lunes, 9 de abril de 2018

LAS ALDABAS DE SANLÚCAR

Por Juan Alcón Atienza.

         Cada vez es más difícil encontrar en las puertas de Sanlúcar esas verdaderas obras de arte que son las viejas aldabas de hierro o bronce. Estos elementos artesanales presentes prácticamente desde que el hombre decidió hacerse sedentario y poner puertas a sus casas, una vez perdida su utilidad como llamador, han ido desapareciendo paulatinamente cada vez que se sustituía una puerta o caía uno de los viejos caserones que poblaban nuestro casco histórico, lo que ha provocado que estas piezas de gran valor histórico y artístico se encuentren en peligro de extinción. Sin embargo, aún podemos encontrar ejemplares únicos, auténticas piezas de museo conservadas gracias al cuidado  y el buen gusto de sus propietarios.
         El origen de nuestras aldabas parece encontrarse en la antigua Grecia, fue allí donde comenzó a utilizarse una argolla colgada a la puerta que hacía la función de llamador. Los romanos añadieron a la argolla una placa de bronce especializándose los herreros en la decoración de estas placas posteriores con variados  motivos mitológicos, más elaborados cuanto más importante fuera el edificio que debían proteger. Entre estos motivos decorativos el que tuvo mayor difusión, predominando en la Edad Media, fue el de la cabeza de león unida a la argolla que servía como llamador, como tirador y, en las puertas de las iglesias durante ese periodo, para hacer efectivo el derecho de asilo con solo asirse a ellas.
         En la época bajomedieval y renacentista, sobre todo en España, se fueron multiplicando y haciéndose cada vez más ricas y elaboradas, no solo la placa sino, sobre todo, el martillo por la influencia de las exquisitas creaciones de los herreros andalusíes. Los maestros forjadores las creaban en función de la casa a la que iban destinadas; no había casa distinguida que no tuviese su aldaba, de ahí el refrán “a tal casa tal aldaba” y la locución “tener buenas aldabas” como símbolo de poder e influencia. También había diferencias dependiendo de si el edificio era una vivienda o un edificio público o religioso, como podemos comprobar aún en Sanlúcar donde se puede apreciar una gran similitud entre las aldabas según pertenezcan a bodegas, conventos o casas particulares.
         Nuestras aldabas tienen gran influencia de la tradición islámica como indica el mismo origen hispanoárabe de la palabra, que significa “lagarta” haciendo alusión a su forma. Según la costumbre árabe, se colocaban dos aldabas en las puertas, una para los hombres de forma fálica (en la puerta derecha) y otra para las mujeres de forma redondeada (en la puerta izquierda), sonando cada una de modo diferente para saber si el que llamaba era hombre o mujer y, sobre todo, para saber quién debía salir a abrir. De estas deriva la conocida aldaba en forma de mano sosteniendo un fruto, tratándose de una evolución del símbolo popular árabe de la mano de Fátima, usado como amuleto de protección doméstica contra el mal de ojo hasta su prohibición en 1526, en que se obligó a cambiarlas por cruces sobre el dintel de las puertas, debido a su extendido uso entre los moriscos. Estas aldabas en formas de mano, que exportamos a toda Europa y América latina,  merecen un capítulo aparte, tienen diferente simbología según si son de la mano izquierda o derecha y según si el anillo está en el dedo anular o corazón. Los lenguajes de las aldabas también son un capítulo interesante.
         En Sanlúcar, como decimos, quedan pocas, es necesario tomar conciencia sobre su interés histórico-artístico y poner en valor estas pequeñas obras de arte, protegiéndolas y fomentando su recuperación  antes de que desaparezcan definitivamente.
         A modo de pequeño catálogo de aldabas sanluqueñas mostramos algunas de ellas identificando su ubicación.

Antigua Cárcel - Plaza de la Paz



 
Aldabón dominico - Parroquia de Santo Domingo







Casa calle San Juan
Casa calle San Juan


Casa calle San Juan

Bodega - C/ Banda Playa

Bodegas Barbadillo- C/ Santiago.

Bodega C/ La Plata

Bodega C/ Divina Pastora

Bodega El Cuadro - Calle Trasbolsa

Bodega La Guita

Bodega Argüeso. C/ Mar.

Casa particular - calle Bolsa

Casa calle Regina

Casa del Pradillo - Puerta de servicio

Casa del Pradillo - Puerta principal

Casa Palacio del marqués de Arizón - C/ Banda Playa

Casa González Hontoria

Casa particular - Barrio Alto

Delegación de Hacienda - Calle San Juan





lunes, 26 de marzo de 2018

Presentación del libro "La Música en Tartessos", de Angel Román Ramírez

(Presentación que tuvo lugar en el año 2010 en el Palacio de la Fundación Casa de Medina Sidonia, en Sanlúcar de Barrameda)

Ya el padre Cesari, a fines del siglo XIX, en su “Historia de la Música Antigua” anunciaba en el preámbulo que era una misión casi imposible conocer la verdadera historia de la Música de la más remota antigüedad, pues anteriormente a la Edad Media, «Europa yace para nosotros, en esta materia, sumida en la oscuridad». Aunque deja bien claro, al tratar directamente el asunto, que «la música existe desde que existe el Universo» y que, como todas las bellas artes, le habla al corazón del hombre con «su lenguaje poético, universal, infinito», y se presta «al supremo fin del progreso social y al perfeccionamiento del individuo», caminando paralelamente al desarrollo de la ciencia y la literatura.
Ya desde el principio de los tiempos, a la Música se le reconoce la virtud de despertar en el hombre los más variados sentimientos y estados de ánimo. A su vez, también está documentado que el arte musical, asociado, en estos primeros momentos, al ritmo del baile y la danza, actúaba como vehículo canalizador y catalizador de la expresión pública de una larga serie de sentimientos que se tratan de contagiar y compartir con nuestros semejantes. La música, por tanto, es intrínseca a la naturaleza humana. Guarda dentro de sí la capacidad del canto y del ritmo, y en su larga y constante evolución a la largo de los siglos, en su perfeccionamiento, se fueron descubriendo progresivamente los diferentes instrumentos musicales con los que poder reforzar esta capacidad y aumentar el potencial sonoro y expresivo.
Tan difícil (o más) es investigar la historia de la música en los primeros pueblos como intentar descubrir cómo “sonaban” esas primeras lenguas. Reconstruir la lengua egipcia hablada con la sola ayuda de los jeroglíficos que han quedado como testimonio fijados en algunas paredes, murales o papiros, se presenta como una empresa prácticamente imposible, aunque hay quienes aseguran que eso sí es posible y dedican su vida a estudiar e intentar reproducir de qué manera sonaba la lengua de los faraones.
Desde el principio de los tiempos, la música está considerada como el lenguaje universal por excelencia, por encima incluso o, cuando menos en igualdad de condiciones, de los gestos, imágenes o sílabas y palabras más o menos rudimentarias, pues expresa ante todo emociones, desde las más simples, como el miedo, la tristeza o la alegría, a las más complejas, como el amor, la angustia existencial, el odio,  o la pasión romántica. Donde no llega la palabra, llega la música.


La música ha acompañado al hombre en su crecimiento y en su evolución. Cuando este poder de excitar las emociones dio sentido al nacimiento de una espiritualidad en la que el hombre depositó todo aquello que le era desconocido y para lo que no encontraba explicación, llegó a crearse un sentimiento “religioso” en el que creyó encontrar “la razón” de su existencia y el origen de todos los fenómenos naturales que le afectaban. Como una parte más del rito que acompañaba la invocación de poderes sobrenaturales que protegían al hombre de su indefensión ante la naturaleza y la muerte, la música ponía el ambiente o la atmósfera adecuada al ceremonial, como una parte más, como un ingrediente insustituible en la búsqueda de la magia y la espiritualidad. Incluso se llega a usar este primario arte de los sonidos para curar ciertas dolencias, en una primera forma rústica de la actual “musicoterapia”.
La capacidad de cantar acompañaba al rezo y a la meditación. El ritmo estimulaba los sentidos y preparaba el cuerpo para el combate o para el amor. Cualquier tipo de ocasión que se saliera de lo cotidiano, fuese religiosa o profana, debía estar acompañada de música, un elemento que acompañaba y distinguía un día especial de un día normal. Así que este arte se convirtió en el compañero inseparable del hombre en el templo, en el campo, en todo género de espectáculos y toda suerte de ceremonias domésticas y populares, incluidos los funerales. Por ello Estrabón opinaba que la música era una obra divina y que los músicos no sólo son (somos) ministros de la divinidad sino que en cierto modo pueden (podemos) ser considerados como dioses.
Todos estos interesantísimos temas se tratan en el libro de Ángel Román Ramírez, que les presento esta noche, La música en Tartessos y en los pueblos prerromanos de Iberia.
Ángel Román es Musicólogo (Licenciado en Historia y Ciencias de la Música) por la Universidad de Granada, además de compositor, investigador y escritor. Profesor actualmente de Música en la Educación Secundaria Obligatoria (en las Escuelas Profesionales SAFA San Luis de El Puerto de Santa María), también ha ejercido y ejerce labores de crítico musical: Aún recordamos la positiva impresión que nos causaron en su día sus estupendos artículos sobre música en el semanario local “Sanlúcar Información”. Su labor como compositor es extensa, pues aún a pesar de su juventud, Ángel Román es autor de más  de 50 canciones, 10 Poemas Sinfónicos, 2 Suites Sinfónicas, 2 Rapsodias y una variedad de piezas compuestas en los más diversos estilos.  Algunas de sus obras sinfónicas ("El Infierno" de Dante o Hadas) han sido utilizadas como banda sonora del cortometraje El Retocador de Fotografías, dirigido por María Regla Prieto y Gustavo Vega (que se estrena el próximo 22 de mayo en nuestra ciudad).
Este libro que hoy presentamos es la segunda entrega que nos ofrece de su gran ciencia musicológica, pues ya en 2004 celebramos todos la llegada de su primer trabajo, que fue editado por el Centro de Documentación Musical de Andalucía de la Consejería de Cultura, bajo el título Introducción a la música en la España antigua y en la Andalucía prerromana. Estamos, por tanto, ante un verdadero especialista sobre la materia que, abundando, ahondado aún más en esta difícil temática, aborda ahora en este libro los rasgos más científicos y objetivos de la música tartésica y prerromana en Iberia.

Este impresionante trabajo, repleto de erudición y documentación, se divide en dos partes bien diferenciadas. La primera está dedicada a la “búsqueda” del territorio sobre el cual se va a desarrollar luego la interesantísima segunda parte, dedicada al estudio en profundidad propiamente musicológico, con una gran cantidad de información sobre La música entre los pueblos de la península ibérica prerromana.
El territorio que estudia Ángel se ha convertido en una tierra tan paradisíaca como la que nuestros antepasados pisaron antes que nosotros, ésta en la que estamos ahora mismo y que podría ser, según La Odisea, la Esqueria, una región  «en la que existía una sociedad (los feacios) que otorgaba una especial importancia a la Música», similar a la legendaria Tartessos, que contaba con puestas en escena que bien podría ser la de nuestro flamenco: los “aedos”, cantores mitad músicos, mitad poetas, se acompañaban de la lira en sus cantos poéticos... Se sentaban en medio de los convidados al banquete, junto a una mesa en la que solía haber vino para que el cantor bebiese siempre que su ánimo se lo aconsejara, ensalzando en sus cantos  las hazañas guerreras y/o amatorias, mientras los comensales se deleitaban con la música. Estos cantores exaltaban a sus señores, cantando sus hazañas, acompañándose, como hemos comentado,  de instrumentos similares a la lira.
Según los datos aportados por la Arqueología, la música desempeñó un papel muy importante en la protohistoria peninsular. Se encuentran multitud de vestigios relativos al tema musical, sobre todo, en las inscripciones o estelas de carácter mortuorio, donde aparecen no sólo los adornos usuales, sino una larga serie de instrumentos musicales, así como personas en actitud de danzar.
En la Iberia, la música acompañaba a los funerales, pero también a los banquetes y las fiestas, en las que el “aedo” – poeta/cantor-  era el protagonista, y en muchas ocasiones junto al canto se danzaba, como se refleja en muchas ocasiones en La Odisea.
La actividad de los fenicios favoreció no sólo el comercio, sino que transmitieron a través de sus rutas comerciales la cultura que todos conocemos como “cultura mediterránea”, que alcanzó gracias a este pueblo un gran desarrollo y una amplia expansión, pues divulgaron durante cientos de años la parte más avanzada de las distintas culturas civilizadas del “mare nostrum”. Terminaron extendiéndose hasta el “Extremo Occidente”, el límite del mundo conocido entonces, y fundaron Gadir o Cádiz, en el año 1100 antes de Cristo según las fuentes históricas, o unos siglos después según la Arqueología.
Hacia el siglo VI antes de Cristo, nació la Cultura Ibérica (coincidiendo con la misteriosa desaparición de Tartessos) en la que convergerían elementos indígenas, semitas y griegos.
El autor se hace a sí mismo la pregunta clave: «¿Puede la Musicología aportar algún parámetro con el que se pudiera empezar a trabajar, para intentar llegar a alguna conclusión en el estudio de la música de Tartessos y del resto de la antigua Iberia?».
Desde luego tenemos que convenir en que la respuesta a esta pregunta es afirmativa, pues Ángel Román lo ha conseguido en esta obra, ya que además de proponer unas líneas de trabajo e hipótesis muy interesantes, argumenta todos y cada uno de sus razonamientos en la extensísima bibliografía aportada, un estudio exhaustivo sobre el tema, que incluye las últimas investigaciones más actuales no sólo en español sino en inglés y otros idiomas.

Ángel nos ofrece un repaso absolutamente magistral sobre los más consistentes mitos que afectan a nuestro territorio, a saber, “las leyendas de Hércules”, “las referencias bíblicas”, el mito de la Atlántida, etc., sin perder nunca el marco conceptual, teórico e ideológico de la Íliada y la Odisea, las obras de quien él llama “Homero” con comillas, tratando también la cuestión homérica con profundidad y coherencia. Pero no sólo las obras de Homero son las guías de nuestro autor. Por las páginas de este libro desfilan los más acreditados autores y obras de la antigüedad clásica, como Platón, Aristóteles o el ya citado geógrafo Estrabón, e incluso se toman numerosas referencias y párrafos de la Biblia.
La descripción del Paraíso que nos ofrece Homero coincide sospechosamente con este territorio en el que vivimos y que es la materia de estudio de este libro, un territorio privilegiado, lugar de suaves inviernos, donde sopla el viento de poniente con gran pureza, no llueve y no nieva. Debido a su gran parecido climatológico, este paraíso podía ser perfectamente la “Esqueria”, esa región donde la práctica de la música era tan cotidiana y que aparece en la Odisea como “una ciudad cercada por un alto y torreado muro, circundada por el mar alborotado con un hermoso puerto a uno y otro lado. Allí hay terrenos cultivados por el hombre, olivares y viñedos, y un camino por el que se sube a la ciudad”. También hay gran cantidad de árboles frutales. El poniente sopla constantemente y hace que los frutos no se pierdan ni en invierno ni en verano.
Los habitantes de esta región, llamados feacios, eran espléndidos navegantes y marineros, y es de suponer que la pesca también era una de sus formas de subsistencia.  Existe un templo dedicado a Poseidón (el dios del Mar, de los Vientos y de las Tempestades) a cuyo lado estaba el ágora. Su decoración era lujosa. Las mujeres tejen tapices y TIENEN ADEMAS PUREZA DE CORAZON (Ver: Odisea, p. 157) Son famosos los banquetes que se celebran allí, en los que se sacrifican animales, se bebe vino, de forma ritual y por puro placer. A cualquiera, desde luego, le apetecería viajar y vivir en una tierra así, que se encuentra en este sentido con una “publicidad” literaria en cierta medida parecida a la que atrapó a los españoles después de 1492 cuando se descubrieron las Indias.
No cabe identificar esta maravillosa tierra con la Tartessos ibérica, pero tampoco se puede desdeñar totalmente dado el parecido asombroso que mantiene la descripción homérica con el occidente de Andalucía, pues es posible que la Tartessos descrita por los fenicios no fuera un lugar concreto, sino una manera genérica de nombrar las lejanas colonias occidentales del Mediterráneo, que se fueron convirtiendo poco a poco en un emporio. La fe en que algún día aparezca definitivamente la ubicación concreta no deja tampoco dormir tranquilo a Ángel Román que, como Schielmann, está convencido de que tarde o temprano se descubriraán las ruinas y el emplazamiento de Tartessos, al igual que apareció Troya, gracias a la información suministrada entre otros por Homero.
No deja de tener su gracia que uno de los pueblos que primero poblaron Tartessos fueran “los cunetes”. Hay que decir que han logrado perdurar hasta nuestros días, dando ejemplo de una gran longevidad y de cómo los siglos mantienen la terminología y las costumbres más antiguas, en el libro de Ángel Román sabrán ustedes por qué. Lo cierto es que los cunetes llegaron hasta el Fin del Mundo, que entonces terminaba en el Cabo de San Vicente, en el Algarve, y en los océanos que lo rodeaban habitaban monstruos terribles según los griegos.

Ya en la segunda parte de su espléndido trabajo, Ángel Román pasa a analizar todas y cada una de las características más sobresalientes de la música en la Antigüedad, desde Egipto, Grecia, Palestina y Etruria, los pueblos que más destacaron en el cultivo del arte de la Música y que mayor influencia tuvieron sobre nuestra región. Tengo que reseñar mi modesta opinión sobre el nacimiento de las primeras formas de polifonía, que, a mi entender, se comienzan a practicar con lo que los armonistas llaman notas pedales o bordones. Una nota fundamental de la escala, mantenida durante largo tiempo, como hilo conductor y guía de la melodía principal, que es la que se ocupa de realizar la vocalización o declamación del texto, que bien podría ser en un principio silábico (una nota por cada sílaba) y más tarde melismático (varias notas en una misma sílaba). Indudablemente que un tercer paso, tal y como explica nuestro musicólogo, llevaría al paralelismo de las voces, cantándose una misma melodía en intervalos de cuarta o quinta, pero esto fue aceptado como producto más de una práctica cotidiana que de un recurso voluntario, ya que está comprobado que “el mal oído” de algunas personas o la falta de tesitura en su aparato vocal hace que no puedan cantar al unísono sino a la cuarta a la quinta superior o inferior.


En los capítulos siguientes, la obra se centra en la parte sin duda más sustancial y puramente musical, pues se detiene en el análisis exhaustivo de la música en la Andalucía prerromana, fiestas y ritos, instrumentos y cómo no, en las célebres puellae gaditanae, esa suerte de bailarinas de un flamenco ancestral, que según las crónicas, bailaban tan sensualmente “que harían masturbarse al mismísimo Hipólito”, el paradigma entre los autores clásicos de la castidad y la pureza de cuerpo y espíritu. Los siguientes capítulos están dedicados a los testimonios musicales que nos han quedado en otras regiones españolas, a las que Ángel Román también atiende en esta obra fundamental para conocer nuestro pasado musical más remoto y los orígenes más interesantes de nuestra cultura artística y que aún perdura mantenida en el folklore de mayor tradición oral, como es el flamenco y sus equivalentes en las restantes comunidades ibéricas.
Enhorabuena Ángel y muchas gracias por escribir esta obra, con la que he disfrutado y  aprendido mucho. Gracias a todos.

SALVADOR DAZA PALACIOS, (c) 2010

martes, 19 de septiembre de 2017

Himno del Vº Centenario de la Primera Circunnavegación

Revista CIRQULO editada por el Círculo de Artesanos de Sanlúcar de Barrameda, correspondiente al mes de septiembre de 2017.
Mi agradecimiento a los que lo han hecho posible, en especial a su director, Lope Fernández.

 http://www.circulodeartesanos. es/cirqulo/actual



sábado, 29 de julio de 2017

Presentado el nuevo libro de Salvador Daza, “La Inquisición en Sanlúcar”



UNA VELADA INOLVIDABLE

El pasado viernes, 21 de julio se dio cita un numeroso público, más de 200 personas, en los jardines del Palacio de Medina Sidonia en la presentación del nuevo libro del investigador sanluqueño Salvador Daza Palacios, La Inquisición en Sanlúcar de Barrameda: Crónicas de la intolerancia y la represión, 1478-1834, publicada por la Editorial Renacimiento en su sello “Ediciones Ulises”. El autor estuvo acompañado en la mesa por Juan Alcón, de la librería Fórum, y por José César Jurado Espinar, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, que actuó como presentador de la obra, a la que dedicó palabras de elogio y admiración, realizando una brillantísima disertación, que fue seguida con gran atención por los asistentes al acto.

“Una obra imprescindible, escrita con un escrupuloso rigor histórico, con una documentación sobresaliente y con una prosa riquísima y exquisita, que hace de la lectura, no sólo un placer, sino una necesidad, una vez que uno se sumerge en las páginas de este interesante libro. No pude parar de leer hasta el final, subyugado por las historias que se cuentan y cómo se cuenta”, confesó Jurado en la presentación.

También destacó el carácter innovador de este libro, ya que es la primera obra monográfica que trata sobre la Inquisición en Sanlúcar de Barrameda. Pues a pesar de que el Santo Oficio ha fascinado desde siempre a historiadores, tanto nacionales como extranjeros, son mucho menos frecuentes los estudios de carácter local.

Tras la intervención de José Cesar Jurado, tomó la palabra Salvador Daza, quien enumeró a los autores y las fuentes documentales con las que ha contado para elaborar su trabajo, además de detallar el arduo proceso de investigación llevado a cabo en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, donde comenzó a recabar información para esta obra hace ya más de veinte años. Daza destacó también las grandes dificultades que tuvo que superar durante la redacción de este trabajo, lo que le ha dado a esta obra aún más valor del que en un principio podía tener, pues confesó que una obra de estas características requiere de muchos años de esfuerzo, dada la gran cantidad de bibliografía existente sobre el tema y lo espinoso del contenido de muchos de los legajos encontrados en Madrid.

El autor, con Nieves García, archivera municipal
Salvador Daza, con Andrea Guerra
Una velada inolvidable que estuvo amenizada por el violinista Alfonso Cuevas Gallego y el clarinetista José Luis Buzón Daza, y organizada por la Fundación Casa Medina Sidonia, la librería Fórum y que contó con la colaboración de las Bodegas Delgado Zuleta y la editorial Renacimiento.





SALVADOR DAZA PUBLICA UN ESTUDIO SOBRE LA INQUISICIÓN EN SANLUCAR DE BARRAMEDA



El libro “La Inquisición en Sanlúcar de Barrameda: Crónicas de la intolerancia y la represión, 1478-1834”, cuyo autor es Salvador Daza Palacios, ha visto la luz recientemente, publicado por Ediciones Ulises. Esta es la primera obra monográfica que trata sobre la Inquisición en Sanlúcar de Barrameda. A pesar de que el Santo Oficio ha fascinado desde siempre a historiadores, tanto nacionales como extranjeros, que han dedicado numerosos libros a analizar el funcionamiento y la historia de esta Institución, son mucho menos frecuentes los estudios de carácter local. Esto se ha debido a que las obras generales, en una gran parte, han incidido en muchos aspectos concretos y hechos sucedidos en pueblos y ciudades, con el objeto de abarcar el conjunto de circunstancias que definieron la creación, el desarrollo y el funcionamiento del Santo Oficio en todo el territorio de la monarquía española.

Sanlúcar de Barrameda presenta la particularidad de ser una ciudad por la que la herejía podía penetrar con mucha facilidad. Su condición de puerto de mar y su situación fronteriza con otros países, especialmente con Berbería, unido además al hecho de tener asentados como vecinos a numerosos extranjeros dedicados al comercio, hicieron que la población estuviera siempre en el punto de mira de la Inquisición. El propósito de esta obra es analizar la labor del Tribunal en Sanlúcar de Barrameda a través del estudio de algunos casos inéditos que tienen como protagonistas a vecinos de la ciudad en el desempeño de su labor profesional o social, además del estudio de varios procesos incoados por el Santo Oficio contra sus propios miembros, que completan un trabajo que tiene como base fundamental la documentación existente en el Archivo Histórico Nacional de Madrid.

Salvador Daza Palacios es natural de Sanlúcar de Barrameda. Doctor en Historia por la Universidad de Sevilla, ha publicado Música y sociedad en Sanlúcar de Barrameda (1600-1975), Historia de la Banda Municipal de Música (1852-1967), La música en la memoria: 25 años de Juventudes Musicales en Sanlúcar de Barrameda, 1984-2009 y Sanlúcar de Barrameda durante la Guerra de la Independencia (1808-1814) y La Inquisición en Sanlúcar de Barrameda: Crónicas de la intolerancia y la represión (1478-1834) así como otras publicaciones y artículos de investigación en diversas revistas nacionales. En colaboración con María Regla Prieto, es también autor de los libros Proceso criminal contra fray Pablo de San Benito (1774) y Proceso criminal contra fray Alonso Díaz (1714) editados ambos por la Universidad de Sevilla en 1998 y 2000; así como De la santidad al crimen: Clérigos homicidas en España (1535-1821), que fue finalista del premio nacional «Así fue. La historia rescatada» y Lucifer con hábito y sotana: Clérigos homicidas en España y América (1556-1834), ambos publicados por Ediciones Espuela de Plata en 2004 y 2013.