y para el cabo de los municipales, Manuel García Gutiérrez, cinco años de destierro y multa de 250 pesetas, y para el comandante, Tomás Ceballos Caraballo, cuatro años de igual destierro e igual multa de 250 pesetas.

Los letrados defensores (Viesca, Jiménez Mena y Luque) por su parte, mantuvieron su criterio de que la muerte había sido ejecutada en defensa propia, en el caso de Velázquez. Y que, en el caso de su compañero Romero, había entregado la pistola a Velázquez después de que Perillo había muerto. En cuanto al comandante y al cabo de los municipales, los defensores solicitaron la libre absolución, por que «los hechos ejecutados por ellos no constituían el menor delito». Todos defendieron pues la inocencia de sus clientes.

Sentencia absolutoria. Reacciones.

Hecho el resumen de las pruebas por el presidente del Tribunal, los jurados se retiraron a deliberar. Después de una larga discusión, el Tribunal se volvió a constituir para dar lectura al veredicto. Las preguntas que los magistrados sometieron a la decisión del Jurado fueron 20, y éste las contestó en sentido favorable a los procesados, estimando respecto a Velázquez la eximente de la legítima defensa, y la inculpabilidad de los otros dos procesados.

En vista de ello, y después de oído el fiscal y las defensas, el Tribunal dictó sentencia absolutoria, siendo puestos inmediatamente en libertad los cuatro procesados.

Según la prensa provincial, el fallo fue bien recibido por la opinión pública. Pero no fue así por los columnistas de Madrid, que criticaron la actuación de la Justicia y su lenidad en este caso y en otro que se juzgó dos semanas después con motivo del que fue conocido como “El crimen de Benaocaz”. Al finalizar la vista de este otro célebre proceso el Jurado volvió a emitir un nuevo veredicto de inculpabilidad, y los siete individuos que pocos días antes aparecían como terribles forajidos, obtuvieron «su patente de hombres honrados».

Según la prensa madrileña, «en el espacio de quince días el Tribunal popular de Cádiz ha puesto en la calle a diez individuos, para los cuales el fiscal pidió hasta el último momento la imposición de penas gravísimas. Nos referimos a los tres procesados por el crimen de la Algaida y a los siete de éste de Benaocaz». Cuestiona el articulista el funcionamiento del jurado pues las pruebas practicadas en ambos juicios no justificaban plenamente los dos veredictos absolutorios. También carga las tintas contra la fiscalía:

«Al señor fiscal del Supremo nos dirigimos; llame a sí esos procesos, en virtud de las atribuciones que la ley le concede, inspecciónelos y saque de él las consecuencias que los hechos le sugieran, porque, una de dos, o el personal del Ministerio fiscal en la Audiencia de Cádiz es incompetente, cosa que desde luego negamos, o hay que poner una cortapisa a los desmanes del Jurado».


NOTAS:

1.- Diarios consultados: La Correspondencia de España, Madrid, jueves 1, 8 de Noviembre de 1894, 21 de Noviembre de 1895 (Corresponsal, Enciso). El País, Madrid, 2 de Noviembre de 1894 (Corresponsal, Mencheta). Diario de Cádiz, y El Día (Madrid), martes, 8 de Noviembre de 1894 (Corresponsal, Enciso). La Unión Católica, 9 de Noviembre de 1894. La Iberia, Madrid, 20, 24, 25, 26 de Noviembre y 10 de Diciembre de 1895. El Liberal, 21 de Noviembre de 1895 (Corresponsal, Zaldúa). El Imparcial, Madrid, viernes, 22 de Noviembre de 1895 (Corresponsal, Quero). El Guadalete, Jerez de la Frontera, 21, 22 y 23 de Noviembre de 1895.
2.- Hay que hacer constar que hasta 1906 no se comenzó la colonización y explotación agrícola de la Algaida, cuyo núcleo fue inaugurado en 1914. Por lo tanto, en 1894 cuando ocurre este crimen, el bosque de pinos ocupaba mucha más extensión. Esto explica también que los nombres originales de las zonas que aquí se mencionan hayan también desaparecido.
3.- Antonio Amérigo González es el presidente. Jurados: Manuel España Bonado; José Moreno Jiménez (recusado por el Sr. Viesca); José García (recusado) Miguel Valera Mateos; Manuel Alvarado (es recusado); Mariano Muñoz (idem); Joaquín Marques (idem); Domingo Pérez Marín (idem); Antonio Caballero Ruiz; Diego de la T. Caro (recusado); José Vargas (idem); Andrés Muñoz (ídem); Manuel Ortega Camacho (idem); Vicente Romero (idem); Joaquín Conde Pulido, Cayetano Roldán Pérez (recusado); Pablo Diego Pila; Antonio Ramos Benítez (recusado); Joaquín Repeto Matías (ídem); Vicente Fernández y Fernández (idem); Miguel Alarcón Oliva; José Castro Lorente; Juan del Prado Ruiz (recusado); Guillermo Sánchez Mellado; Florencio Romero (recusado); Francisco González Ramos y José Sevilla Pinto.

jueves, 30 de agosto de 2012

Pleito entre carmelitas

Artículo publicado en la revista "Sanlúcar de Barrameda", correspondiente a 2012.

Frailes calzados y descalzos de Sanlúcar de Barrameda en litigio por la Hermandad del Carmen (1)

 

Salvador Daza Palacios
(A la memoria de mi querida madre Carmen)

Aún calientes los ánimos del pueblo tras el célebre proceso criminal contra el carmelita descalzo fray Pablo de San Benito, que tuvo lugar a lo largo de 1774, los miembros de esta orden religiosa se enzarzan en un pleito a causa de las denuncias interpuestas por sus hermanos los carmelitas calzados, disputándose ambos el derecho de poder manifestarse a través de la Hermandad de Nuestra Señora del Carmen.

Los carmelitas descalzos fundaron su convento en Sanlúcar el 19 de Marzo de 1641. Los calzados se instalaron unos meses más tarde, el 9 de Julio del mismo año. Ninguna de las dos órdenes se conformó con su emplazamiento primitivo y las dos se mudaron a lugares muy céntricos y próximos entre sí, lo que ocasionó pleitos, quejas y alguna que otra violencia de algunos fanáticos que tomaron partido por alguna de las demás órdenes religiosas ya instaladas, que veían peligrar su sustento y la preferencia de los feligreses con tanta abundancia de frailes(2)
Los descalzos venían de la ermita de San Roque, que estaba situada en la calle Chorrillo y en 1677 inauguraron su nueva iglesia en la calle de San Juan, en el emplazamiento que aún subsiste. Los calzados entraron en la ciudad instalándose primero en la ermita de San Sebastián, extramuros de la ciudad y posteriormente se trasladaron a un edificio situado en el Carril Nuevo, extendiéndose luego hacia la esquina de la calle Alcoba. Pero tampoco estaban contentos allí y, emulado a sus hermanos, se trasladaron a unas casas principales en la mismísima calle Ancha, frente a la calle San Jorge y ocupando todo el solar hacia la esquina de la calle Castelar. Esto ocasionó una fuerte controversia que el tiempo y la autoridad suprema del Consejo de Castilla logró apaciguar.


El historiador Velázquez Gaztelu escribe su obra en 1758 y ya entonces toma un decidido partido por los frailes descalzos frente a los calzados. Acusa a los calzados de pereza, pues en 60 años que llevaban en la calle Ancha no habían sido capaces de edificar una iglesia decente, como habían hecho las demás órdenes religiosas. También deja constancia de las «ningunas o muy cortas rentas del convento», claramente insuficientes para los 20 religiosos que componían su comunidad.
En cuanto a la cofradía de Nuestra Señora del Carmen, Velázquez Gaztelu asegura que su titular tenía un altar decente, con un «primoroso retablo» y que se fundó al mismo tiempo que el convento calzado. También destaca el hecho de que la cofradía se compone «de casi todo el pueblo, y hace sus funciones con esplendor y lucimiento». Por contra, al hacer la descripción del convento de los carmelitas descalzos no menciona en ningún momento a su cofradía, aunque si deja muy clara su mayor preferencia por esta orden, al manifestar que sus religiosos «edifican con su austera vida a esta República y la sirven como ningunos».

La guerra de carteles, origen del pleito.

Estamos en Julio de 1776. Apenas han transcurrido dos años desde que la ciudad de Sanlúcar se conmovió y alcanzó fama nacional e incluso internacional a causa de un suceso horripilante: el crimen cometido en las puertas de la Iglesia del Carmen por un fraile fanático, fray Pablo de San Benito, que degolló a una joven de 18 años delante de su propia madre, tras la misa del domingo3. Esta trágica muerte bien pronto se olvidó, pues los frailes carmelitas descalzos siguieron su vida conventual y su labor religiosa con normalidad y sin mayores problemas. Incluso pretenden celebrar con toda pompa y esplendor la festividad de la Virgen del Carmen, en el mes de Julio, colocando un tablado delante de la misma puerta de la iglesia, en el idéntico sitio que fue el escenario de aquel asesinato horrendo, para poder colocar en él a un grupo de músicos que tocaran piezas festivas y acordes con la celebración.


Una de las razones para esta ceremonia musical era que el año 1776 estaba declarado como de jubileo. Se organizaron cuatro estaciones para que las comunidades religiosas hicieran su comparecencia pública con lo mejor de sus galas. Los carmelitas descalzos fijaron en las puertas de las iglesias y en otros lugares públicos de la ciudad una convocatoria en forma de carteles para invitar al pueblo a la víspera de la Ascensión del Señor, anunciando que comparecerían en unión de la Cofradía de la Virgen del Carmen.
Al día siguiente, los calzados habían colocado encima de estos carteles otros en que avisaban que no ganarían el jubileo quien lo hiciera con los descalzos, pues la única cofradía del Carmen oficial y canónica era la de ellos.
El sacristán de los descalzos quitó de la puerta el que habían colocado los calzados, y otros vecinos pro-descalzos hicieron lo mismo con los de otros lugares, con lo cual quedaron nuevamente a la vista los carteles de los descalzos.
Los frailes calzados, indignados, quitaron a su vez estos carteles e incluso uno de sus miembros, sacerdote, en plena procesión de jubileo, arrancó de la puerta de la Parroquia Mayor un cartel y lo hizo pedazos delante de la mirada atónita de muchos vecinos y feligreses. También hizo lo mismo este fraile u otro con el cartel que estaba colocado en la Iglesia descalza, en presencia de mucha gente e incluso de dos frailes descalzos que desde la portería fueron testigos de este lance tan denigrante y afrentoso.
Igualmente pasó con el cartel colocado en la puerta del Ayuntamiento mientras había gente que lo estaba leyendo; otro, colocado en la Iglesia de la Trinidad, fue intentado arrancar por el cocinero de los calzados, pero el cartel estaba tan bien pegado que no pudo desprenderlo. Se limitó entonces a arañarlo y destrozarlo para que no se pudiera leer.
Los calzados llegaron a decir incluso que los descalzos no eran auténticos carmelitas, sino de una orden distinta, fundada por Santa Teresa. Frente a esto, los descalzos emplearon «la paciencia, la modestia y la templanza», según sus propias palabras. Aunque no podían permitir en ningún caso que los calzados se adueñasen exclusivamente del culto a la Virgen del Carmen.


El conflicto se enquistó y los calzados interpusieron una demanda judicial ante el Tribunal eclesiástico de Sevilla, que terminó dictando un auto el 5 de Mayo de 1777 por el que prohibía al convento descalzo «toda procesión y función de la Señora».
En ese estado, intervino en el litigio el fiscal de la Real Audiencia de Sevilla, que pidió el expediente al provisor, al tratarse de cuestiones cofrades que afectaban también a individuos seglares y no sólo a religiosos. Paralelamente, los calzados obtuvieron un nuevo decreto contra los descalzos del Tribunal eclesiástico sevillano, fechado el 15 de Julio de 1777, para que los beneficiados de la Iglesia Parroquial no le franquearan «la cruz parroquial para procesión alguna que se intentara sacar de la Iglesia de los descalzos».
La Real Audiencia acordó, por un auto de 18 de Septiembre de 1777, enviar todo el expediente al Consejo de Castilla, por mediación de su fiscal general, Pedro Rodríguez Campomanes.

El pleito establecido obligó a las dos órdenes, calzados y descalzos, a presentar ante el Supremo Consejo sus reglas, constituciones y demás documentos fundacionales, así como a nombrar procuradores en Madrid para que les defendieran.

Razones históricas y jurídicas.

El fundamento legal que esgrimen los descalzos para defenderse de la denuncia presentada por sus hermanos, es que su Cofradía del Carmen descalzo fue erigida por su orden religiosa el 1 de Mayo de 1641, es decir, antes de que se fundara el convento de los calzados, que lo hizo el 9 de Julio del mismo año. La primitiva Hermandad admitió en sus principios a un «cuerpo político y externo», ajeno a la misma orden. Estaba integrada por su hermano mayor y demás oficiales que atendían «a lo ministerial de su cuerpo». La licencia de aprobación de esta hermandad fue cursada por el provincial de los carmelitas descalzos fray Luis de San Gerónimo.
La Hermandad de los descalzos fue fundada por pilotos marinos: Pedro González, Diego Fernández (dos con el mismo nombre) y Pedro Martín, vinculan ya desde su misma creación a esta imagen con los navegantes, aunque hay que destacar que era muy común que los hombres de la mar eligieran Vírgenes protectoras, como pudieron ser en otras épocas y categorías, la Virgen del Rosario (en el convento dominico) y la Virgen del Buen Viaje (en el convento de los capuchinos). También integraron la primera fundación del Carmelo descalzo los alféreces Cristóbal Ramos y Juan Parrilla, así como los licenciados Pedro de Cuéllar y Francisco García Copete, éste último, presbítero secular, que ejerce como notario apostólico del Tribunal de Sevilla, además de otros vecinos y feligreses del Barrio de la Balsa y Mazacote, como Gaspar de los Reyes y Cristóbal Franco. Todos ellos se constituyeron en Hermandad y nombraron como hermanos mayores a los ya mencionados Cristóbal Ramos y Pedro González, y como mayordomo a Juan Ximénez.

Luis de León Garavito, vicario de Sanlúcar, aprobó los estatutos de la Hermandad, validando los actos celebrados para tal fin, con presencia y autoridad del ya citado provincial fray Luis de San Gerónimo.
Juan de Rivera, provisor y vicario general de Sevilla, en nombre del arzobispo Agustín Espínola, aprobó los estatutos de la Hermandad del Carmen instituida en el convento de los descalzos, con algunas correcciones a sus reglas, tales como que el incumplimiento de las normas no acarrearía a sus hermanos un pecado mortal sino sólo una pena pecuniaria. Pero hay que destacar que esta aprobación del tribunal eclesiástico de la archidiócesis no tuvo lugar hasta el 3 de Julio de 1648, es decir, siete años después de su fundación y luego que los calzados aprobaran su cofradía.
Aunque la comunidad, escarmentada «por los ruidos que traen consigo dichos cuerpos, y de los abusos que introducen en la misma cofradía por sus intereses particulares, suprimió el dicho «cuerpo de Hermandad». Una supresión que no le afectaba a la orden religiosa ya que se consideraba «accidental y extrínseco» a la misma. Además, esta disolución se vio ratificada en una bula de Clemente XII en el año 17374.
Tomó así la propia orden descalza a su cargo los cultos a la Virgen del Carmen, que patrocinaba con sus propios recursos y limosnas que algunos fieles voluntariamente daban. No existía por tanto la Hermandad como tal (y de hecho ya hemos visto como Velázquez Gaztelu no la menciona en 1758), aunque en las mismas circunstancias estaba la Cofradía del Carmen de los Calzados de Jerez de la Frontera, que tampoco tenía hermano mayor y oficiales o hermanos, y a pesar de ello era «una de las más lucidas y que con más esplendor celebra los cultos de Nuestra Madre».

Defensores en Madrid

El pleito llega a Madrid a fines de Septiembre de 1777 y los consejeros de Castilla ordenan su pase a los fiscales para que emitiesen su informe.
Mientras tanto, el prior de los carmelitas calzados, fray Josef de Castro, y el hermano mayor de la cofradía del Carmen, el regidor municipal Joaquín Martínez de Grimaldo y Loaiza, otorgan un poder para pleitos al procurador de Madrid don Juan García y Santa Columba. La escritura de poder está redactada y validada por el escribano sanluqueño Narciso de Rivera. Santa Columba, tal y como le llega el poder notarial a Madrid, delega en Francisco Antonio Melendreras. Este procurador se puso manos a la obra y suscribiría el escrito de alegato y defensa del derecho que creían tener los calzados a ejercer el culto a la Virgen carmelitana, pues ya desde 1644 habían fundado la misma en Sanlúcar de Barrameda.
Los descalzos, por su parte, tenían como procurador general a un miembro de su propia orden, el presbítero fray Manuel de San Vicente, morador en el convento de San Hermenegildo del mismo Madrid, quien delegó en un procurador habitual de los tribunales como Miguel Benigno Barragán. Éste, sin enterarse en profundidad del asunto, presenta en su alegato de defensa su contradicción a cualquier pretensión que presente «el convento o hermandad de la antigua observancia de dicha ciudad de Jerez (sic)». Se confunde nuestro hombre de ciudad, y el secretario del tribunal, sin comprender tampoco nada, anota en el expediente: «El padre procurador general del Carmen descalzo, en defensa del Convento del mismo orden de la ciudad de Jerez de la Frontera». En fin, los habituales errores judiciales.

Un célebre fraile carmelita descalzo del siglo XVIII

Lo que sí aporta el defensor de los descalzos como aval es un decreto interno del padre general de los Carmelitas descalzos de España, fray Francisco de la Presentación, por el que, en base a unas letras pontificias del Papa Clemente XIV, fechadas en 29 de Abril de 1772, concedía validez canónica a todas las hermandades que subsistieran fundadas en lo antiguo en los conventos de los descalzos5. No deja de ser curioso que el decreto excluya expresamente a las monjas descalzas, pues, según las leyes canónicas y políticas, no podían existir cofradías en los conventos femeninos6.
La hermandad de los calzados, por su parte, aporta sus reglas y constituciones, que fueron impresas en la imprenta de don Manuel Barberi en el año –curiosa coincidencia– 1774, un año fatídico para los descalzos a causa del ya citado crimen cometido por fray Pablo de San Benito. En estas reglas explican que no debía haber en el pueblo más que una sola cofradía del Carmen y debía residir (como así ocurría) en su convento7. Sólo esta Hermandad podía pedir las limosnas y conceder las indulgencias, gracias y perdones, así como organizar las procesiones y llevar el control del libro de hermanos. Los demás conventos podían otorgar el santo escapulario8 a quien lo pidiera, pero éste no surtiría el efecto deseado si no se apuntaba previamente en el libro de hermanos que existía sólo en el convento calzado.

La labor social de esta cofradía (como de otras muchas en el Antiguo Régimen) era verdaderamente útil, pues a todos los hermanos que estuviesen al corriente de sus cuotas destinadas a sostener el culto de la imagen de la Madre del Carmen, en el momento del fallecimiento, gozarían de todos los sufragios generales, anuales y mensuales que organizara la cofradía, además de su asistencia al entierro del hermano o hermana con las insignias de la orden, cirios, caja o féretro y paño negro. «Así mismo gozan del privilegio los hermanos difuntos de poder enterrarse en cualquiera de las cuatro sepulturas que la Hermandad tiene propias en la iglesia de carmelitas calzados, sin exigir estipendio alguno». Y pagando 30 reales de vellón, podrían también disfrutar «de una misa de cuerpo presente, vigilia oficial de sepultura y responso». Todos los hermanos y hermanas tenían el privilegio de poder enterrarse en la bóveda situada en la nave donde estaba la santa imagen del Carmen, así como recibir el particular sufragio de honras fúnebres al día siguiente de su fallecimiento, con misa cantada, vigilia y responso.
Claro que todas estas ventajas las disfrutaban también los hermanos de la cofradía de los descalzos, incluida además la presencia de dos frailes que ayudarían «a bien morir» a aquellos hermanos que lo solicitasen cuando ya estuvieran en una situación irreversible.

Graves y públicos incidentes 
 
El conflicto estalló en las calles de Sanlúcar. Por el testimonio presentado en 1779 ante el Consejo de Castilla por el prior de los carmelitas descalzos, fray Juan de San Rafael, podemos conocer con detalle los graves incidentes que se produjeron con motivo de este pleito9.

El prior de los descalzos comienza quejándose de que desde hacía ya tres años sus hermanos calzados, en unión de la Hermandad del Carmen sita en el convento calzado, les hacían la vida imposible. Habían tenido que aguantar toda clase de vejaciones, que habían sufrido en silencio y con la mayor de las paciencias.

La razón del conflicto partía de que los calzados estimaban que en la ciudad sólo podía existir una hermandad (la de ellos), cuando, según los descalzos no tenía por qué haber una sola, pues esa cuestión se dirimió mediante una bula de concordia expedida por el papa Paulo V en 1617, que comenzaba “Ubi fratres carmelitani”. Ambas corporaciones habían establecido sus razones históricas y jurídicas pero ni el tribunal eclesiástico ni la Real Audiencia de Sevilla habían podido aclarar el pleito y en recurso de fuerza había llegado hasta la más alta instancia del Consejo de Castilla.
También destaca en su escrito el prior fray Juan de San Rafael que ya se suscitó un pleito parecido en Écija y que se solventó uniendo a ambos cuerpos religiosos en concordia y haciendo que, aunque hubiese dos hermandades, una en cada convento, era sólo una en lo espiritual, hecho que fue refrendado por varios pontífices. A ello había que añadir que en el caso de otras órdenes religiosas, como la de San Francisco, existía la Orden Tercera, que equivalía a una cofradía en todos los conventos franciscanos, fuesen capuchinos o de otra cualquier otra rama.

También se había suscitado este pleito en Murcia y el provisor de Cartagena le había dado la razón a los descalzos. Pero esto había ocurrido en Diciembre de 1699.
En cuanto al intento de prohibir las procesiones de los descalzos, el prior fray Juan de San Rafael no entendía en qué se basaban los calzados para ser los únicos en poder sacar a la Virgen, pues todos los conventos del orbe católico celebraban sus desfiles con sus patrones. No dudan en calificar esta prohibición como una demostración de una “mala fe” impropia de hombres religiosos, pues por la mente de los descalzos no pasaba en ningún momento la idea de sacar la procesión del Carmen mientras no se fallase el pleito. Lo contrario «jamás cabría en cabeza de hombre cuerdo», dice el prior de los descalzos.

Todo eran calumnias y difamaciones, con el propósito encubierto de aburrir a la comunidad descalza, criminalizándola y causando escándalos infundados. Todo el mundo sabía que la iglesia del Carmen descalzo no tenía claustro por donde sacar sus procesiones, y debían sacarlas por el exterior del templo. Los calzados esperaban que los descalzos infrigieran la prohibición dictada para así poder calificar a la comunidad de «inobediente y usurpadora», y acusarla de «escándalo y de perturbadora del sosiego público».

Crónica de los despropósitos

Los cuatro años (1776 a 1779) en que los calzados habían tenido la primacía, habían llevado a su Virgen hasta las mismas puertas de la iglesia de los descalzos en la calle San Juan. Éste recorrido nunca antes lo habían hecho. Lo hacían siempre sin anunciar y sin invitar a la comunidad descalza a que los recibiera en la puerta del templo, como hacían otras hermandades (costumbre que se ha mantenido hasta hoy día).
A pesar de esto, los frailes descalzos salían a ofrecer su cortesía para que el pueblo viese que estaban dispuestos al diálogo y a la convivencia con sus contrarios. Colocaron en 1776 y 1777 la imagen del patrón carmelita San José en la puerta. Pero los calzados les respondieron volviéndoles la espalda y pasando rápido sin detener las imágenes de San Elías (otro patrón carmelita) ni la de la Virgen del Carmen. Además ordenaron a la música que acompañaba al cortejo que no cantase ni tocase.
Por último, «las risas de unos y las señas de otros, así de religiosos como de cofrades», causaron la vergüenza y el sonrojo a los descalzos, sintiendo que hacían mofa de ellos. Esto ocurrió el primer año. Al año siguiente, todo el pueblo estaba en expectación a ver si se volvía a repetir el despropósito. Pero los músicos se pusieron de acuerdo en que no volverían a repetir el mismo desprecio del año anterior y, aun a pesar de que el hermano mayor de la cofradía, Joaquín Martínez de Grimaldo, les avisó para que no cantasen, ellos hicieron caso omiso e interpretaron sus motetes en la puerta de la Iglesia del Carmen descalzo, como era el estilo de las capillas de música que acompañaban a las procesiones.

El prior de los calzados y el hermano mayor, enfadados con esta desobediencia, «cargaron sobre los músicos para impedirles la cantada» y se enzarzaron en una discusión escandalosa10. Como consecuencia de estos hechos lamentables se desorganizó la procesión y causó la consiguiente vergüenza a la comunidad descalza y a todos los que contemplaban “el espectáculo”.
Para evitar estos males, en 1778 la Hermandad de los calzados se trajo los músicos de fuera de Sanlúcar. Con este panorama, que anunciaba una nueva refriega delante de la Iglesia del Carmen, los descalzos, tras un debate en capítulo durante más de dos horas, decidió que como la procesión se iba a celebrar el 19 de Julio, que era la víspera de San Elías, dejarían las puertas abiertas de la iglesia para que todo el mundo viera que los descalzos estaban ocupados en los cultos a su patrón y por eso no estaban en la puerta. Pero a pesar de esto hubo incidentes, pues mucha gente consideró que el volver a pasar por delante de la iglesia descalza era una provocación de los calzados a sus hermanos de hábito.

 Al año siguiente, 1779, los calzados quisieron intentar otra vez su maniobra, pero los descalzos repitieron su estrategia y se emplearon en la celebración de la novena a la Virgen, cuyos cultos se estarían celebrando simultáneamente al paso de la procesión. Los calzados entonces retrasaron la salida hasta las siete de la tarde, cuando la tenían anunciada a las cinco y media, y cambiaron el recorrido para que cuando pasaran por delante de la iglesia descalza ya hubiera concluido la novena y a los frailes no les quedara más remedio que comparecer en la puerta a rendir pleitesía a la hermandad calzada.
Llegó la procesión y cantó la capilla delante de la iglesia, mientras la comunidad descalza estaba aún en el coro. Desde allí pudieron oír la cantata que interpretó la capilla de música por orden de los calzados y de su hermandad carmelita, y que decía:

Arma, arma
Guerra, guerra,
venza a la envidia,
a la envidia venza.

Así estuvo la capilla repitiendo una y otra vez este estribillo irritante y bélico, a pesar de que el Santísimo estaba expuesto y el celebrante pronunciaba en ese momento la homilía. Siguieron cantando los músicos por espacio de tres cuartos de hora, con la anuencia incluso del alcalde mayor, Josef Duran y Flores. El concierto a las puertas del templo impidió que los cultos que se celebraban en el interior pudieran ser bien oídos por los fieles.
«Alboroto, asonada, motín, ruido», son los calificativos que emplea el prior para definir esta situación violentísima, promovida también «por un juez que debe ser imparcial», refiriéndose al alcalde Durán Flores. Los calzados se entretuvieron tanto en esta maniobra que llegaron a la recogida en su templo cuando era ya de noche, infringiendo así las normas dictadas por el Consejo.
El hecho de que Durán Flores tomase partido por los calzados tenía su origen en su gran amistad con el escribano Narciso de Rivera, que era el «principal móvil de la disputa», según habían entendido los descalzos tras observar todas las operaciones ejecutadas por los calzados. Y el alcalde, al parecer, era de la opinión de que había que suprimir el convento de los descalzos y lo intentaría conseguir antes de acabar el tiempo de su mandato en Sanlúcar11.

La música, en el centro de la polémica.

El 24 de Julio de 1779, un vecino de Cádiz, Lutgardo Viaña, se había comprometido a pagar a los descalzos todos los gastos que ocasionare la función a la Virgen del Carmen, incluidos los gastos de su víspera. Ésta consistía, al igual que se hacía en Cádiz y se había hecho en Sanlúcar en diversas ocasiones, en un repique de campanas por la noche, a la hora de la queda, intercalando piezas de música en sus intervalos y tocándose instrumentos musicales en el pórtico o atrio de la iglesia, en los balcones o en la misma torre del campanario.
Don Lutgardo colocó un tablado en la puerta del Carmen y dentro del propio pórtico para colocar allí la orquesta, todo pagado de su propio bolsillo. Pero el alcalde Durán, enterado, prohibió la tocata mediante un auto judicial, alegando que los conciertos en las puertas de las iglesias estaban prohibidos en todo el Reino.
Los descalzos analizan esta prohibición en clave de enemistad manifiesta contra ellos del alcalde, que con un espíritu de parcialidad impropio de un funcionario de la Justicia, trataba de favorecer a los calzados y a su hermandad, echando aún más leña al fuego de la discordia, en unión del ya citado escribano Narciso de Rivera. Los calzados se habían quejado al alcalde de que los descalzos les quitaban las limosnas para la Virgen del Carmen, pues solo ellos tenían facultad para pedirlas, pues no había más hermandad que la suya, insistían, así que los católicos que pagasen a los descalzos no obtendrían las gracias e indulgencias que concedía la hermandad a través del Santo Escapulario del Carmen. Pero todo era, explicaba el prior fray Juan de San Rafael, por puro interés económico, pues la hermandad de los calzados organizaba incluso rifas, donde sorteaban comestibles e incluso alhajas, y cuyo dinero no se empleaba en el culto a la Virgen, sino en pleitear contra los descalzos, pagando abogados y procuradores, etc.
Querían eliminar con ello todo culto a la Virgen del Carmen en los descalzos, alegando que éstos no eran carmelitas, sino “teresos”, por lo que el escapulario que entregaban a los fieles no otorgaba ninguna gracia ni indulgencia. Los calzados se habían encargado de esparcir estas especies «entre la gente sencilla» y habían sembrado la misma doctrina «entre las dos comunidades de religiosas dominicas y franciscanas» muchas de las cuales vestían el escapulario que les habían entregado los descalzos en propia mano.

Diligencias y final incierto.

El escribano Juan Cadaval, el 18 de Septiembre de 1779 autentifica todos los documentos presentados por los descalzos, dejando constancia de que muchos de ellos estaban «corroídos en sus márgenes exteriores, por lo destrozado del libro y por la misma antigüedad de lo escrito». Así que al transcribir algunos, dejó en blanco algunas palabras que no podían leerse. También certifica que había revisado el libro registro de hermanos y constaban asientos desde su fundación hasta el mismo año 1779, por lo que se debía deducir que la hermandad estuvo funcionando durante todos esos años, más de 138.
En otro documento, el notario apostólico de la vicaría sanluqueña, Agustín de Herrera12, levantó testimonio de todo lo ocurrido el 23 de Julio de 1779, desde que se le comunicó al prior el auto del alcalde mayor prohibiendo el concierto musical hasta que, pasadas las diez de la noche, se retiró a sus aposentos. El notario comprobó que la orden no fue acatada por el prior, pues desde las nueve hasta las diez de la noche, las campanas del Carmen estuvieron repicando y los músicos contratados por Lutgardo Viaña, colocados en la torre del campanario, fueron intercalando piezas musicales sin que nadie les molestara.
El prior se amparó en que había recurrido el mandato judicial ante el vicario local, Rodrigo Pérez Viadas, con la ayuda del notario Herrera. El vicario, repitiendo sus propios pasos en el proceso criminal contra fray Pablo, ordenó que se consultase el asunto con el abogado Máximo Zozaya, a quien nombraba su asesor jurídico en este expediente. Zozaya se limitó a aconsejar al vicario que no se pronunciara sobre el caso, ya que había sido el provisor general de Sevilla (un juez superior) el que había decretado la suspensión de la procesión de los descalzos y a él, como delegado inferior no se le permitía decidir los asuntos ya sentenciados. No estimó pues el vicario la reclamación realizada el mismo 23 de Julio de 1779 por el prior descalzo fray Juan de San Rafael, quien, a pesar de este revés, decidió seguir adelante con su programa musical, permitiendo que las fanfarrias que anunciaban la festividad de la Virgen del Carmen sonaran con total libertad en la torre de la Iglesia.

El caso aún coleaba a fines del siglo XVIII. El pronunciamiento del fiscal del Consejo de Castilla dándole un tirón de orejas a la Real Audiencia de Sevilla paralizó el proceso durante dos décadas. La Audiencia debía haber resuelto el pleito y el recurso de fuerza introducido, recogiendo las constituciones de la hermandad y una vez realizado todo este procedimiento, enviarlo al Consejo para que éste dictase la sentencia definitiva, tal y como había hecho en otras ocasiones. Así que el proceso sería devuelto a Sevilla para que fuera este tribunal el que resolviese sobre la cuestión y luego, con su dictamen correspondiente, se enviara nuevamente a Madrid para que el Consejo lo validara.
Hasta aquí llegan las informaciones disponibles sobre este caso. Su final incierto hace que aún en 1803 existan diligencias en el expediente que no llegaron a ninguna conclusión efectiva. De ello se encargaría la entrada de los franceses en España cinco años después, con la consiguiente exclaustración de los dos conventos carmelitanos de Sanlúcar y la desaparición de sus fundaciones cofrades en honor de la Virgen del Carmen.

NOTAS:

1. AHN, Consejos, leg. 740, nº 6: El Regente de la Real Audiencia de Sevilla, remite los autos formados con motivo del recurso de fuerza que introdujo el fiscal de S.M. De conocer y proceder el provisor de Sevilla en los que sigue la Hermandad de Ntra. Sra. del Carmen, sita en el convento de Sanlúcar de Barrameda, sobre que en el de los descalzos no haya otra semejante. En una pieza con 74 fols. y un libro de ordenanzas de la dicha hermandad con 15 págs.. Años 1776 a 1803.
2. VELAZQUEZ GAZTELU: Fundación de todas las iglesias, conventos y ermitas de Sanlúcar de Barrameda (1758), Sanlúcar, 1995, pp. 451 y ss.
3. DAZA PALACIOS, S. / PRIETO CORBALÁN, Mª R.: Proceso criminal contra fray Pablo de San Benito. Univ. de Sevila, 1998.
4. Resulta curioso que fuese este año precisamente, pues fue el mismo año en el que los carmelitas descalzos se instalan en la ciudad de Cádiz e inauguran su magnífico templo de la Alameda, aunque hasta 1761 no conseguirán el traslado de la Virgen del Carmen desde la Iglesia conventual de Santo Domingo. (BENGOECHEA, I.: “Efemérides carmelitanas” , en Diario de Cádiz, 16 de Julio de 1996, p. 4)
5. AHN, Ibíd., f. 15. En el citado artículo de BENGOECHEA, se recoge que el 25 de Noviembre de 1776 el mismo padre general otorgó a la Cofradía del Carmen de Cádiz la Carta de Hermandad carmelitana.
6. El decreto está firmado por el padre general en Córdoba y refrendado por el secretario general de la Orden, fray Juan de la Virgen, el 24 de Octubre de 1777, es decir, una vez planteado el litigio carmelitano.
7. Como dato curioso y comparativo, debemos reseñar que la fundación de la Hermandad del Carmen en la ciudad de Cádiz se llevó a cabo en el Convento de Santo Domingo en 1638 pues aún no existía ningún fundación carmelitana en la capital. Así que se deja constancia en su escritura fundacional que «si en algún tiempo viniese convento de Carmelitas descalzos a situarse en esta ciudad, que al punto que esté fundado, ésta dicha Cofradía se ha de mudar y poner en el dicho Convento con todo lo que le tocare y perteneciere» (HORMIGO SÁNCHEZ, E.: “El acta de fundación de la archicofradía del Carmen”, en Diario de Cádiz, 7 de Julio de 1996, p. 4)
8. Según los carmelitas, quien muriera con el escapulario puesto pasaría muy poco tiempo en el purgatorio.
9. AHN, Consejos, leg. 740, exp. 6, ff. 42-60.
10. Todo ello lo supieron por boca de don Francisco Zedillos, bajonista de la Capilla de Música, que informó a los padres descalzos de todo lo ocurrido.
11. A este respecto, puede consultarse DAZA PALACIOS, Salvador: “La fallida mudanza de los carmelitas descalzos”, Art. inédito. (2010)
12. Un viejo conocido de los carmelitas descalzos, dado que fue el procurador que defendió a fray Pablo de San Benito.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Efectos de la educación musical

La práctica musical en la niñez cosecha beneficios en el cerebro adulto

Los adultos que recibieron entre uno y cinco años de formación musical en su infancia tienen una mejor audición y aprendizaje, y un robusto proceso neuronal de los sonidos en la edad adulta.



REDACCIÓN EP.- Una corta formación musical en la infancia recorre un largo camino para mejorar el funcionamiento del cerebro en la edad adulta, cuando se trata de escuchar y procesar el sonido, según un nuevo estudio de la Universidad de Northwestern, en Estados Unidos, publicado en la revista Journal of Neuroscience.


El impacto de la música sobre el cerebro ha sido un tema candente en la ciencia en la última década. Ahora, los investigadores de Northwestern, por primera vez, han examinado directamente lo que ocurre cuando los niños dejan de tocar un instrumento musical -después unos pocos años de práctica- una experiencia común en la infancia. En comparación con personas sin formación musical, los adultos que recibieron entre uno y cinco años de formación musical de niños, realizan mejores respuestas cerebrales a los sonidos complejos.



La frecuencia fundamental, que es la frecuencia más baja del sonido, es crucial para la percepción del habla y la música, y permite el reconocimiento de sonidos en entornos auditivos complejos y ruidosos. Según la autora Nina Kraus, profesora de Neurobiología, Fisiología y Ciencias de la Comunicación en Northwestern, "el nuevo estudio sugiere que las clases de música, a corto plazo, pueden mejorar la audición y el aprendizaje durante toda la vida".


Según explica Kraus, muchos niños participan en clases de música pero, sin embargo, pocos continúan con las clases más allá de la escuela secundaria. Sin embargo, la mayor parte de la investigación neurocientífica se ha centrado en el estudiante de música raro y excepcional, que ha seguido una práctica musical activa en la universidad, o que se ha dedicado a ella profesionalmente.


La novedosa investigación de la Universidad de Northwestern


Ahora, según la experta, "la investigación de Northwestern recoge un sector mucho más amplio de la población, ofreciendo implicaciones para los responsables de las políticas educativas y el desarrollo de programas de entrenamiento auditivo, que pueden generar duraderos resultados positivos".


Para el estudio, se midieron las señales eléctricas del tronco cerebral auditivo, en respuesta a ocho sonidos complejos, en varios jóvenes con cantidades variables de formación musical. Debido a que la señal del cerebro es una representación fiel de la señal del sonido, los investigadores pudieron observar cómo los elementos clave del sonido eran capturados por el sistema nervioso, y cómo estos elementos eran más fuertes o más débiles en personas con diferentes experiencias y habilidades.



Cuarenta y cinco adultos fueron agrupados en tres grupos basados en su instrucción musical: los participantes del primer grupo no tenían ninguna instrucción musical, los del segundo tenían entre 1 y 5 años, y los del tercero entre 6 y 11 años -los dos grupos formados musicalmente comenzaron la práctica instrumental en torno a la edad de 9 años. Como se predijo, la formación musical en la infancia llevó a un proceso neural más robusto de los sonidos en la edad adulta.


En una investigación anterior, Kraus y su equipo examinaron cómo el bilingüismo y las clases de música, a largo plazo, afectan el cerebro auditivo; y cómo cambia el cerebro después de unas semanas de intensas experiencias auditivas. Ahora, en una investigación actual, los investigadores están analizando el impacto de las dificultades socioeconómicas en la función del cerebro adolescente.


Kraus concluye que "esperamos utilizar este nuevo hallazgo, junto con descubrimientos pasados y futuros, para comprender el tipo de estrategias de educación y rehabilitación que podrían ser más eficaces en la lucha contra los efectos negativos de la pobreza. Mediante la comprensión de la capacidad del cerebro para cambiar y mantener estos cambios, la investigación puede ayudar en el desarrollo de programas educativos, basados en la audición, eficaces y duraderos".

sábado, 26 de mayo de 2012

RECOMENDABLE EXPOSICION EN SANLUCAR


"ALQUIMIA DE LA LUZ", DE MIGUEL FURLOCK, EN LA TABERNA "GUERRITA"

Una de las instantáneas de la muestra fotográfica de Furlock

La Taberna Típica "Guerrita", en el Barrio Marinero de Sanlúcar, calle Rubiños, 23, prosigue con su encomiable labor de promocionar paralelamente la cultura enológica y gastronómica y la propiamente artística. Días pasados se inauguró con una buena asistencia de público, la exposición del fotógrafo alemán afincado en Sanlúcar, Miguel Furlock, bajo el sugerente título "Alquimia de la Luz: Génesis y otras series".

El acto de inauguración constituyó todo un éxito, pues a la calidad innata de las preciosistas imágenes captadas por el artista, se añadió el recital de guitarra clásica ofrecido por el músico y profesor sanluqueño Francisco Oliva de los Santos, que puso el sonido y los sones adecuados al intimismo que caracteriza la muestra fotográfica. La obra de este mágico creador de ilusiones ha evolucionado en los últimos años desde propuestas arriesgadas nunca vistas antes por estos lares, hasta lo más abstracto en su fuerza expresionista, constituyendo a veces imágenes de gran poder subjetivo y onírico. Huyendo a propósito del tópico y el tipismo que caracteriza la simpleza de otros autores, Miguel Furlock explora otros territorios de sombras, donde acaso una pequeña luz se convierte en génesis de otras luces más sugerentes y provocadoras. Continúa, eso sí, con la temática más cercana a nuestra cultura, como las bodegas, las viñas, el mar y gran poder de la naturaleza de este territorio bendecido por los dioses.


La muestra estará colgada en este templo de cultura, buen yantar y buen beber, hasta el próximo 4 de Junio. Esperamos con ansia nuevas entregas de este fotógrafo cuya mirada siempre nos ofrece puntos de vista inexplorados de nuestra propia realidad, que, de tan cercana, no somos capaces de ver ni captar. La visita a la exposición y su degustación pausada en tan favorable ambiente es muy recomendable.

(C) Texto y foto: Salvador Daza Palacios

Ciclo sobre Sanlúcar de Barrameda en 1812

INTERESANTE CONFERENCIA 



La Asociación de Amigos del Libro y las Bibliotecas "Luis de Eguílaz" de Sanlúcar de Barrameda celebró, tal como había anunciado, en la tarde del pasado viernes 25 de Mayo la conferencia sobre "El Ayuntamiento de Sanlúcar de Barrameda durante la ocupación francesa, 1810-1812", que impartió el joven profesor de Historia sanluqueño José María Hermoso Rivero, incluida dentro del Ciclo dedicado a la efeméride "Sanlúcar en 1812". El salón bajo de la Biblioteca Municipal "Rafael Pablos" se llenó para oír una disertación muy interesante sobre un período histórico que ha sido poco estudiado y que necesita desentrañar muchos de sus tópicos.

José María Hermoso fue desgranando uno a uno todos los asuntos más destacados de esta ocupación enemiga, cuando Sanlúcar servía de base militar de las fuerzas francesas que asediaban Cádiz, por tierra y por mar. El gran sacrificio económico que  tuvo que realizar la población para mantener a estas tropas invasoras fue lo más duro de este período de más de dos años en los que se agotaron todos los recursos materiales en la ciudad y que constituyó el más importante saqueo sufrido a lo largo de su historia. El colaboracionismo de muchas fuerzas vivas, como la Iglesia y la burguesía impidió el derramamiento de sangre al entrar las tropas napoleónicas en la población, pues lo hicieron pacíficamente y sin disparar un solo tiro.

Se cerró el acto con un animado debate entre los presentes, que dieron la oportunidad de profundizar algo más en una exposición muy clarificadora y amena.

El próximo viernes 1 de Junio continuará el ciclo con otra conferencia titulada "Sanlúcar y la Constitución de Cádiz de 1812: Actos conmemorativos celebrados con motivo de su proclamación", que impartirá el profesor Salvador Daza Palacios. La cita, en la misma Biblioteca Municipal "Rafael de Pablos", a las 20,30 horas.


(C) Texto y foto: Salvador Daza Palacios, 2012.