viernes, 16 de marzo de 2012

Protagonismo histórico de una conmemoración


SANLÚCAR Y LA CONSTITUCIÓN DE CÁDIZ DE 1812.
Actos conmemorativos organizados con motivo de su proclamación.

Salvador Daza Palacios.

Coincidiendo con el 200 Aniversario de la Constitución de Cádiz (19 de Marzo de 2012), doy a conocer este artículo inédito sobre los festejos que se organizaron en Sanlúcar con motivo de su proclamación. Entonces, la Carta Magna gaditana representaba para el pueblo sanluqueño la ansiada libertad, tras la marcha de los franceses. El nuevo régimen constitucional quedó implantado y con ello la primera ocasión en que la ciudad vivió bajo unas leyes modernas, liberales y hasta cierto punto justas, si tenemos en cuenta lo poco que había evolucionado el país en el terreno de los derechos y las libertades. Sirva todo ello para probar el papel que desempeñó Sanlúcar de Barrameda en el acontecimiento que ahora se conmemora, que, aunque humilde y modesto, resulta muy significativo para describir lo que supuso esa primera Constitución política para el imaginario colectivo.



El 25 de Agosto de 1812 fue la primera jornada, tras treinta meses y veinte días, que Sanlúcar de Barrameda apareció libre de la presencia del enemigo francés que la había ocupado y saqueado a su antojo.

El júbilo del pueblo explotó, lleno de esperanzas de libertad. Lo primero que hizo fue desmontar las empalizadas de madera que los militares napoleónicos habían colocado alrededor del núcleo histórico de la ciudad con el fin de controlar su seguridad y refugiarse de los ataques de los guerrilleros. Una vez liberada de su cerco, un grupo de ilustres vecinos propuso la formación de un Ayuntamiento interino que presidiría el veterano vinatero Alonso Julián Álvarez e integrarían otros probos ciudadanos como Antonio Esper, Agustín Francisco Velarde (que había formado parte del Ayuntamiento durante la invasión, como síndico y como regidor), además de José María Ramos y Manuel García Fernández.

Enseguida se envió una comunicación a la Regencia del Reino, situada en Cádiz, informándole de la salida de los franceses. Esta misión se le encargó al célebre Félix Odero, alférez de fragata. La siguiente medida fue invitar al comandante del bergantín británico “El Papillón”, que había estado bloqueando la entrada del río, a que atracase en Bonanza y que su tripulación pisara tierra amiga. A las dos de la tarde del mismo día 25, la población, alborozada y agradecida, marchó en tropel hasta el puerto y trajo literalmente en volandas al comandante inglés hasta el centro de la ciudad, hasta dejarlo a las puertas del Ayuntamiento, mientras se daban repetidos vivas y aclamaciones y las campanas de la ciudad repicaban a voleo y sin descanso.

Una vez llegado hasta el centro del poder municipal, el comandante dio las gracias a la población. Se fueron después a comer y el heroico militar se retiró luego a descansar.

Al día siguiente tuvo lugar el atraque del buque británico. Lo hizo en unión del místico de guerra español (embarcación de tres palos) que pilotaba el teniente de navío de la armada nacional Pedro Rato.

El entusiasmo del pueblo continuó e incluso aumentó al poder recibir al primer militar oficial del Gobierno legítimo que pisaba la ciudad. A un nuevo repique general de campanas se unió un estruendo formidable de la artillería, en celebración de esta llegada triunfal. Igualmente se hizo una recepción de este jefe militar en el Ayuntamiento, que dirigió la palabra a toda la concurrencia agolpada en la Plaza del Cabildo, para exhortarles a que guardasen la tranquilidad y el orden, y que confiasen en el Gobierno supremo de la nación.

El pueblo ya había tomado la iniciativa de adornar los balcones por los que transcurrió la comitiva de recepción del teniente Rato. También se engalanó el balcón de la casa consistorial con un gran pendón real, bajo cuyo dosel se colocaría, como no podía ser de otra forma, el retrato de Fernando VII, nunca más “Deseado” que ahora. Sólo el abogado Vicente González de Quesada, que había sufrido las persecuciones de los franceses, sabía donde estaba escondido el retrato del monarca, pues su mera posesión hubiera sido objeto de condena por parte de las anteriores autoridades francesas. El abogado se dirigió a la casa del presbítero Antonio Henríquez Calafate, en cuyo recinto se encontraba convenientemente oculto. El retrato había sido realizado por el también presbítero Benito Gómez Romero, que había fallecido poco tiempo antes en Sanlúcar, «víctima de la infernal policía de los franceses». Benito Gómez sufría destierro en Sanlúcar por orden de las autoridades josefinas. La imagen del rey cautivo permaneció expuesta hasta las once de la noche, acompañado por el batallón de milicias, y con una iluminación extraordinaria que se había colocado en todo el entorno del Ayuntamiento.

Pasaron dos días y la ciudad intentaba volver a la normalidad y recuperar el tiempo perdido. Pero se anunció la llegada del nuevo juez de primera instancia nombrado por la Regencia de España. Tomás López Pelegrín, que así se llamaba, venía con un ejemplar de la “Constitución Política de la Monarquía Española” bajo el brazo, con el fin de darla a conocer al Ayuntamiento interino. Juez y regidores se pusieron inmediatamente de acuerdo y decidieron realizar unos festejos públicos para conmemorar la publicación y juramento que las Cortes reunidas en Cádiz habían realizado del Código legislativo Las fiestas tendrían lugar durante tres días, domingo 6, lunes 7 y martes 8 de Septiembre.

La víspera se anunció la conmemoración mediante un repique general de campanas. El domingo, a las cuatro de la tarde, comenzaron los actos. Los representantes de los gremios, los vocales interinos del Ayuntamiento, oficiales militares y el juez López Pelegrín se situaron un tablado colocado en la plaza mayor. En esta ocasión se había colocado ya un grandioso retrato de cuerpo entero del monarca, que había realizado en un tiempo récord (en sólo seis días) el profesor Juan José Bécquer. Alrededor del dosel fernandino se había situado la tropa del regimiento de Pavía. Al lado izquierdo del juez se había situado el brigadier del ejército nacional, Felipe Balderiotti. En el lado derecho, el comandante del bergantín británico y el teniente Pedro Rato junto con otros oficiales.


El encargado de recibir de forma solemne el Código constitucional fue el ya nombrado Agustín Francisco Velarde, un polémico abogado de la época que encontró la forma de seguir en la primera línea política, aun a pesar de haber pertenecido al Ayuntamiento durante los dos años de invasión enemiga. El abogado recitó en voz alta los artículos de la Constitución, en medio de un clamor popular, incluidos repique y descargas de fusilería de la tropa militar. El ciudadano Antonio Rey, dueño de una confitería en la plaza del Cabildo, colaboró particular y generosamente con la ceremonia, pues cuando finalizó la lectura de la Constitución comenzó a arrojar dulces al pueblo desde los balcones y puertas de su tienda. Tras este acto de proclamación se inició un desfile hacia el Barrio Alto, donde se repetiría el mismo ceremonial en la Plaza Alta, transcurriendo la comitiva a lo largo de la calle San Juan, Pradillo, Chorrillo, Cuesta de la Caridad, calle Misericordia, Descalzas y Jerez. 



Delante del cabildo viejo en la Plaza Alta se había colocado otro tablado igual que el del Barrio Bajo, rodeado por los granaderos del batallón patriótico. El juez y sus acompañantes tomaron asiento y se procedió a repetir la misma ceremonia de proclamación de la Constitución gaditana.

Posteriormente siguieron los festejos. Delante de la Casa consistorial se habían colocado dos tablados con gradas donde se colocó «una diestra y numerosa orquesta». En el lado derecho se situaron unas estatuas que simbolizaban las Ciencias y las Artes; y en un gran medallón dorado, la leyenda siguiente:

Las ciencias protegidas,
Las artes restauradas,
Por un Gobierno sabio
Se verán respetadas.

En el lado izquierdo estaban situadas otras alegorías del Comercio y de la Agricultura, con otro medallón también dorado que decía:

Florecerá el comercio,
Reinará la abundancia,
Será feliz el reino
A pesar de la Francia.

La parte alta estaba toda engalanada con reposteros de damasco carmesí, con las armas de la ciudad bordadas con hilo de oro y plata. En el centro estaba situado el dosel con el retrato del rey Fernando. Todo ello fue iluminado por casi 600 luces, distribuidas por balcones y azoteas del edificio municipal, a las que se sumaban todas las que el vecindario colocó en la Plaza y en las ventanas y balcones de sus casas. Tres grandes banderas nacionales ondearon en la parte más alta: la de Inglaterra, la de Portugal y la de España.

El gremio de los montañeses colocó arcos de gran anchura y altura en las seis calles adyacentes a la Plaza del Cabildo, siendo las de las calle San Juan y Ancha de tres vanos.

Los lemas poéticos que figuraban en cada uno de estos arcos eran los siguientes:

CALLE DE GALLEGOS:
Sabia Constitución, tú nos preservas
de los tiranos: todo el heroísmo
español resucitas, cuando enervas
el infame poder del vandalismo.

CALLE ANCHA
Eternas gracias, gratitud eterna.
Por los auxilios que dispensa a España
con fuerte brazo, con unión fraterna
la Gran Bretaña.


CALLE DE LA BOLSA
Quinas, Leopardos y el León de España
su gloria fundan en la gran constancia
que paraliza la impotente saña
de toda Francia.

CALLE DE LA VICTORIA
Siglos de vida, gloria a los guerreros
hijos de España, que para escarmiento
de ese vil coso, vibran los aceros
con ardimiento.

CALLE DE SAN JUAN
Vivan por siglos los legisladores,
Que a España ofrecen un feliz destino
Y la protegen contra usurpadores
Con justo tino.

CALLE DE LA AMARGURA
El gremio todo de los montañeses
Demuestra grato reconocimiento
A cuantos nos libertan de reveses,
Y dan a los malvados escarmiento.

Los arcos estaban decorados con arrayán e iluminados con más de 2.500 luces en vasos de colores, además de 200 faroles de cristal situados en las dos caras de cada uno.

Por su parte, el Batallón de Milicias había contribuido con una colgadura en damasco carmesí y una gran inscripción en letras transparentes que decía: VIVA FERNANDO SEPTIMO Y SUS ALIADOS, además de una octava que oponía la Constitución a la tiranía:

El derecho feudal, la tiranía,
La servil dependencia, el egoísmo,
En el orden la falta de armonía,
A España impelen al profundo abismo,
Fatal sepulcro de su monarquía:
Mas en el punto de este paroxismo
Sabia Constitución se nos presenta
Que a España libra, y todo el mal ahuyenta.

Al lado derecho estaba situado el escudo de armas de España con su corona imperial. Al lado izquierdo, colocaron en una repisa un arca luminosa que contenía en su interior la Constitución y producía resplandores y destellos. Alrededor del arca estaban las banderas inglesas y española unidas, cubiertas por una corona de laurel.. En la parte inferior, tirada en el suelo, el águila del escudo de Francia derramando sangre por las heridas que le habían producido las armas victoriosas de ambas naciones.

Todo el zócalo de la portada principal del edificio se cubrió con yerbas verdes que se entrelazaban con artística simetría con flores y frutas propias de la tierra sanluqueña. En las ventanas laterales del edificio se colocaron cuatro lienzos que representaban a la Providencia en forma de rayo fulminante que atravesaba al águila francesa. Además, el fiero león del escudo nacional le impedía levantar el vuelo y la destrozaba con sus fuertes garras. La alegoría estaba acompañada por una frase latina: Si Deus pro nobis, quis contra nos? (Si Dios está con nosotros, ¿quien estará en contra nuestra?)

En la segunda ventana se representaba el escudo de Sanlúcar y en cada uno de sus lados figuraba un soldado de las milicias con su uniforme. En la tercera se ilustraba un campamento desde el que se arrojaban bombas y balas contra los franceses, calificando al duque de Dalmacia, que había dominado militarmente la ciudad, de “fanfarrón”. En la cuarta ventana se reproducía «la fama alada, tocando su trompa, y llevando en la mano izquierda una corona de laurel y la palma de la victoria obtenida sobre los franceses fugitivos del campamento de Cádiz», ciudad que aparecía representada en boceto, junto con los escudos de Inglaterra y España.

El gremio de los labradores se había encargado de decorar la plaza de San Francisco. Y había colocado en ella doce arcos sobre pilastras, cuyos remates terminaban en pequeñas pirámides. Al frente de todos se colocó un trono forrado de damasco carmesí con el retrato de Fernando VII, al que custodiaban dos estatuas de soldados y alumbraba cincuenta y ocho cirios. Sobre los arcos se habían colocado un número considerable de faroles que daban la adecuada iluminación a la plaza. También se oía el fluir de una fuente con cinco caños de agua que circundaba todo el conjunto.

El gremio de los comerciantes se encargó de decorar la plaza de la Panadería baja. Allí colocó, alrededor de la fuente de agua pública, un primoroso jardín con todas las especies de flores y frutos, enmarcado por cuatro arcos que sujetaban una gran corona de la que partía una colgadura de tela blanca adornada con flecos y borlas de plata. Todo ello aderezado de banderas españolas y multitud de macetas con olorosas flores naturales e iluminado con quinientas luces.

La Plaza Alta fue elegida por la Hermandad de Cosecheros de Vino para realizar su particular homenaje a la Constitución gaditana. Con un monumento de nueve varas de alto y treinta de largo, con tres entradas y varios arcos, se erguía el lema ciceroniano: “Justitia est obtemperatio scriptis legibus” (La justicia es la obediencia a las leyes y a las instituciones ). En el interior de este edificio efímero se colocó una tarima con balaustrada en donde se situó una orquesta traída de Cádiz, pagada por la misma Hermandad y que tocaba sus piezas bajo la representación de una brillante estrella sobrepuesta a un castillo, que simbolizaban parte del escudo de Sanlúcar. La iluminación de este conjunto superó las mil cuatrocientas luces.

El gremio de panaderos también contribuyó a la decoración de varios rincones de la ciudad, además de donar generosamente quinientas sesenta raciones de pan para el socorro de los necesitados. También otorgaron a la tropa militar una ración doble de pan, que se sumaba a la carne y el vino que ya se les había regalado, además de los zapatos nuevos que se les había entregado junto con cuatro reales a cada uno.


El gremio de los pescadores levantó tres arcos en la calle San Juan, esquina con el Pradillo. El del centro estaba presidido por un retrato de Fernando VII, alumbrado por mil quinientas vasos de luces de colores y arañas de cristal. La fuente de la plaza fue también adornada a su alrededor con veinte arcos pequeños, revestidos de vegetación y coronados por diez banderas de las naciones aliadas contra Napoleón. En el centro de la fuente estaba el dios Neptuno, acompañado de otras figuras mitológicas. La leyenda poética que rodeaba esta fuente decia:

A nuestros libertadores,
Nuestro Rey y Constitución
Se ofrece de mil amores,
En esta corta expresión
El gremio de Pescadores.

Además de todo este despliegue decorativo, el gremio pescador había colocado dos cañones que dispararon salvas al paso de la comitiva que marchaba al Barrio Alto, además de inundar el pueblo con el estruendo de multitud de cohetes, ruedas y otros fuegos artificiales en forma de castillo de doce varas de alto.

La ciudad presentaba un aspecto impecable, pues los vecinos habían colaborado en la limpieza de las calles y en el aseo y decoración de sus casas.

En la tarde del lunes le tocó el turno a la fiesta de los toros. Se corrieron cuatro astados con cuerda, que recorrieron varias calles de la ciudad.

Tampoco podía faltar la fiesta religiosa. En la Iglesia mayor, magníficamente adornada e iluminada, se dieron cita todas las autoridades para celebrar una solemnidad en unión con el clero. Los mandatarios presidieron la ceremonia desde unos grandes estrados. Todo ello acompañado de la consiguiente descarga de fusilería en el acto de la consagración y el repique general de campanas. Se cantó una misa con la ayuda de la capilla de cantores e instrumentistas. El presbítero Joaquín Mariano Rosales pronunció el sermón. Rosales se había destacado especialmente en el transcurso de los últimos cuatro años por defender primero a Godoy, después por estar agresivamente en su contra cuando cayó en desgracia, y, finalmente, por estar a favor del rey José I y de los invasores franceses. Finalmente, en esta ocasión, y como no podía ser de otra forma, actuó como un convencido constitucionalista de toda la vida. Así «hizo al pueblo una sabia y erudita exposición de las ventajas que proporciona a los españoles la nueva Constitución política de su Monarquía», con el mismo énfasis que años anteriores había defendido el absolutismo, el más acendrado patriotismo antinapoleónico o la sumisión y la alianza con los franceses. Era cuestión de profesionalidad y de conversión camaleónica según las circunstancias. Sólo la alta jerarquía eclesiástica podía permitirse estas veleidades sin sonrojo ni disimulo alguno.


Joaquín Mariano Rosales, había sido colegial de San Pelagio de la ciudad de Córdoba, además de cura propio y beneficiado por oposición de la iglesia mayor parroquial. En su sermón reflejó una gran parte del estado de ánimo y de la opinión del las clases privilegiadas en un momento tan crucial. Comenzó diciendo que se había sustituido el llanto y la amargura por «el placer más puro, la dulce satisfacción de haber cambiado las pesadas cadenas de una insoportable servidumbre, por el suave yugo de un gobierno paternal». Rosales califica a la nueva Constitución como «sabia, legítima, liberal y benéfica» y se muestra totalmente satisfecho de que haya sustituido a la de Bayona (aprobada en 1808), un código «servil y arbitrario» que llevó a al país a la violencia y a la guerra..

«Con qué placer repaso en mi memoria –dice Rosales– las máximas y preceptos que con tanta previsión, tanto discernimiento y madurez se han han sancionado en los trescientos ochenta y cuatro artículos que contiene la nueva Constitución política de la monarquía española que acaba de promulgarse en este templo». Era, según Rosales, un código religioso, que se preocupaba de la felicidad pública, en perfecta conexión con las máximas emanadas desde Moisés, Solón, Licurgo, Numa Pompilio y aún Alfonso X el Sabio. Y que había sentado «como base fundamental la inviolabilidad del monarca» preservando a la vez «al ciudadano de la arbitrariedad y el despotismo». Este código supremo separaba los poderes: legislativo, ejecutivo y judicial, cortando así los abusos que dimanaban de la concentración de estos poderes en unas pocas personas. Se conseguía así un equilibrio social en el que debía basarse la prosperidad de una monarquía moderada en base al pacto social. Para ello se conserva en su cuerpo legislativo la soberanía de la nación sin disminuir «los invulnerables derechos de propiedad, seguridad y libertad que corresponden a cada uno de sus miembros». También se respetaban, según Rosales, –y en ello estaba ciertamente interesado– los fueros y las clases privilegiadas, aunque también se reconocía el derecho a que todo ciudadano pudiera ascender en la escala social en virtud de su «probidad y mérito». También se conjugaba la severidad de la justicia con la compasión por el delincuente.
La Constitución gaditana también prestaba una gran importancia a la Educación como objeto de progreso y evolución necesaria para las ciencias y para el espíritu. Y señalaba a la agricultura, la industria, las artes y el comercio como las fuentes perennes de la riqueza del Estado, que debían siempre potenciarse para el mayor bienestar y futuro de la patria.

Recalca nuestro párroco que ve en la Constitución un gran exponente de la religiosidad de un Estado que se rige por la moral. Y aplaude el esfuerzo de «los honorables vocales de las Cortes» que supieron conjugar tantas opiniones e intereses tan difíciles de conciliar. Era, pues, una obra «de unas luces más que humanas, de una especial y superior asistencia, de una divina inspiración».

La homilía continúa por otros derroteros, pues a partir de aquí se regodea en la victoria que el Dios católico había proporcionado a todos los que habían sido víctimas de Napoleón, haciendo que los crueles enemigos franceses huyeran del territorio ocupado. No había que sufrir más ni tener miedo de volver a padecer la muerte civil que significó vivir «bajo el yugo de nuestros opresores». Ya se había implantado la libertad gracias a esta nueva Constitución que se iba a jurar en el mismo transcurso de la ceremonia religiosa. Un día que no se debería olvidar y debería quedar para siempre en la memoria como un momento de gozo, satisfacción y consuelo. 



Para redondear el alborozo, lo único que se podía esperar ya es que el amado Fernando VII fuera libertado de sus cadenas que le tenían cautivo y se pusiera al frente de la nación en esta nueva etapa en la que los esfuerzos para eliminar el despotismo deberían ser los únicos caminos viables a partir de entonces.

Tras la misa llegó la parte civíco-política. En un solemne escrito se aseguró que Sanlúcar de Barrameda defendería la Constitución «con todos sus esfuerzos, como un deber impuesto por la justicia y por la religión». Pronostican además que el Código supremo contiene una sabiduría «que será la admiración de la más remota posteridad». Todo ello había traído a los espíritus sanluqueños un gran placer, un rico entusiasmo y una profunda gratitud, «por haber visto llegar los dulces momentos en la ciencia de gobernar a los hombres». Según el manifiesto, redactado y firmado por los diputados populares Agustín Francisco Velarde y Juan Bautista Angioletti, todo ello era obra de Fernando VII, que había conseguido tal proeza con sus esfuerzos.

El clero sanluqueño, por boca de sus portavoces, los presbíteros Andrés Arnaud y Bastos, y Pedro de Gabriel y Bernal, también se pronuncian mediante otro manifiesto en el que expresan también su exultante estado de ánimo por la liberación de la ciudad de la esclavitud francesa: «Agobiados por espacio de treinta y un meses, bajo un yugo cuya dura servidumbre excede a todo hipérbole... Vilipendiados y oprimidos entre la crueldad y la tiranía», elevaban sus manos al cielo para pedir que el pueblo disfrutara por fin «de su única y legítima soberanía» con toda la alegría, felicidad y placer. Se habían conjugado la espada y el talento para derrotar a estos enemigos, y los mejores políticos habían dado a la luz una Ley que daría «la grandeza y la prosperidad a nuestra patria». Una Constitución «sabia, política y religiosa que afianzará para siempre nuestra independencia y libertad». Todo ello, sin duda, en honor de «nuestra hermosa e invencible monarquía española».


En un manifiesto muy parecido, pero dirigido a la Regencia del reino, el clero sanluqueño asegura haber estado sujeto vilmente «a unos bárbaros monstruos y fieros opresores sin más religión, sin más política que el orgullo, la disolución y la mentira». Acusan a los invasores de haberlos confundido con la plebe, de haber despreciado su «sagrado carácter», de haber vilipendiado su ministerio, de haber mirado el santuario «como un teatro de diversión y de placer», de haber visto atropellados sus ritos y ceremonias, de haberlos injuriado: «Todo era desorden, infelicidad, confusión, por donde quiera que los franceses fijaban sus inicuas plantas». (..) «Ayer, desgraciados esclavos del tirano usurpador de la Europa, hoy ciudadanos libres, fieles y obedientes a la autoridad suprema», la «sagrada persona» del «adorado Fernando VII» de quien pedían su liberación para la total felicidad de España.

También dirigen un escrito de adhesión al cardenal arzobispo de Sevilla en las nuevas circunstancias de tan «ventajosos acontecimientos» para la religión.

Tras la lectura de estos manifiestos, se procedió al juramento público de la Carta Magna, que realizó el clero y el pueblo a un mismo tiempo en presencia del juez de primera instancia. Tras este acto se entonó el Te Deum, repartiéndose cirios encendidos a todos los mandatarios presentes.

Para compartir la alegría de este juramento, se ordenó que se les diera una comida extraordinaria a los presos de la cárcel, que constaba de tres platos, vino y postres del tiempo.


El Ayuntamiento convidó también a los gerifaltes ingleses, al gobernador militar Balderiotti, oficiales y diputados de los gremios a una comilona «exquisita de setenta y dos cubiertos en primera entrada y ochenta y cinco en la segunda». Se celebró en la galería del jardín del Picacho. Precisamente donde los militares franceses hacían también sus banquetes. La dueña de la finca, María del Rosario Díaz Sarabia, había lamentado ante los organizadores el no poder sufragar por sí misma la fiesta, pues la rapacidad de los invasores la había dejado en muy apuradas circunstancias económicas. Durante el guateque se realizaron los brindis de rigor, por el Rey, por las Cortes, por la Regencia, por la Constitución, por la alianza con Gran Bretaña, por Lusitania y hasta por Rusia. El juez, por su parte, entonó su ofrenda por el Ayuntamiento, por el pueblo y por todos los buenos españoles. Uno de los asistentes recitó este poema:

Las Cortes, Constitución,
La unión con la Inglaterra
Harán la más cruda guerra
Al fiero Napoleón.
Y nosotros en unión
Con tan buenos ciudadanos
Clamaremos muy ufanos:
Que viva la libertad,
Y que muera la impiedad
De los bárbaros tiranos.

Finalizada la fiesta gastronómica, marcharon todos, al compás de dos numerosas bandas de música, hacia la plaza del Cabildo, que ahora habían rebautizado como “Plaza de la Constitución”. Allí se celebraría, sobre un tablado colocado en el centro, un divertido espectáculo que deleitó a los varios millares de personas que se dieron cita y que ridiculizaba a José Napoleón. Se liberaron seis tórtolas y otras tantas palomas, que volaron hacia el cielo mientras se gritaba “¡VIVA EL REY, VIVA LA CONSTITUCIÓN!”

En un ambiente burlesco, donde iban apareciendo personajes ridículos en forma de músicos esperpénticos, vestidos con los más peregrinos disfraces, se reunió una especie de comparsa carnavalera que cantó entre otros, el siguiente cuplé:

Ya nuestra vista no topa
A Soult en el campamento,
Ni fue logrado su intento
Comer en Cádiz la sopa.
Sólo vemos a su tropa
Corriendo a todo correr
Sin quererse detener
A parlar con sus ahijados,
Que quedan cachifollados...
Mas esto no puede ser.

No hay duda: es un fanatismo:
Pues ven hasta los muchachos
Que invencibles los gabachos
Triunfarán... En el abismo.

Después se hicieron varias danzas y contradanzas serias. El final de los festejos consistió en un espectáculo que tuvo lugar en el patio del consulado de la calle San Juan, que también estaba engalanado con hachas de cera, damasco carmesí y el retrato del monarca. En dicho patio el joven estudioso Vicente Fernández de la Pradilla, alumno premiado en Matemáticas, hizo remontar un globo aerostático de seis varas de alto y once y medio de circunferencia. El globo se elevó hasta perderse de vista y con la ayuda del viento marchó hacia la sierra de Jerez.

El Globo en honor de la Constitución de Cádiz, elevándose sobre el Pradillo de San Juan (Recreación histórica)
En ningún momento se originaron incidentes o excesos aun a pesar de la gran concentración de personas que se dieron cita en cada uno de los actos organizados.

El 30 de Septiembre tuvo lugar la constitución legal del nuevo Ayuntamiento. Tuvo lugar en las casas consistoriales situadas en la Plaza mayor de la Constitución (Cabildo). La sesión fue presidida por el juez de primera instancia interino, Tomás López Pelegrín. Los convocados fueron: Joaquín Marcos y Manzanares, alcalde, Alonso Julián Álvarez, alcalde 2º, Antonio Esper, Manuel García Fernández, José María Ramos, Manuel Pimentel, Cristóbal Velarde, Pedro Moris, José Alcántara, Francisco Jiménez, Andrés Respaldiza, José de Burgos, José Marzán, José Ordiales, regidores y Agustín Francisco Velarde y José Vélez Limón, síndicos.

Se realizó a continuación la jura de sus cargos. El presidente les preguntó, una vez puestos todos en pie: ¿Juráis por Dios y por los Santos Evangelios guardar y hacer guardar la Constitución política de la Monarquía española, sancionada por las Cortes Generales y extraordinarias de la Nación y ser fieles al Rey? A lo que respondieron todos: Sí, Juro. Con ello quedó instalado el nuevo Ayuntamiento constitucional cuyo mandato expiraría el 30 de Junio de 1814 por culpa de la restauración absolutista que ordenó el reaccionario y traidor monarca Fernando VII a su regreso a España. Pero eso forma parte de otra historia bastante más desagradable.


Bibliografía y Documentación:
Manifiesto de las demostraciones públicas con que la ciudad de Sanlúcar de Barrameda ha celebrado la promulgación de la Constitución política de la Monarquía Española en los días 6, 7, y 8 de Septiembre de 1812. Seguida de un Apéndice. Cádiz, Imp. Tormentaria, 1812.
–Archivo Municipal de Sanlúcar de Barrameda: Actas capitulares del Excmo. Ayuntamiento correspondientes a 1812.

© Salvador Daza Palacios, 2012. Prohibida su reproducción sin citar la fuente y a su autor. Todos los derechos reservados.





domingo, 19 de febrero de 2012

Un estupendo artículo de Juan Colón Colón


(Incluimos en este blog el interesante artículo del periodista y escritor sevillano Juan Colón y Colón, debido a su gran interés historiográfico. Se trata de uno de los primeros reportajes "turístico-culturales" sobre Sanlúcar de Barrameda, ya que fue publicado en 1842.)




CIUDADES ESPAÑOLAS.
SANLUCAR DE BARRAMEDA Y SU CASTILLO.

NADIE ha negado la antigüedad remotísima de esta población, que perteneció en los primeros tiempos a la región llamada de los Tartesios, pues el Betis era conocido entonces con el nombre de Tarteso, por la isla (hoy la Algaida) llamada así, situada en la desembocadura del río; que entraba en el mar por dos bocas, una la conocida, y otra, que la formaba un brazo, que rodeando la expresada isla, salia al mar por la que llaman barra vieja. Dejando para los críticos la eterna disputa sobre fijar en Asta a Sanlúcar, o no; pasaremos a indicar que Sanlúcar bajo la dominación romana perteneció al convento jurídico hispalense.


Estrabón le da el nombre de Lucifer fanum, templo del Lucero, y pone este edificio cu la desembocadura del río Betis, la cual era por dos bocas cum Baetis duobus ostiis in mare exeat; lo mismo expresa Tolomeo. Es imposible señalar el sitio donde se elevaba este célebre y nombrado templo dedicado a Venus, bajo la representación del lucero de la tarde, que vulgarmente llaman, la estrella de Venus; pero estando, según todos los escritores antiguos, situado a la desembocadura del río Betis, es indudable que estuvo en el sitio donde en el día existe la población de Sanlúcar, en la parle que llaman barrio alto. Se ignora quien fundase este templo, solo puede decirse que ya existía antes de la venida de Jesucristo. Florián de Ocampo lo hace obra de los cartagineses, y otros autores siguiendo a este asientan esta opinión, avanzando a probar que el templo no estaba solo, como quieren algunos, sino que existía población, Aquí se batieron monedas ya representando en ellas las cabezas de Vulcano, Venus cercada de rayos, el templo y el Lucero, como puede verse en la obra del P. Flórez, sobre las medallas coloniales. No debemos, pues, confundir a la antigua Asta con Sanlúcar, las dos eran ciudades distintas; solo que aquella tenía jurisdicción sobre la otra, y estaba en su territorio.

La población que hubo desde lo antiguo es natural que sufriese los trastornos y la desolación que traían consigo las repetidas invasiones que sufrió España, ya de los vándalos y de los godos, ya de las guerras que sobre el suelo de Andalucía sostuvieron las diferentes razas venidas del Norte, disputándose el imperio de tan fértiles y hermosos campos: en esta época triste y desconsoladora quedaría por tierra el famosísimo templo del Lucero, como quedaron todos los monumentos de este género que levantó o que conservó el poderoso y robusto brazo romano.

La población de Sanlúcar en tiempo de los godos tuvo aumento, hasta que los moros a poco de invadir la Península, la pusieron bajo su poder hasta el año de 1264, que la tomó D. Alonso X, llamado el sabio; libertándola de una cautividad de más de 550 años, pues fue de los primeros pueblos que se perdieron y de los últimos que se ganaron, como puede verse en la crónica del expresado rey. Se recuperó en 1256, pero habiéndose perdido en el año de 1262, no fue recobrada hasta el expresado de 64, todo reinando el rey Don Alonso. Con estos sitios la población quedó enteramente asolada y casi destruida; solo se veían el castillo y siete torres que llamaban las torres de Solúcar, con algunas mezquinas casas que eran habitadas por pescadores: esta desolación tan lastimosa se aumentó a los repetidos combates que sufrió en su conquista, pérdida y reconquista; con el cerco que en 1284 pusieron los moros a Jerez, con cuyo motivo asolaron toda la comarca. Esto prueba cual sería su estado al expirar el siglo XIII. 
 
Habiendo ocurrido en Algeciras el notable y heroico suceso de Alonso Pérez de Guzmán, el rey Don Sancho IV dándole el renombre de Bueno, lo hizo Señor de Sanlúcar; y un año después de la donación en 1298, empezó a reedificar su señorío; no en el sitio antiguo que hoy llaman Sanlúcar el viejo, distante de la población actual lo más un cuarto de legua, sino en un lugar mas inmediato al mar, donde se elevaban las siete citadas torres de Solúcar. La reedificación mas notable de esta población la ponemos a mediados del siglo XIV, en tiempo de su tercer señor Don Juan Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, hijo de la desgraciada Doña Urraca Ossorio, quemada viva de orden de Don Pedro en la alameda de Sevilla. Casó D. Juan con Doña Beatriz, hija bastarda del rey D. Enrique II; llevó en dote el título de conde de Niebla ; y el rey le dio además en Carmona año de 1371, facultad para hacer vínculo y mayorazgo de los vasallos de su casa: este señor cercó la población de Sanlúcar de murallas abriéndole cuatro puertas, dos existen en el día, la llamada de Jerez, y la de Rota, otra era de Sevilla, situada entre el muro del Albaicin (1) y el castillo: la otra daba al mar, sin duda por la cuesta de Belén. La ciudad como se ha ido extendiendo consecutivamente, han quedado dentro de ella las puertas y las murallas. 
 
La defensa principal de Sanlúcar era el castillo de Santiago, situado por aquella parte que mira al mar; fue reedificado sobre las murallas de uno antiguo como se ve por algunos lados; el cuarto Sr. D. Enrique le dio la última mano a principios del siglo XV, y fue fortalecido y renovado considerablemente y aumentada su defensa en tiempo del rey Don Enrique ÍV, en el último tercio del expresado siglo, con motivo de los disturbios y guerra civil que levantaron en la Andalucía las casas de Arcos, y de Medina-Sidonia. 
 
Se entra al castillo por la parte de Levante, por una puerta que está al nivel del terreno, y abierta en un muro exterior y bajo, da paso a una angostura defendida de un torreón semicircular, que pertenece a la muralla principal, y junto a el está la otra puerta que conduce a la gran plaza del castillo, que la forma un cuadrado perfecto de bastante extensión; tiene torreones cuadrados en cada esquina y en el medio uno semicircular; el torreón de la esquina de la derecha, en el frente que da al mar, es cuatro veces mayor que los demás, y de más altura ; y junto a él está arrimado por una de sus esquinas otro torreón ochavado, el más elevado de la fortaleza, desde cuya cumbre se divisa cuanto cerca a la población; y es, digámoslo así, el guardián de la ciudad. La muralla del castillo es anchísima, y se corre todo su circuito; ella conduce a la azotea del torreón cuadrado, y da paso por una puerta gótica a un salón, en cuyo centro aparece la escalera que guía a su cumbre, y cuya construcción es singularísima: está formada en un vano cuadrado en el centro, que corre desde el nivel del castillo, por donde tiene también entrada, hasta su conclusión; es de ladrillo con cortes a sus costados que le dan luz suficiente. Nos llamó la atención esta subida, y debe apreciarse como toda la obra, por su belleza, originalidad, atrevimiento y solidez. Rodea a toda la fortaleza una robustísima muralla baja con torres circulares , que forman una primera línea de defensa ; y es la obra mas moderna del castillo, sin disputa del siglo XV. 
 
Es lastimoso ver el estado de abandono en que se encuentra este edificio: baste indicar que en su gran plaza se celebran corridas de toros, para lo cual hay andamios: en varios salones que son de tiempos recientes se hallan por el suelo sus techumbres y sus paredes: el gran torreón cuadrado, que lo tenemos por sala de armas o armería, y cuya entrada está por la plaza, como la parte baja de la torre ochavada, sirven ambos sitios para recoger ganados, y yacen convertidos en cuadras y establos hediondos: todos los departamentos del castillo están o inútiles, o obstruidos. No hay en todo él ni una almena; en el siglo pasado se conocía una balaustrada de piedra del gusto gótico en la azotea del salón de la armería, y solo han quedado los pies salientes que la sostenían. Es probable que rodeara a esta fortaleza un profundo foso singularmente por la entrada, que sin duda había sido cegado para nivelar el terreno. Esta antigualla, que debe mirarse con mucho aprecio y estimación, es doloroso se encuentre en tanto abandono; y si no fuera por su robustez, ya la veríamos formando un montón de escombros. Su construcción es de piedra en las esquinas y pilares, y de argamasa lo demás: sólo hay obras de ladrillo en el torreón grande dignas de mencionarse, pieza que la tenemos por más antigua y de un mérito sobresaliente. Un autor (2) al hablar de esto castillo dice que “tenía artillería gruesa y culebrinas, y que sus murallas tienen para 4.000 hombres cerco; con lugar prevenido para encerrar a las mujeres; sus almacenes estaban provistos de municiones y bastimentos: su armería colgada de limpias y numerosas armas”. En el siglo XVII fueron construidos por los duques varios castillos, entre ellos deben mencionarse el del Espíritu Santo, situado a la entrada del puerto en una punta saliente, llamado así do una ermita de aquella advocación que desde muy antiguo había en aquel sitio: fue construido en 1634 por la traza que dio el sargento mayor, que era entonces de las milicias de Sanlúcar, un tal Arnau: fue renovado en 1770. Pero en 1821 fue barrenado por sugestiones de los ingleses, y ha quedado inútil. El castillo de San Salvador fue construido en 1626.

DESPUÉS del castillo de Santiago, lo mas notable que presenta Sanlúcar a los ojos del curioso viajero, es la puerta de la iglesia mayor, monumento singularísimo por su mezcla de arquitectura y de adornos góticos y árabes que se ven allí formando un conjunto, aunque cargado, pero que entretiene y cautiva; no sabemos haya en. España otra pieza de este género mas que esta; es lástima esté ejecutada en piedra bastante desleznable, por cuya causa se encuentra maltratada en algunos puntos : fue labrada por los años de 1368, y costeada por la Sra. Doña Isabel de la Cerda y Guzman, hermana de los duques; sus armas se ven entre los adornos. La iglesia mayor de Nuestra Señora de la O la fundó D. Alonso cuando tomó posesión de la ciudad, y la torre que tiene junto, la creemos, hasta las campanas, por una de las siete que mencionan los escritores de la antigua Sanlúcar: en la iglesia nada ha quedado de lo antiguo excepto la portada.

La iglesia de Santo Domingo fue fundada en el año de 1543, por la Sra. Doña Leonor Manrique de Sotomayor y Zúñiga. La traza sencilla y elegante de este edificio, que es todo de piedra, sus bellas proporciones, sus atinados adornos, la buena ejecución de ellos, hacen que este templo sea la obra moderna de mayor consideración en Sanlúcar; pertenece al buen tiempo de la arquitectura grecorromana.
 

Es doloroso que se hallen embadurnados con cal de Morón, los muros y columnas interiores y todas sus capillas; y es vergonzoso que en una ciudad de alguna consideración se cometan tales y tales desaciertos con descrédito del gusto y del honor del mismo país. 
 
El estado de esplendor y prosperidad á que llegó Sanlúcar con el descubrimiento del Nuevo Mundo, siendo puerto abierto para el comercio con aquellas tierras, por la excelente posición que ocupa a la desembocadura del río y orillas del mar, la hicieron crecer en población extraordinaria y rápidamente , tanto que en pocos años, a fines del siglo XV y principios del siguiente, se edificó todo lo que llaman barrio bajo, cuyo terreno ocupaba antes el mar hasta la cuesta de Belén, y después hasta la Aduana, y así sucesivamente se ha ido retirando. Don Enrique Pérez de Guzmán, 7.° señor de Sanlúcar, concedió privilegio á los Bretones, dado en Huelva a 3 de diciembre de 1478 facultándolos para que pudiesen poblar el terreno bajo que iba dejando el mar al pie de las barrancas, donde en el día hay calle con aquel nombre: de aquí data la fecha de esta parte de la población. Con la caída del comercio de América, y desde que en 1687 cesó la habilitación del puerto, los comerciantes se retiraron, y solo existen los labradores y cosecheros de vinos.

Los duques poseyeron el señorío de esta ciudad hasta el año de 1645 que pasó a la corona, según el decreto de Felipe IV, y tomó posesión en nombre de S. M. Don Bartolomé Morquecho, del Consejo Real de Castilla, En 1579 obtuvo título de ciudad, pues antes era solamente villa. 
 
La palabra Sanlúcar la hacen derivar algunos de Sanctus Lucifer, que así llamaban los antiguos, al Lucero, o a Venus, que adoraban bajo este respecto, como cosa divina y santa: corrompióse después en Solúcar, que es el nombre que recibió cu la dominación árabe, y que conservó después como consta en escrituras antiguas, y de aquí pasó a llamarse Sanlúcar. Algunos están creídos, y en ello van sumamente errados, que viene este nombre de San Lucas evangelista, patrón de la ciudad; cuando el haberse puesto este pueblo bajo el amparo del santo, es muy posterior al nombre ya citado de Solucar, de donde viene ciertamente el que hoy se le da. El sobrenombre de Barrameda lo traemos de Baria meta, que significa medida, marca, señal o linea de la barra, para lo que servia un árbol (torre, dicen otros), que se elevaba en el sitio donde existe hoy San Gerónimo, por donde los navegantes se guiaban para llegar al puerto, salvando los enormes y peligrosos peñascos que tiene en su entrada; llamándose aquel sitio con la voz corrompida Barrameda de Baria meta. Rodrigo Caro afirma que en su tiempo había un pino en donde fijaban la vista los pilotos, y esa era la medida o señal, pues había dos altísimos y extraordinarios, que el uno se secó, y el otro destruyó un rayo, según refiere el P. Lima (3)

En el sitio llamado de BONANZA, se labró la Aduana en los últimos años del anterior monarca, juntamente con un iglesia y varias manzanas de casas bajas, cuyas obras juntamente con el muelle llenan de indignación al que contempla la suma importante que consumieron estos edificios para que estén abandonados; al mismo tiempo que dan un testimonio triste y vergonzoso del arte cuando aparecen las paredes de la iglesia, pues sus arcos se han desplomado; y cuando se observan las piedras del muelle desquiciadas y desprendidas al mar. ¡A qué de consecuencias no da margen el solitario arenal de Bonanza! 
 
La situación ventajosa de Sanlúcar, su temperamento templado en la rigurosa estación del verano, efecto de los vientos frescos de Poniente; su playa alegre y extendida, que proporcionan los baños de mar; las frutas delicadas que ofrecen su terreno, dan a esta ciudad gran nombre en Andalucía, y es frecuentada de infinidad de familias que vienen de Sevilla, Cádiz y Jerez, llamadas por tantos atractivos.

J. COLON Y COLON.

NOTAS:
1.-Albaicín: Palabra árabe que significa hospedería 
2.- El desengaño discreto y retiro entretenido; por el capitán Don Francisco de Eraso y Arteaga.
3.- Elucidario de Sanlúcar la mejor: escrito por el padre presentado Fr. Tomas Fernandez de Lima, natural de la misma: obra M. S. de mediados del siglo XVII.


(Extraído del Semanario Pintoresco Español, 30 Enero de 1842, pp. 34-35 y 6 de Febrero de 1842, pp. 42-43)
(Fuente: Hemeroteca Nacional)
(c) Por la transcripción y revisión: Salvador Daza Palacios, 2012.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Un curioso artículo de Emilio Carrere


TERRORISMO FILARMÓNICO

[Incluimos aquí un curioso artículo del escritor madrileño Emilio Carrere (1881-1947) publicado con motivo de una huelga de músicos que dejó sin actuaciones a muchas ciudades españolas en el mes de Julio de 1933. Un incidente armado que tuvo lugar en San Sebastián provocó este humorístico y corrosivo escrito que nos ilustra bien sobre los problemas sociales y laborales que trajo consigo la “mecanización” de la música allá por los años 30 del pasado siglo. Un problema que se dio también en todos los ámbitos profesionales y que, como en las labores agrícolas, originó una gran crisis obrera]]

Una de estas madrugadas escucharon los veraneantes de la bella Easo un alarmante tableteo de detonaciones. Doce disparos de pistola, hechos desde la sombra, contra las ventanas del cabaret Colón, donde, a causa de la huelga de profesores de orquesta, está funcionando una gramola.
Ante esta manifestación del nuevo terrorismo filarmónico, los apacibles vascos de tórax hercúleo y boina pequeñita—como los modelos pictóricos de los hermanos Zubiaurre—exclamaron tranquilamente:
Son los murguistas del cabaret o así...
Como un síntoma de la descomposición anárquica del momento, asistimos a la rebelión de las graves trompas, a la revolución de los inofensivos cornetines, a la protesta de los violones líricos y petulantes y a la explosión de ese múltiple aparato de la «jazz-band», que es el delirio de la chatarra... La música viva se quiere vengar de la música en conserva. Es una protesta del hombre contra la máquina, que, según parece, es la que tiene la culpa de que ya nadie tenga dinero en el Mundo.
Nosotros abrazamos, naturalmente, la causa de los músicos contra las gramolas. Tenemos para ello la razón de haberlas soportado ya varias temporadas en los entreactos de muchos teatros madrileños. ¡Y qué ruidos producían, gran Dios! ¡Y qué conceptos tan depresivos hemos dedicado a los empresarios que substituían las viejas y melifluas orquestinas por la estridencia apocalíptica de los aparatos, con sus negros altavoces, como boca de monstruos. Indudablemente, las orejas de las Empresas teatrales y nuestras orejas no tienen la misma sensibilidad para captar las ondas sonoras. Hubiera estado muy en lo justo un acto terrorista por parte del espectador.
Pero nadie protestaba porque la mayoría de la gente está ya insensible para la armonía.
Mientras, los empresarios resolvían con comodidad la huelga de músicos, aunque éstos se quedasen sin comer. La gramola no se queja de la injusticia social ni necesita comer —sólo alguna pianola de bar se traga modestamente algunas perras gordas—.
El aparato mecánico de música ofrece algunas ventajas sobre el aparato humano que sopla en una trompa o araña las cuerdas de un violín: la más importante es que todavía no se ha constituido el Sindicato de las gramolas.
Los profesores de orquesta llevan las de perder cuando plantean la huelga a sus patronos, empresarios de teatros, dueños de cabarets o sencillamente cafeteros a la usanza clásica de los que obsequian a su distinguida parroquia con conciertos de piano y violín. La huelga es un arma terrible en manos de un panadero, de un tendero de comestibles, de un lechero o de un carnicero; pero es Inofensiva en las débiles manos que sólo saben extraer sonidos agradables de los instrumentos musicales. Comprendo que en una sociedad verdaderamente civilizada la música ha de considerarse como un artículo de primera necesidad. Pero en esta hora en que el violinista Sechiari se tira por el balcón, y Kubelik vende su instrumento porque ya nadie tiene interés en escuchar sus melodías... Ahora, con un armatoste de música mecanizada tenemos bastante. Anticipándose a los músicos, el público había declarado una huelga de orejas cerradas y de acorchada sensibilidad. Igualmente estéril sería una huelga de poetas, de articulistas de periódico, de novelistas y de filósofos. ¿Quién lee? ¿Quién sueña un poco? ¿Quién se emociona? Igual que a Ir por la calle sin sombrero, parece que la multitud se va acostumbrando a ir por la vida sin fantasía.
Nadie como yo comprende la tragedia de los músicos, que tienen que acudir al pistolerismo con el propósito de imponer –en pintoresca paradoja— los acordes y las fermatas con un acompañamiento de detonaciones. Orfeo, para amansar a las fieras, ya no usará una flauta, sino una ametralladora.

Es posible que con este nuevo estilo consigan que su arte y sus derechos no se estrellen contra la insensibilidad y contra la barbarie, y contra el espíritu mecánico de pianola que se expande por todas partes. Aunque me temo que conseguir que comprendan los bárbaros insensibles, mecanizados, materialistas, la importancia de la música, de la poesía, de la filosofía, eso no se puede lograr en estos momentos ni a tiros...
EMILIO CARRERE
(Artículo publicado en el diario La Libertad, Madrid, 22 de Julio de 1933)
(c) Por la transcripción y revisión: Salvador Daza Palacios.

domingo, 12 de febrero de 2012

Un célebre pianista y compositor gaditano


JOSE MIRÓ ANORIA.

Pianista y compositor, nacido en Cádiz el 25 de Julio de 1815. Fallecido en Sevilla el 12 de Octubre de 1878.

Estudió con el padre Vargas y con don Eugenio Gómez, en Sevilla, que era organista titular de la Catedral. A los 18 años dirigía ópera, sustituyendo a su maestro cuando no podía asistir al teatro por sus ocupaciones eclesiásticas.

Marchó luego a París, donde estudió con Kalkbrenner y conoció a los más célebres pianistas y compositores del momento, como Hummel, Bertini, Herz, Chopin y Theodoro Dholer.

Fue definido por la crítica de su época como «uno de los pianistas más sobresalientes de nuestros días». Permaneció en la capital parisina doce años y allí dio frecuentes conciertos, así como en las principales ciudades francesas, así como durante el verano en Bélgica e Inglaterra. En La Haya fue empresario de ópera y dio recitales con su amigo Dholer, cosechando grandes triunfos. En 1842 regresó a España y dio a conocer la nueva escuela de Thalberg, con las “Fantasías” de Moisés y La Sonámbula, que él mismo había estrenado en París junto con obras suyas. Cualquiera que haya visto estas partituras comprenderán el nivel de virtuosismo que este intérprete gaditano alcanzó.

Dio seis conciertos en la Academia Filarmónica Matritense, en el Liceo y en el Instituto, condecorándolo la Reina con la Cruz de Isabel la Católica.

Pedro Albéniz, otro gran pianista y pedagogo español, le alabó mucho. Hizo una gira por Portugal donde ofreció cuatro conciertos en Lisboa, en el Gran Teatro de San Carlos.

En 1843 tocó en Nueva York, Filadelfia y Boston. Desde allí fue a La Habana, «cuya ciudad recuerda todavía con entusiasmo» los diez conciertos que dio durante un mes, con un éxito desbordante corroborado por la crítica especializada. En la capital antillana le ofrecieron la dirección del Liceo Artístico, y se quedó allí hasta 1850, visitando también Jamaica, y otras islas del Caribe.

En 1854 regresó a España para volverse a París, pero se le ofreció plaza de Piano en el Real Conservatorio de Madrid, y se quedó.

Compuso muchas obras para piano, muchas o casi todas sin publicar. Destacan las Fantasías sobre las óperas I Lombardi, I Puritani, Il Pirata, y un capricho titulado El trino.

En 1856 publicó un Método de piano que fue publicado y adoptado como libro de texto en Madrid. A partir de estos mismos años fue contratado como profesor «de los infantes duques de Montpensier».

(c) Salvador Daza Palacios, 2012.

(Fuentes: Saldoni, Baltasar: Efemérides de músicos españoles, T. III, pp. 80 y 254. Parada Barreto, José: Diccionario técnico, histórico y biográfico de la música, Madrid, 1868, pp. 273-274 y Crónica de la música, revista semanal y biblioteca musical, nº 20, Madrid, jueves 6 de Febrero de 1879. La Ilustración española y americana, Madrid, 22 Diciembre de 1878)